Historia de cangrejos de terror V

Bueno, sí, he tardado en hacer la quinta parte, ¿y qué?  Me dijeron que muchos deseabais que siguiera esta historia. La verdad es que a mí también me encanta y os pido perdón por la tardanza pero ha sido debido a problema de tiempo y a la acumulación de muchas cosas que vienen de golpe. Así que sin más dilación os dejo con la nueva parte. Gracias por dar por culo a todos para que continúe… ^^

En un mundo donde el color apareció hace relativamente poco y la imagen mental que os podéis hacer de él aún tiene ruido y marcas de cigarrillo; en un mundo donde los coches son chevrolets y cadillacs, donde el rey del rock sigue siendo Elvis y donde los efectos especiales aún están hechos en stop-motion con grandes animales de plastilina y masilla; en un mundo donde los pueblos tienen sheriff y no policías nacionales, donde muchos llevan gorros de cowboy y la música swing es el último grito de la discoteca; en un mundo donde el technicolor impera y los personajes están llenos de tópicos: en un mundo así se sitúa nuestra historia.

No os asustéis si se quema el rollo de las cintas de la mente y tenemos que cambiarlas, no os asustéis si de vez en cuando el doblaje cambia de persona e, incluso os digo, no os asustéis si la imagen se mueve o aparecen manchas oscuras, si las deformidades del terror aparecen por doquier y aun si los años 80 se transforman en el presente.

Bienvenidos pues a Itica, una población costera del sur de California donde el verano está a punto de llegar.

EL ATAQUE DE LOS CANGREJOS ASESINOS

5

Menos mal que ponen los Beach Boys, me encanta esta canción, Surfin’ USA, así me relajaré. Acaba de empezar el día y ya estoy agobiado. Creo que esto de ser el sheriff me viene grande. Demasiado joven para el cargo, pero bueno, fue un cúmulo de circunstancias que prefiero olvidar.

Conduzco tranquilo mientras escucho la música. El hospital está sobre la colina, así que dentro de poco llegaré a las calles de Itica. Qué pequeña y bonita es la ciudad, siempre la recordaré como el pueblo del eterno verano. De pequeño esperaba impaciente a que abrieran las playas por fin, ya que mi padre nunca me dejaba ir; él siempre cumplía las reglas. Pobre papá, si supieras cómo somos la juventud de hoy en día… Serías el único capaz de poner orden en los adolescentes de Itica como sheriff, y no yo.

Me paro en un semáforo y miro las calles. Ya casi son las doce de la mañana, los niños de vacaciones corren por las aceras, en sus bicicletas y patines; los padres van de compras, y este aroma que corre por mis venas… Pero debajo de todo esto tal vez haya un crimen. Por lo pronto ese chaval, Nacho, fue encontrado en la costa sobre las cinco de la mañana y por lo visto en estado grave. Le han tenido que amputar las piernas a lo largo del día para que sobreviviera, y la mujer que iba con él, una chica joven llamada Mona, puede estar desaparecida. Cuando llegue a comisaría llamaré a los padres para saber.

Por otro lado el chaval parece que está en estado de shock: habla de cangrejos gigantes. Quizás, y espero que no, haya algún tiburón en la zona. Dios nos aguarde si eso es cierto.

Por fin llego a la comisaría. En la entrada está la grúa dejando un coche. Vaya pueblo.

—Eh, perdone —digo mientras me bajo del coche—. La grúa no debe dejar los coches aquí. No sé si es nuevo o algo. Si no le importa esas cosas van al depósito.

—Tranquilo, agente —me dice el conductor de aquel mastodonte—, el coche va a la gasolinera a repostar, sólo es una emergencia, no una infracción. Vengo aquí para traer al dueño del vehículo, que quiere hablar con el sheriff.

—Estupendo, ¿dónde está?

—¡Estoy aquí, señor! Verás, quiero hablar con el sheriff, soy el biólogo encargado de abrir las playas y me gustaría discutir algunos temas con él.

—Bien, sígame, vamos adentro para hablar más tranquilos.

—Sí, claro, pero verás, creo que no me has entendido. Me gustaría hablar con el sheriff —dijo sonriendo amablemente.

—El sheriff soy yo, señor. No, tranquilo, no se preocupe —al ver cómo cambiaba su cara tuve que darle poca importancia—, la gente por aquí tampoco se acostumbra a que sea alguien tan joven.

—No, no, el error es mío, debería haberme fijado en su placa. Mis más sinceras disculpas.

—No hay que darlas. Ahora si me permite —dije abriendo la puerta de la comisaría para dejarle pasar.

Una vez dentro, el sitio estaba como siempre: todos los ventiladores encendidos y los policías de un lado para otro «haciendo su trabajo». Nos sentamos en mi mesa y me quité el sombrero, el cual apoyé sobre la pantalla del ordenador como a mí me gusta.

—Bien, ¿usted se llama?

—Mi nombre es John, señor. Vengo a sustituir al biólogo anterior.

—Sí, imagino. El viejo doctor ya no tiene acreditación para eso, ahora se contenta con vivir en la vieja depuradora y estudiar la fauna del lugar, según me han dicho.

—Sí, así es. Vengo de su casa, está todo muy abandonado. Yo que usted mandaría a alguien a mirar, puede haberle ocurrido algo. Además de eso me gustaría ir personalmente con mi instrumental al estanque que había detrás de la casa, tengo mis sospechas de que está vertiendo algo al río y puede ser insalubre para el agua y para el medio ambiente.

—¿A la vieja desaladora? Estupendo, lo organizaré todo. Es raro, la verdad, normalmente viene por el pueblo una vez a la semana. Haremos una cosa, vaya a la mesa aquella con ese agente y dígale que llame al doctor, yo ahora mismo tengo que hacer un par de llamadas, si no le importa, señor John.

—No, no se preocupe…

—Carpenter. Parecido a carpintero, no se le olvidará.

—Bien, sheriff Carpenter.

Dicho esto, el biólogo se fue con mi subalterno a hacer la llamada pertinente a doctor. Era bastante raro, bueno en sí siempre fue un tipo raro. Por lo menos yo lo recuerdo así.

En fin, debo dejar de cavilar y llamar a los padres de Mona para saber si su hija está en casa. Tendré que esperar un rato a que el ordenador conecte con la red policial, es la ventaja de vivir en un pueblo pequeño, aunque a veces me empeñe en llamarlo ciudad.

Listo, ya tengo el número. Pero… ¿qué ocurre ahí fuera?

Por la puerta de comisaría entró Tony, un tipo grande, marine en la guerra de Vietnam. La verdad es que le dejó secuelas psíquicas, como se puede apreciar ahora, pero esto sobrepasa lo normal. Rápidamente saco mi revólver al ver los pantalones de Tony teñidos de rojo sangre. Él me mira y saca su revólver también.

—¡Sheriff! —grita—. Tenemos un problema —me apunta con el arma—, ellos han matado a Daisy —diciendo esto levanta la otra mano mostrando la cabeza de un perro, cercenada y goteando sangre—. ¡Esos cabrones han matado a Daisy! —todos los agentes le apuntamos. Él me apunta a mí. El biólogo se esconde debajo de una mesa y yo comienzo a sudar. Está a punto de liarse parda.

Continuará…

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3 pensamientos en “Historia de cangrejos de terror V

  1. El Enano

    Me alegra que Daisy cobre importancia.
    Hay que revisar si la gente se tutea o se habla de usted.
    Y continúalo, que tiene buena pinta esto.

    Responder

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