Archivo de la categoría: El tren de las 2:50

Historia humorística con tintes épicos que sale como resultado de una partida de Eberron un tanto peculiar.

El tren de las 2.50 (quinta parte) (Las Desventuras de los Héroes Olvidados)

Con esta  quinta y última parte se termina el prólogo de lo que ha sido una historia de rol que aún no esta finalizada. Espero que os guste y dentro de poco subiré la siguiente parte.

5

—Os encanta, lo sé, no hay nada mejor en el mundo que lo que hacéis ahora mismo. Seguid bien el ritmo, que no se atrofien esos músculos, que vuestra labor continúe hasta que llegue mamá. Los niños sanos son el futuro del mundo, los osos son el pelaje del invierno, los cambiantes son el futuro de las estaciones. Qué sería del mundo sin cambiantes que me chuparan los pies…

A lo largo de la cama donde estaba tumbada, concretamente a mis pies, había tres personas chupándome todos y cada uno de los dedos de mi cenicienta piel. Sí, quizás me estaba aprovechando de la situación, pero si tienes hipnotizada a una banda de ladrones, qué mejor manera de esperar que haciendo lo que tú quieras.

—Los dos pequeñines míos, quedaos con mis pies; tú, la pelirroja, ven hacia mí, o sólo te crees que tengo pies en este cuerpo tan voluptuoso. Venga, usa la lengua donde sabes, que aún falta mucho para que llegue vuestra mamá.
—¿Ama? —me preguntó aquella desnuda mujer; sí, todos estaban desnudos, después de la transformación no tienen ropa y no les había dado tiempo a ponérselas antes de que los hopnotizaran.
—Tu ama soy yo, así que a comer —dicho esto me sumí en el éxtasis de la poea* que me estaban haciendo e hice un repaso mental de cómo llegué hasta aquí.

Hacía muchos años que malvivía fuera del mundo subterráneo ganándome la vida realizando trabajos de poco lustre: limpiaba la morralla, a veces en calidad de falsa bruja, a veces en calidad de meretriz y la gran mayoría metiendo entre rejas a gente que habían sido lo bastante listos como para evadirlas en el mejor de los casos sólo una vez.
Si algun rey, alcalde o lugareño estaba dispuesto a pagar se podía quitar de en medio a cualquier bicho viviente que le estorbase, no sé si cogéis por donde voy. Precisamente hoy me habían contratado para esto.

Salí del éxtasis en el que estaba sumida al escuchar la puerta abrirse. Mamá estaba en casa. Ordené a los tres cambiantes que estaban conmigo que se quedaran en la habitación.

—Vuestra ama debe salir un momento, y tú, pelirroja, vigila a estos dos que si no se pelean —dicho esto abrí la puerta en sujetador, sí, es lo único que llevaba puesto y es lo único que necesitaba además de mi espada, la cual llevaba siempre conmigo.

Bajé las escaleras cuidadosamente, espada en mano. El salón estaba solo con una mesa con tres cuencos de sopa. Dónde estará escondida la perra.

—¿Qué has hecho con ellos? —una voz salía de un sillón justo enfrente de la chimenea.
—Están arriba, son unos ositos muy fieles, ¿verdad?
—Son mis amigos —la voz se levantó y se acercó a mí.
—Vaya, eres más atractiva de lo que dicen, ricitos de oro.
—Rizos de oro para ti, drow.
—Como quieras, encanto, ¿me dejas que me vista antes de pelear o prefieres que te gane y luego me vista?

Dicho esto aquella mujer de dorados rizos, ojos azules y cara de chica de compañía se abalanzó sobre mí con dos kunais, que sacó de su cortito vestido rosa. No tuve tiempo de esquivarla y di con la nuca dentro del plato de sopa templada, el que estaba en el centro de la mesa de madera.
—Así es como tratas a las chicas en sujetador.
Cogiendo impulso con la mesa levanté las piernas y las abrí tanto que se quedó embobada por un segundo mirando ahí abajo. Justo el tiempo que necesitaba para propinarle sendas patadas en las manos y hacer saltar por los aires los dos kunais que se quedaron clavados en el techo. Acto seguido me abalancé a por ella. La agarré de la faldita corta que llevaba y de un giro se deshizo de ella, quedándome con la prenda en la mano y ella sin nada de cintura hacia abajo. Sonrió la muy perra, como si le gustase que la mirara. Con un estoque rápido le hice un arañazo en el muslo. La sangre comenzó a brotar en el momento en que ella se miró la herida, fue leve pero lo justo, salté hacia ella y la cogí por los pelos. Dirigí su cabeza hasta un cuenco de sopa que esta echando bastante humo. Le empujé la cabeza dentro, el ruido de la piel al quemarse y el olor a barbacoa me hizo pensar que la sopa estaba muy caliente. Ricitos de oro pataleaba y movía las manos intentando aferrarse a algo para poder salir de ese pozo de fuego en el que se estaba ahogando.

—Gracias a dios no te quiero muerta, hija de perra.

La saqué de ese sopa y la dirigí rápidamente hacia la otra. Su cara echó humo en el trascurso del camino, la verdad es que parecía una langosta del mar oscuro de Nut recién hervida. Le metí la cabeza sin piedad en la sopa que quedaba sin usar. Fría como el hielo, casi congelada. Tenía un mantón de nieve encima que tuve que romper, naturalmente con la cabeza de ricitos de oro, y allá que la metí. El sonido del placer, del contacto del frío con la cabeza hirviente de rizos de oro, sonó durante un momento.
Cuando vi que se le endurecían los pezones por debajo de la ropa le saqué la cara.

—¿Qué tal? ¿Más calmadita? —no podía responderme con la cara llena de escarcha—. Bueno, tendremos que ir fuera de una vez.

No me di cuenta de que la muy loba cogía los kunais de nuevo y me quitaba el sujetador rápidamente.

—¿Te creías que con tu sostén podías controlarlos eternamente, drow?
—Los cambiantes no deberían ser controlados por nadie, pero ya que lo haces tú con tu sujetador de control mental pensé en usar uno como el tuyo, claro que a mí me quedaba mucho mejor.
—Me encantará ver como te comen desnuda —se metió dos dedos en la boca y silbó—. ¡Niños, bajad a comer, la carne está poco hecha, como os gusta!
Del cuarto de arriba donde había dejado a los tres cambiantes comenzaron a escucharse unos ruidos bastante perturbadores. El ruido al destrozar una puerta se fue acercando hasta que los tres osos gigantes corrieron escaleras abajo hacia una hembra indefensa y desnuda como yo.

Transformados en osos gigantes parecían temibles, pero no para mí que había peleado con las bestias oscuras de las fosas de kulap y había defecado encima del engendro de las tinieblas de Rig. Aunque he de decir que cuanto más se acercaban más pavor me daban, pero muy levemente.

Analicé la situación: tenía una espada y nada más, literalmente. Bueno, y mi vista de elfo oscuro, pero suena redudante que lo diga yo. Así que cuando el primero se abalanzó salté encima de él, corrí por su lomo rápidamente y salté de nuevo hacia la mesa mientras esquivaba al segundo oso que por los aires y a dentelladas trataba de hacerme hamburguesa. Metí un pie en la sopa caliente y otro en la sopa fría y rápidamente las lancé a la cara de dos osos que comenzaron a rugir y a rascarse con las zarpas sus respectivos rostros. Sí, he de confesar que me dolían los pies infinito y más allá, pero no tenía más remedio. Me faltaba un oso, pero me dio igual, corrí hasta ricitos de oro y como buena pícara que soy le quité el sujetador solo con dos dedos, mientras ella intentaba darme una estocada.

—Hija de puta, ahora están sueltos —ricitos me chillaba desnuda como ella sola.

No le contesté, sencillamente eché a correr fuera de la casa lo más rápido que pude, ahora debía salvar la vida. Rizos de oro salió detrás mía corriendo y detrás de ella los tres osos nos perseguían. No tuvimos más remedio que meternos en el bosque.
Allí mientras corríamos nos íbamos dando estocadas la una a la otra, subiendo por los árboles, esquivando ramajos y ríos siempre con los osos gigantes persiguiéndonos. Entonces derribé a rizos de oro al suelo.

—Se acabó, si han de matarnos será aquí y ahora.

Los osos llegaron y comenzaron a cercarnos.

—Escuchadme bien, cambiantes, esta ladrona os ha esclavizado con un objeto mágico durante meses. Habéis cometido actos atroces gracias a ella. Cierto es que me aproveché de vosotros mientras esperabais, pero ¿qué me decís de saquear aldeas y devorar niños pequeños? No me deis las gracias, dádselas a ella. Conozco un castigo mejor que ser devorada y hecha caldo de sopa.

Fin del prólogo.

* N. del A.: Poea es un término usado por los habitantes de estos relatos para resumir una expresión que dice así “Otra que me come el cono”, disculpen pero no tengo ñ en el teclado.

Anuncios

El tren de las 2.50 (cuarta parte) (Las desventuras de los Héroes Olvidados)

Siguiendo en la línea de la introducción de todos los personajes de nuestra aventura, sigamos con la cuarta parte del prólogo.

Prólogo

4

Este capítulo no puede ser narrado desde el punto de vista del personaje principal, cuando aprenda más cosas del mundo quizás tenga capacidad suficiente para relataros paso a paso cómo su frío cuerpo de metal se vuelve tibio como la carne.

Nuestra mirada debería descender hasta un oscuro callejón de un pueblo a orillas de un lago. Tres meses antes de que un bardo ciego llegara a aquel lugar, por la noche una tormenta eléctrica asoló la población y en ese oscuro lugar a la espalda de una taberna apareció una figura desnuda en cuclillas en el suelo. Su piel era de un duro metal y sus ojos brillaban rojos a la luz de la luna. Se levantó rápidamente y miró a su alrededor. No viendo a nadie entró en la taberna.

Dentro, el humo y la charla de los ladrones calentaban el lugar. Cuando aquella figura entró la gente la ignoró por completo.
El forjado, que es la apariencia que tenía aquella criatura, se dirigió hacia uno de los ladrones que jugaba en una mesa a meter bolas en agujeros con un largo palo.

—Quiero tu espada —dijo aquella gran figura.
—Perdón —el ladrón dejó el juego y miró al rostro del forjado—, ¿me estás hablando a mí, forjado? —dijo vacilándolo.
—Quiero tu espada, tu escudo y tu caballo —el hablar de aquel ser parecía más el de una máquina.
—Yo quiero que te largues —dijo imitándolo—, y que me dejes jugar tranquilo al Bill yard —se dio la vuelta y siguió jugando.

El forjado le agarró la espada que llevaba al cinto, grande, un mandoble de frío acero. En ese instante el ladrón se dio la vuelta y le dio con el palo de madera en la cabeza. El palo cayó al suelo hecho añicos. Los demás ladrones se acercaron a ayudar a su amigo con cuchillos y demás objetos punzantes como botellas, patas de sillas afiladas y cuernos de animales disecados.

La lucha fue rápida, el gigante de hierro cogió por el cuello al dueño de la espada y lo tiró contra la ventana. Con el mandoble en la mano arrasó contra el resto, derribando la mesa de Bill yard y varias sillas. Cogió varias de las bolas de marfil y las lanzó a la cabeza de tres de los ladrones, dando impactos certeros que los sumieron en la insconsciencia. El resto huyó de la taberna. Al final cogió un escudo pavés que habían dejado y el espadón a dos manos que había usado en la pelea. Registró el cuerpo de uno de ellos y le tiró un saco de monedas al posadero que aún estaba escondido detrás del mostrador.

Salió de la posada con andares lentos y cogió uno de los caballos que yacían allí y fue directo al bosque que se veía cercano. Sacó un sucio cristal de entre las placas de metal de su cuerpo y lo clavó en el suelo, quitó el empañado y de él salió una imagen holográfica de una mujer mucho más bella que cualquiera y completamente desnuda. Estaba envuelta por todos lados por su gran melena de cabellos rubios.

—Hada azul, ¿qué debo hacer ahora? —dijo el ser de armadura.
—Ya sabes que tu misión es clara y tu anhelo muy difícil de conseguir. Si logras cumplir con uno lograrás cumplir lo otro. Lo primero que debes hacer es buscar aventuras. Sólo conviertiéndote en un verdadero héroe llegarás a cumplir tu destino.

Dicho esto el cristal se apagó y nuestro amigo se lo volvió a guardar dentro de su armadura. Se fue hacia la taberna donde el dueño estaba recogiendo todo el destrozo. Al verlo el dueño volvió a correr hacia la barra para meterse detrás. El forjado hizo caso omiso de él, dejó sus armas allí y comenzó a limpiar aquel salón fregona en mano. Los días siguientes los dedicó a ayudar en la taberna a cambio de alojamiento esperando paciente su momento en la vida. Aún era pronto para los hechos que debía evitar y no tenía prisa por ahora. Por las noches actuaba de humorista allí mismo, suponiendo que tenía la gracia en su culo de acero se hizo muy popular entre la clase baja y los paletos, siendo aclamado y llenando el local todas las noches, a los pueblos vecinos se extendió su fama. A los tres meses llegó uno de los campesinos como cada día, y se dirigió hacia él.

—Eh, gárgola —pues así lo habían llamado, después del destrozo de la taberna—, vas a tener que dejar el trabajo de la taberna. Tengo algo que te puede llevar más alto y te permitirá seguir tu camino.

El tren de las 2:50 (tercera parte) (Las desventuras de los Héroes Olvidados)

Bueno, aquí va la tercera parte del prólogo de esta aventura que para mi gusto es justo el aire fresco que debía de soplar por los mugrientas y olvidadas tomos infumables de fantasía épica, demasiado sobria y militarizada muchas veces y demasiado desternillante otro tanto. Espero os guste.

Prólogo

3

—Kiwi, vamos, no te entretengas —me decía mi hermano mientras caminábamos por el asqueroso lodazal que era el bosque con aquella lluvia.

Yo mientras tanto iba mirando a los charcos del suelo e intentando distinguir mi cara en el reflejo de la sucia agua.

—¿Hermano? —pregunté.
—Dime, Kivi.
—¿Por qué nos llaman negros si tenemos los ojos rasgados y color amarillito?
—Te he dicho mil veces que no somos negros, yo soy del norte y tú tienes los rasgos del este, del lugar donde nace el sol.
—Mamá dijo que yo era negra.
—Mamá no sabe ni quién es tu padre —suspiró—, así que déjate de niñerías y sigamos adelante, el pueblo no debe quedar lejos.
—¿Hermano?
—¿Qué? —me dijo en un tono distinto al normal.
—¿Y yo por qué soy tan finita y tú tienes tanta carne?
—Porque yo soy fuerte y tú no.
—¿Y para tener tanta carne como tú y tan colgona qué hay que hacer?
—Kiwi, no estoy gordo, simplemente tengo otra clase de fuerza.
—¿Entonces tú no tienes esta fuerza? —dije mientras rompía un trozo de un grueso árbol muerto de un solo golpe con mi mano.
—No, Kiwi, yo tengo fuerza aquí —me señaló su cabeza.

Continuamos el camino con la gran cortina de agua delante y detrás nuestra, parecía magia, nunca entedería por qué las nubes lloran, quizás tenga pena por algo.

—¿Hermano?
—¡QUÉ! —no sé por qué grita, quizás se crea que soy sorda, lo mismo él está sordo, le gritaré también.
—¡QUIERO VOLVERME A MI CABAÑA, YA ME HE ABURRIDO DE ESTE CAMINO!
—No me grites, imbécil —se vino hacia mí como cabreado—, a ver cuándo te enteras de que decidiste acompañarme porque te dio la gana. Yo tengo una misión que cumplir y tú no paras de dar por culo. Si quieres irte vete, nunca te pedí que vinieras, niñata.
—Pues me voy —respondí—, en mi cabaña estaré mucho mejor que aquí, además hay pastel de carne.
—Adiós.
—Adiós, gordo.

* * * *

Por fin se fue, esa niña es aún pequeña para comprender el mundo y más viviendo aislada como ha vivido. Es la primera monje que conozco de su edad y encima ermitaña. Hacía años que no la veía y tuve la mala suerte de pasar cerca de su casa del bosque y se tuvo que apuntar a mi empresa. Vivía sola desde que se murió su maestra y me dio bastante pena dejarla allí así que acepté que viniera.

Yo iba en busca de mi padre, desde muy pequeño mamá me había inculcado que papá salió a comprar hierba para pipa y nunca más volvió. Teniendo en cuenta que mamá había tenido muy mala suerte con los hombres ya que cada uno de mis hermanos era de un marido distinto, no me extrañaba que el destino hubiera jodido a mamá de nuevo. Así que me dediqué a leer, a leer mucho. Todos los amigos de mamá me traían libros siempre que quedaban con ella y yo los devoraba mientras ella charlaba con ellos acaloradamente en su cuarto. Resultó pues que a la edad de 15 años, mientras estaba en el cuarto de baño concentrado en conocer mi cuerpo y admirando algo más que mi intelectualidad, que ya de por sí es admirable, en pleno éxtasis y justo antes de gritar “¡ayatolá!” lanzo un rayo de energía y quemo media casa. Después de ir de consulta en consulta por los sanadores y curanderos y de pedir más de una opinión me diagnosticaron “síndrome del hechicero precoz”, lo que viene a ser que por motivos ajenos a mi intelecto y más hereditarios que otra cosa yo era hechicero. Mi madre no tuvo más remedio que explicarme que mi padre era un ser antropoformo y con alas que había bajado del cielo y hubo fornicado con ella durante gran rato para volver a irse de nuevo a su casa celestial, además de eso añadió que mi padre tenía tres tetas y era hermafrodita, con lo cual no sé si llamarlo padre o madre. Debido a tantas preguntas mi madre me dio una lanza que dijo que mi padre le había dado para que me regalase y que yo opto más por pensar que se le olvidó allí, y desde entonces llevo dos años buscando algún rastro suyo de pueblo en pueblo y perfeccionando mi magia natural. Sólo tengo de él un nombre, Antarcharán, y el resto está sumido en un velo de misterio que me es imposible descolgar. Pero todo esto es algo difícil de explicar a la joven e inocente Kiwi.

—Me he cansado de volver, hermanito, mejor me quedo aquí.

Kiwi era demasiado inocente e infantil para tener 15 años, pero habiéndose criado en el bosque sin conocer nada más que a su maestra era normal.

—Muy bien, pues quédate a mi lado que no debe de quedar mucho para llegar al pueblo.

Dicho esto continuamos la marcha y llegamos a un cenagal.

—Vaya —pensé en voz alta.
—¿Es muy profundo, hermanito?
—Podemos probar tirándote a ti.
—Sí, tal vez, pero no se me apetece, lo mismo podrías probar tú…
—Kiwi, es igual —no comprendía una broma.

Bueno, estábamos estancados, no había duda, cruzar eso nos retrasaría bastante, pero no había más remedio.

—Kiwi, vamos a rodear el cenagal para… —Kiwi no estaba por ningún lado—. Kiwi, ¿otra vez te has ofuscado y quieres irte a casa? —no, eso no era propio de Kiwi, normalmente trata de dialogar, algo pasaba.

Saqué la lanza que llevaba guardada a la espalda, la lanza de mi padre celestial. Algún día debería plantearme aprender a manejarla, pero soy inútil para casi todo lo físico.

—¿Kiwi? No te estarás lavando otra vez ahí abajo como haces cada vez que te aburres, ¿no? Que después te encuentro y me da cosita —nada, sólo la cortina de lluvia.

Vi tras la cascada de agua el resplandor de unos ojos rojos, así que lo seguí como buenamente pude sin trastabillar demasiado. Me topé con un ovillo gigante, una gran crisálida de tela de araña o algo parecido, alzando la vista me di cuenta de que no era solo un capullo sino diez o viente. Estoy en un nido de…

—¡Kikimoras! —gritó Kiwi.
—Alcé la vista y la vi arriba de un árbol, entre sus ramas, corriendo con la mitad del cuerpo cubierto del pegajoso material blanco, sin poder usar las manos y una gran kikimora persiguiéndola.
—Kiwi, ¿qué haces ahí?, ¡corre!
—Hermanito, no me gustan las kikimoras, me dan asco.
En parte tenía razón, un insecto mitad araña mitad cucaracha y de dos metros de largo por uno y medio de alto no es algo agradable a la visión. No sé cómo lo hizo pero Kiwi dio un salto y en el aire le dio una patada voladora a la kikimora que la hizo caer del árbol hacia donde yo estaba. Asustado no se me ocurrió otra cosa que poner la lanza en vertical y gritar cuando me empezó a caer por el rostro un líquido negruzco y coagulado. Sangre de kikimora, que se había empalado ella sola contra la lanza de mi padre.
—Kiwi, vámonos, rápido.
Dicho esto Kiwi, de manos atadas, y yo lleno de sangre de ese bicho y sin poder sacarlo de la lanza por asco a tocarlo corrimos hacia la ciénaga hasta que llegamos a la parte que no se podía atravesar si no querías que el fango te tragara.
—Por los pelos, hermanito, me está gustando el bosque más de lo que creía, pero las kikimoras no mucho. Aunque jugar con ellas al escondite está chulo.
—Kiwi, no hay tiempo para eso, se acercan más.

Mientras hablaba muchos ojos rojos que se podrían contar en tríos más que en pares se iban acercando a nosotros y la lluvia hacía de camuflaje hasta que estuvieran demasiado cerca. Tenía que pensar rápido, no había leído tantos libros de aventuras para nada. ¿Qué haría Indiana Juan en mi lugar?… Como si el ingenio poseyera mi intelecto cogía la lanza con la araña en su punta y la psue sobre el cenagal.
—Kiwi, ayúdame a sacar la lanza.
—Tengo las manos a mi espalda, no la puedo mover, la tela esta me lo impide.
—¿Eres una monja guerrero o no?
—Soy monje —dijo mientras se enfurecía, todo lo que se puede enfurecer Kiwi, y con sus pies sacaba la lanza del animal—. Toma —dijo desde el suelo extendiéndome la lanza con los pies—, y ahora ayúdame a levantarme, por favor.

Encanté la lanza con un conjuro de rayo de energía y resplandeció por encima de la penumbra de la noche. Esa breve luz me hizo ver que cerca de ocho kikimoras estaban a escasos metros de nosotros.

—Kiwi, dame tus pies —encanté los pies de mi hermana con el mismo hechizo, la verdad es que nunca había probado con un humano, espero no le traiga consecuencias desastrosas.

Kiwi se abalanzó contra las kikimoras dando patadas y enseñándoles sus artes de kung fu y muai-thai sólo con el uso de sus piernas. Ayudada por la magia que poseía ahora en ellas algunas kikimoras volaban por los aires, pero otras se acercaban a ella por la espalda.

—Kiwi, sube a la kikimora, vamos a cruzar la ciénaga montada en ella, corre —yo mientras empujaba a la kikimora que ya flotaba sobre el fango hacia el centro del cenagal.

Vi como Kiwi desaparecía entre kikimoras para posteriormente impulsada por sus pies mágicos salir disparada en un salto de varios metros y caer en nuestro improvisado bote.

—Estúpida, lo vas a hundir del todo. Vamos, chapotea rápido.

Yo haciendo de remo con la lanza y Kiwi con sus piernecitas comenzamos a cruzar el lago rápidamente. Los impulsos mágicos nos ayudaban bastante.

—Hermanito, me estoy mareando un poco.
—Calla y rema, que nos estamos hundiendo.

Del lago comenzaron a salir engendros de barro, de forma antropomorfa pero no demasiado, se les distinguía la cabeza y algo que parecían brazos.

—Kiwi, pedalea rápido, acuérdate de cuando íbamos a la playa con mami y alquilábamos los hidropatines —realmente no sé si Kiwi se acordaría, pero era una opción que necesitaba gastar.
—Bien, la playa con mami —gritó Kiwi risueña y aún atada de manos.

Kiwi comenzó a pedalear como si la poseyera una rapidez inaudita mientras yo remaba como un gondolero de aquella ciudad tan romántica, cómo se llama… Bienecia. Llegamos así por fin a la otra orilla del cenagal casi sin kikimoras, los dos abrazados, bueno, yo abrazado a kiwi para ocupar menos espacio, y saltamos a la orilla. Los engendros comenzaron a salir del agua y no tuve otra opción que tirar del narcotizaje, mi mejor hechizo, mi salvación en los días de insomnio y en mis ligues con las chicas.
—DÓRMI, DÓRMI —los engendros comenzaron a caer y yo con ellos extasiado de usar la magia. Poco antes de cerrar los ojos pude ver a un hombre que se acercaba a nosotros.

—Tranquilo, muchacho, estaréis a salvo, pero me debes un favor —dijo aquel rostro difuminado.

El tren de las 2:50 (segunda parte) (Las desventuras de los Héroes Olvidados)

Aquí os dejo la segunda parte del prólogo de este pequeño relato de fantasía épica y algo de humor.

PRÓLOGO

2

Soñando estaba una vez más que asistía a la sala de variedades de Madame Perséfone, el suave balanceo de las coristas sobre mi pelvis fue apartado por el traqueteo de mi improvisada cama. Al abrir los ojos sólo pude ver la oscuridad que proporcionaba mi sombrero fedora, el cual dejaba caer sobre mi cara como medio para soñar. Me lo encasqueté finamente sobre mi cabeza y miré a mi alrededor. El coche de cuatro caballos en el que estaba montando, parece ser que no sabía andar en línea recta por sí solo. Así que salí por la portezuela y subí arriba.

—¿No sabéis andar hacia delante simplemente? Si hay un árbol sólo tenéis que esquivarlo, si veis un barranco saltarlo y si veis enemigos matarlos y relinchar para pedir ayuda. Es tan fácil como eso, animales inútiles, si vierais lo que hace Rosita aparte de quedaros todos empalmados de lo guapa que es aprenderíais un poco lo que es una buena montura —me quedé mirándolos mientras seguían por el camino más pedregoso que había visto nunca—. Nada, ¿ni un relincho de perdón? Bueno, voy a tener que tomar los mandos.

Dicho esto me puse a las riendas subido sobre el pescante del carruaje, con lo bien que se estaba dormido dentro del carruaje en ese mullido sillón. Nada, no pasa nada, volví a tirar de las riendas para mover a los caballos.

—¿Nada, cabrones? ¿Qué pasa, tenéis miedo de algo? —me levanté y fui hacia las bridas que había entre los cuatro caballos que tiraban del carruaje. Subido como podía en aquel pequeño palo que los sujetaba a la carroza me enfurecí—. ¡Pues temedme más a mí, hideputas! —dicho esto comencé a darle puñetazos a los caballos uno a uno, eran duros los cabrones, pero habiéndome peleado con ogrotauros en las tabernas de Landau esto no era nada para mis curtidos puños. Cuando comenzaron a sangrar aminoraron la marcha.

—Ya era hora, parece que no entendéis.

Estaba reventado, así que me bajé del carruaje y me puse a resoplar en el suelo con las piernas abiertas e intentado coger todo el aire posible.

—Buenos días, ¿tiene usted por ahí la licencia del carruaje?

Miré hacia arriba y me encontré a una pareja de soldados del reino.

—Sí, un momento agentes, veréis, he tenido un problema con los caballos, uno de ellos perdió inyección y la dirección del carro me ha dejado tirado.

—Bueno, supongo que le quedará poco para hacer la inspección técnica de carruajes, ¿no?

—Sí, agente, le quedan pocas semanas.

—Muy bien, circule y vaya por otro camino, esta parte está en obras.

—Por supuesto, agentes, señores —dije levantando el sombrero.

Subí al carruaje y le di la vuelta, parecía que los caballos ya no eran presas del pánico que les había entrado.

—Espere un momento, señor, ¿no le importaría llevarnos a la ciudad más próxima?, por esta carretera no pasa nadie y es inútil que estemos aquí haciendo un control.

Mala suerte la mía, no podían haberlos pisado los caballos a los dos y haberse cagado en sus entrañas. Espero que no se den cuenta de que el carruaje es robado.

—Sí, por supuesto, montaos en la cochera que partimos.

Di la vuelta y seguí por el camino que deberían haber cogido los putos caballos, pensando en que a los jinetes a los que les había robado el carruaje les llevaba un día de ventaja. Bueno, confiemos en mi suerte.

Al poco rato los caballos comenzaron a ir aún más rápido y un olor a podredumbre me embriagó los sentidos, miré hacia atrás y pude ver de lo que huían los caballos anteriormente. Un golem de mierda perseguía al carro, medía más de cuatro metros y estaba formado por… bueno, por productos defecados por la mayoría de las razas y animado bien por un hechizo que salió mal, por la madre naturaleza o quizás por algún loco. Esa masa informe donde se podía distinguir una cabeza, dos manos y dos piernas que goteaba mugre se acercaba cada vez más al carro.

—Agentes, tenemos un problema, yo que ustedes me preocuparía por eso que nos persigue —grité.

Los soldados asomaron las cabezas por las portezuelas y comenzaron a gritar. Cada día los soldados son más caguetas. Miré a todos lados en busca de solución, el hideputa no iba a parar hasta que no le diéramos de comer lo que ansiaba: los caballos. Los golems de mierda se pirran por los caballos, quizás por su olor corporal tan asqueroso o por la espuma que echan por la boca. Le daría los caballos gustoso si no supiera que iba a morir una vez se los comiera o quizás antes de engullirlos. Entonces vi la palanca. Me monté en uno de los cuatro caballos.

—Agentes, agarraos fuertes al carro.

Dicho esto saqué mi látigo y agarré con él la palanca, tiré fuerte y toda la estructura de la carroza se desató del soporte cuadrangular del carro y salió disparada hacia la mole de mierda con los agentes dentro.
El impacto casi me llena de excremento, pero lo había logrado, acababa de incrustar el cajón de pasajeros del carro en la barriga del golem. Eso lo detendría bastante tiempo.

Con los restos que me quedaban del carro, es decir, los cuatro caballos y un soporte de barras de metal sin nada que aguantar, me dirigí al pueblo más cercano. La gente me miraba extrañada cuando veían entrar aquella estructura tan singular tirada por cuatro caballos que sangraban bastante.

Debería contar que mi vida se rige por la regla “¿y por qué no?”; por poneros un ejemplo, mi yegua rosita fue capturada por los soldados del reino vecino cuando la dejé posada en el abrevadero del rey. Necesitaba algún medio para escapar, ya que estaban buscando a su dueño, es decir, yo. Intentando buscar un plan de fuga en el que me planteé fingir mi muerte y escapar del pueblo entre los cadáveres, me encontré un carruaje del que se bajó un rico comerciante entonces me dije “¿y por qué no?”: esa misma noche lo robé y aquí me tenéis ahora, a un reino de distancia, con mis perseguidores a un día de mí. Feliz de la vida es el pensamiento que me recorre. Dicho esto, no hace falta decir que cuando vi una tienda de cañones al final de la calle me dije “¿y por qué no?”.

—Buenas, me gustaría comprar un cañón —le dije al tendero.

La tienda era bastante pequeña y cerca de la puerta había un hombre de metal mirando los cañones. Ese hombre de metal es una especie de armadura con conciencia, muchos dicen que tienen hasta sentimientos. El hecho es que su fin era usarlos para la guerra, pero una vez se van terminando, los forjados, que así es como se llaman, vagan por los caminos, pueblos y ciudades como seres normales que viven y piensan.

—Sí, señor, lo que tenemos son esos dos cañones del expositor, no tenemos montadas las ruedas para evitar robos, pero si compra alguno mi ayudante —señaló entonces al forjado— se las pondrá en un momento.

—Veo que no son muy grandes, el largo me parece que es un metro y poco.
—Metro y medio, señor. Lo justo para llevar en una embarcación o sobre un carro de combate de madera. Pesa media tonelada y usa balas del calibre estándar. Ciertamente es un arma perfecta para los viajes. Un par de mulas podrían tirar de él.

Mientras el dependiente hablaba pude escuchar gritos en la calle acercándose. Al girarme pude ver a los caballeros del reino vecino cabalgando por los adoquines en dirección a la tienda y haciendo señas para indicar que yo era un ladrón.

—Vaya, parece ser que no les llevaban un día de ventaja —miré al dependiente que estaba gritándole cosas al forjado—. Señor, escúcheme, le voy a comprar el cañón, no quiero robarlo, ellos me persiguen porque robé un carruaje de un mercader. Vale, ya sé que eso no dice mucho de mí, pero ayúdeme a salir.

Viendo que aquel hombre ignoraba mis palabras, y al retumbar de los pasos del forjado para agarrarme, tuve que recurrir al “¿y por qué no?”.

Corrí hacia aquella armadura andante y justo cuando estaba a un palmo suya me deslicé por entre sus piernas. Los sonidos de los caballos estaban cada vez más cerca, las calles deberían de ser mucho más extensas, coñi. Desde mi posición lancé el látigo que se agarró firmemente al cañón de la tienda pasando hábilmente por debajo del forjado. Son muchos años con aquel látigo como para fallar eso. Una vez lo tuve bien trincado corrí hacia el carruaje y até el otro extremo de mi arma lo más fuerte que pude con un nudo que me enseñó un marinero de agua dulce. Subí a uno de los caballos y lo espoleé lo mejor que pude, no sin antes quitarme el sombrero y gritar “Yiiihaaa”, mientras lo movía en el aire. El carruaje comenzó a subir la calle en dirección a los caballeros que me buscaban, cada vez estaba más cerca de ellos y por consiguiente ellos de mí.

—Ladrón de carros, prepárate a morir —gritaban mientras otros elevaban sus gritos sobre el caos de la escena.
Tragué saliva y seguí hacia delante sin miedo, el látigo se tensó por fin y tiró del cañón. El cañón salió despedido de la tienda a través de las piernas del forjado que cayó de espaldas contra el suelo. Ahora era un arma ingobernable, zarandeaba hacia todos lados rompiendo paredes de casas y vitrinas de las tiendas. Distraído como estaba en ver eso me había olvidado de los soldados que tenía delante, así que cuando cambié la dirección de mis ojos una lanza me rozó la cara justo a tiempo para deslizarme por el caballo y agarrarme a su vientre. Debajo de los caballos tendría protección. El carro se estrelló contra los caballeros y derribó a varios, el resto lo hizo el cañón cuando llegó al lugar a tirones gracias a la cuerda. Volví a subirme en los caballos y grité de contento. Pero la cosa no acaba ahí, de una calle pequeña salió el golem de mierda con la carroza atravesada en su barriga. Los hombres de la carroza me apuntaban con sus arcos y el golem corría hacia mí. Esquivando flechas y esperando el empellón del golem salté de los caballos al suelo y pude ver como aquella masa se interpolaba enfrente de los caballos y abría su boca a la espera de tragárselos enteros. Los hombres del carruaje bajaban de él llenos de mierda y corrían hacia mí. Todo sucedió muy rápido, el golem se tragó el carro entero, los dos soldados se echaron encima mía, pero nadie contó con el cañón que atado al carro seguía su curso a gran velocidad, tanto es así que impactó con la cabeza del golem y esta estalló en mil pedazos de mierda bañando a todas las personas que miraban la escena.

—Te tenemos, anormal, vas a estar en la cárcel hasta que me dejes limpia la ropa con la lengua.

A través de los soldados que me tenían contra el suelo puede ver como el cuerpo del golem sin cabeza comenzaba a caer contra el suelo. Empujé a los dos soldados como pude hacia la trayectoria y les cayó justo encima. Viendo el caos, escalé un pequeño edificio de dos plantas y me subí en la azotea para así estar lejos del lugar. Me agaché y miré el destrozo que había hecho y encima me había quedado sin cañón.

—Oye, muchacho —miré hacia atrás sacando mi revólver y me vi a un campesino como otro cualquiera mirándome tranquilamente—. ¿Qué te parece si te saco de aquí sin problemas y aceptas una misión?

Bueno, ya me conocéis, sólo podía decir una cosa.

—¿Y por qué no?

El tren de las 2:50 (Las desventuras de los Héroes Olvidados)

Debido a una partida de rol iniciada por los integrantes del Salón de mi Casa, se me ocurrio escribir en tono de humor a la vez que serio lo que yo llamo una novela de humor con tintes épicos.  Aqui tenéis el resultado de este coktail de fantasía épica y alocada.

PRÓLOGO

Primera Parte

Toda historia épica comienza en un lugar sagrado, en un santuario que por todos es conocido, ya sea una aldea de hobbits, la casa de unos tíos bastante desagradables, un carrusel de feria que te transporta a un mundo inimaginable o tal vez, y solo tal vez, comience con unos protagonistas atados a una piedra. Mi historia no puede ser llamada épica en el sentido estricto de la palabra, por eso comienza una noche en una taberna.

Allí estaba yo como una noche más, entre bastidores dispuesto a ganarme el pan de cada día. Me puse con cuidado la grasa de cerdo en el pelo para tenerlo a punto, a ellas les encanta. Me quité mi blanca camisa dejándola sobre el perchero de aquel pequeño cuarto y me puse los pantalones cortos y ajustados que tanto éxito me traen, blancos inmaculados. Cambié con tiempo de sobra el piercing de mi pezón de metal por uno de color rosa y me puse un vendaje en los ojos del mismo color, acorde además con el color de mi laúd. No me pude mirar al espejo ya que el vendaje de los ojos me impedía verme, desde aquel día que me quedé ciego hasta que vi la luz de nuevo no había pasado mucho tiempo, así que me desenvolvía bien en la oscuridad. Pinté mis carnosos labios con extracto de rosas rojas y no pude evitar probar un poco de su dulce sabor. Hice la señal sagrada y me produjo náuseas. Aún no me había acostumbrado a mi nueva vida y por tanto hacía esa señal mecánicamente para tener una buena faena. Ya estaba listo. Me levanté del taburete y busqué en la oscuridad la puerta que daba al escenario.

Sentí el calor de las antorchas y pude oler el aroma de cerveza, sudor y mujeres. Todo el mundo calló de repente. Me estaban examinando, saqué mi laúd rosa que llevaba colgado a la espalda y me puse a tocar como solo él me había enseñado, mi maestro Joaquín Sardina.

Mientras la gente palmeaba la canción “Rubia de la Quinta Taberna” las mozas me miraban hipnotizadas, lo presentía, sentía cómo sus húmedos ojos recorrían todo mi cuerpo parándose en el culo que me hacían los pantalones y en el piercing rosa del pezón. Otra cantidad de hombres ya casados y sin afán de dejar a sus parejas femeninas hacían otro tanto, sabiendo que esta noche soñarían conmigo y descubrirían su verdadera sexualidad, pero algo que no estaba previsto pasó.

—Eh, tú, bardo maricona, no nos dejas a mí ni a mis compañeros poder tomar una cerveza tranquilo. ¿Por qué no te largas a poner el culo en otra taberna a ver si un buen potro nórdico te da lo que ningún hombre en este pueblo estamos dispuestos a darte?

Paré la música en ese momento y el ruido del molesto silencio apuñaló el salon de aquella taberna.

—Perdone, buen cateto, sólo me gano el pan. Además, dudo mucho que estas dulces señoritas de las que puedo oler aún la flor de su juventud quieran que el concierto se termine. ¿No es así, señoritas? —la sala estaba muda—. Vaya, parece que otra vez se impone la ley del macho sobre la hembra. Cuando estéis en el país de las amazonas aprenderéis lo que es ser sodomizados y no al revés, machotes.

—Fuera de la taberna, bardo, las señoritas, como puedes ver, no quieren escucharte.

—Dada su agudeza, buen cabrón, debo decirle que soy ciego y esta venda que llevo a los ojos debería ser un indicativo de mi minusvalía, si no pregúntele a su mujer, anoche casi la dejo ciega también mientras botaba alrededor de mi miembro de maricona.

—Ésas son tus últimas palabras, bardo.

Escuché como aquel aldeano corría destrozando las mesas hacia mí, lerdo de mí no lo pude esquivar por estar embelesado con el acompasado sonido de sus rítmicas piernas y me asestó un puñetazo que me dolió bastante, pero que no consiguió moverme ni un ápice. Supongo que el aldeano pondría cara de extrañeza y aproveché ese momento para darle con mi laúd en la boca, pero erré mi tiro por culpa de la ceguera y quedó estrellado contra el suelo. Herido mi honor como estaba cogí mis cosas y me fui de la taberna bajo la mirada de todos los parroquianos.

—¿Dónde vas, marica? Quieres tener más espacio para maniobrar aquí fuera, ¿no? Está bien, hagámoslo en tu terreno, ciego.

Como si el mundo girara en torno a mí como es habitual desde el incidente, comenzó a llover, una lluvia fuerte que impedía a mi acechante verme bien.

—Ahora creo que sientes lo que yo siento, no ves ni a tres palmos de tu cabeza, así que pon el culito que te voy a dar un poco.

Mi única arma, un palo de bambú que llevo desde que perdí la vista; la suya, los puños y tal vez alguna daga escondida. Comienza la marcha, las gotas de lluvia unidas al viento elevan una melodía peculiar que me hace bailar. Me muevo rápido allí con un solo pantalón corto ajustado como prenda de vestir, pero no tengo frío, no desde hace tiempo.

El cateto corrió hacia mí, fue fácil saltarlo y subirme sobre mi palo, el cual estaba equilibrado en el suelo. Desde allí arriba di un salto e intenté derribar a mi oponente, pero lo esquivó y caí de bruces contra el suelo. Él se subió encima de mí y comencé a ser presa de aquella furia que tantos problemas me trae, quería matarlo de una dentellada en su cuello, pero no debía, debía controlar la furia. Entonces le asesté un puñetazo que lo dejó pasmado.

Sentí entonces como la fuerza con la que el hombre me agarraba desaparecía, tal vez por la sorpresa y el puñetazo que le había asestado. No siendo mi mejor golpe marcaba la diferencia entre un ser humano y otra cosa…

—Toma mi mano, bardo, me has demostrado todo lo que necesitaba. Vamos dentro junto al fuego, aquí está calando bastante.

Sentí como una mano se acercaba a escasos pies de mi cara. Le daba la mano y aceptaba tomar una copa con él o continuaba la pelea y sería otra taberna y quizás otro pueblo al que no podría volver. Acepté pues la mano de aquel hombre.

—Ya veo que tienes frío, amigo, estás helado. Vayamos dentro y conversemos.

Escuché el ruido de toda la gente que estaba apostada en las ventanas mirándonos como volvían a sus mesas rápidamente pensando “aquí no ha pasado nada”.

Una vez dentro me senté con aquel hombre en un reservado y comenzamos a conocernos.

—¿Cómo te llamas, bardo?

—Es de mala educación preguntar sin presentarse primero, buen cateto. Por cierto, hueles demasiado a sudor y eso me excita —me pasé la lengua suavemente por entre los dientes en un gesto que pocas personas han rechazado a lo largo de los tiempos.

Pude escuchar como aquel hombre tragaba saliva y sentir como me miraba el piercing rojo del pezón.

—Me llamarás señor John, y ponte una camisa, por favor, quiero hablar contigo de un tema.

—Está bien, John, qué te preocupa, cuéntaselo al tito bardo —dije acercándome hacia su persona.

—Está… está… está bien, escucha, como bien sabes estás en Nakun, el país de los muertos, el lago que puedes ver desde cualquier punto de Nakun tiene el poder de la resurrección y desde este pueblo está el único acceso a dicho lago. Yo junto con algunos compañeros más estamos en contra de que resuciten a los muertos para fines belicosos, queremos que nos ayudes y la recompensa será grande.

—Um… No me decís qué me vais a dar y sin embargo me pedís ayuda… Está bien, pero quiero varias cosas para esta noche.

—Pide, bardo.

—Quiero alojamiento esta noche aquí sin preguntas, quiero que suban mis cosas a la habitación más grande y más alejada del resto, quiero que una doncella se pase a medianoche por mi alcoba y por último quiero tu culo aquí y ahora.

Un silencio oscuro se hizo en el reservado a la espera de la contestación de John.

—Está bien, bardo, espero que disfrutes —dicho esto escuché el ruido de los pantalones bajarse y sonreí.

Eso es todo, si os gusta habrá más asi que no dudeis en comentar.