Archivo del Autor: Jesús

Las Manos

Mírate las manos.
Dime que no extrañas
entrelazar mis dedos
o acariciar mi espalda.

Mírame las manos.
Di que no echas de menos
que te bese intensamente
mientras la enredo en tu pelo.

Te delatan las mejillas,
coloradas como tomates.
Me echas de menos, chiquilla.
El corazón ya no te late.

Apaga tus ansias en otro.
Vuelca tu locura en su cama.
No piensas en el, te lo noto.
No es a él a quien amas.

Así pues, sácate los ojos,
no tendrás que hacer de ciega.
Ese chico es un antojo,
puedes decir lo que quieras.

Moreno

Moreno ¿qué te pasa en la cara?
No levantas la cabeza para nada.
Deambulas como alma en pena,
Por un puto beso que no llega.

Tú escribe que te escribe.
Luego llora que te llora.
¡Ríe, coño! ¡Vive!
Que aún no es tu hora.

Pido que olvides su boca.
Sueño que olvidas su descaro.
Pero te pareces a Lorca,
Un viejo poeta enamorado.

Llegará ese día

Negras sobras me inundan. Mi alma se encuentra atrapada en un ciclón de sentimientos oscuros.

La muerte atraviesa mi mente, como si se tratara del viento entre los árboles. Se posa sobre sus ramas y anida en la profundidad de mis pensamientos. Debo acabar con todo. Hoy será el último día, es el fin. Nada mas hay para mí, ni para el mundo. Negros cuervos vendrán desde el horizonte y taparán la luz del sol. Las carnes desgarrarán y los ojos quedarán desorbitados. Sentado en mi trono, desde los más alto contemplaré la destrucción del infinito. El universo en mis manos. El mundo a mis pies. Los cuerpos gritarán, los espíritus se retorcerán. Serán cadenas de ira y odio. Yo me alimentaré de ese odio y crearé más caos, el caos más absoluto. De luto vestirán las rosas y en los campos dejará de soplar la suave brisa, para ser sustituida por un fuerte vendaval. Los 7 mares se verán azotados por las furias, una estrepitosa tormenta caerá sobre ellos. Entonces, levantaré mi cabeza, contemplaré mi obra y me odiaré por ella. Una nueva oscuridad me atrapará y, de ostentar al infinito, seré tragado por la nada. Quedaré vacío pues ahora sí que no hay nada para mí. Una vez terminado todo, todo acabado, y sin nada, sólo tendré la contemplación de mi propia destrucción. Caeré en un vórtice de pesadillas y tinieblas, del que jamás podré salir. Pero debo seguir, pues este es el designio de Dios, un Dios que pronto será sustituido por aquel a quien ahora ordena semejante disturbio.

Te lo llevaste todo

Te llevaste la sartén y dejaste en su lugar un sillón roto y un trapo ajado. Vertiste lejía sobre la almohada. Batiste las claras del día a punto de nieve dejando el cielo nublado. Te hiciste un revuelto con mi corazón deshilachado y bajaste las persianas, dejando me a oscuras.
Todos los libros que tenía guardados, los quemaste sin tocarlos. Antes de ser escritas, desdeñaste mis poesías. Desplumaste a mis canarios.
Pusiste pica-pica en mi nevera y me cambiaste el agua por hiel. Cerraste las puertas de mi armario y abriste las de mi ventana. Entraste el frío que corría por los balcones. Pisaste mi garganta con tus tacones de aguja.
Me ataste las manos con un hilo de amargura. Me disparaste a bocajarro con tus palabras. Me hundiste el pecho con un jarro de agua fría.
No hay colores en el mundo ni Dios que se los ponga. Te llevaste mis pinceles.

No lo hagas

No digas que me quieres si no quieres que te quiera.
No digas que me añoras cuando más me haces falta.
No me hagas una caricia si lo que quiero son tus besos.
Ni rompas mi ilusión, mejor rómpeme los huesos.

No me recuerdes que existes cuando casi se me olvida.
No me hagas que te olvide cuando sabes que no puedo.
No alabes mis dones si no les sacas provecho.
Ni arrimes nunca más tu pecho a mi pecho.

No bañes mis ojos con amores ajenos.
No seas ajena a mi amor, porque me muero.
No tientes a la suerte si no quieres que te muerda.
Ni susurres a mi oído calentando mi entrepierna.

Córtame las venas si no quieres que sufra.
Échame sal en los ojos para aliviar mi amargura.
Sácame las uñas para que no me duela el pecho.
O vete lejos de mi mente, lejos para siempre.

Un Mal Sueño

Sin más dilación.

Mil ángeles batiendo sus alas a mí alrededor. Sus plumas no me dejan ver y cubren el infinito de mis pensamientos. Cuando por fin se despeja en sueño, no se atisban más que millones de pájaros muertos. Un mar de aves casi desplumadas y violadas por el frío de una noche eterna.

Surgen olas que cubren el horizonte. Navego en una barca hecha con mis propias entrañas. Mis ojos, colocados a proa, son salpicados y bañados con la sangre de los mares. Parece que hay tierra a lo lejos. El sol abrasa mis pulmones y no puedo respirar. Alcanzo la orilla y salgo corriendo. Huele a mar y muerte. Sigo corriendo mientras los árboles que pasan velozmente a mi lado se convierten en altos edificios de hormigón. El asfalto está caliente y me quema los pies. Las tiendas están desiertas y en los semáforos se empalan mis pensamientos.

Me siento en un incómodo sillón de calaveras y converso con el diablo, pero no me dice nada. Sus palabras son sordos murmullos que se quedan vacíos en el aire. Su aliento huele a azufre y vinagre. Sus ojos saben a hiel. Sus palabras, aun sin oírse, suenan a garras ponzoñosas que envenenan el corazón. Me hundo en el sillón y comienzo a ver la tele. No hay nada interesante así que me levanto y voy al baño. En el espejo aparezco sin rostro. Mis manos son alas. Echo a volar, me encuentro con mil seres idénticos a mi que giran en círculos concéntricos y muero.

Tempestades

«Una suave brisa hacía oscilar el fuego.

Sus labios, rojos como el vino, se movían sensuales al son de las musas que danzaban con sus palabras. Su pelo, cayendo sobre sus hombros como una cascada de oro, servían de refugio a los elfos y a las hadas, allí reinaba la magia. En sus ojos nadaban las sirenas, en sus profundos y azules ojos nadaban las sirenas. Sobre su piel, fina, tejida de plata y seda, se deslizaban suavemente las sílfides, tiernas y delicadas como pececillos en un arrecife.

Se oscurecieron los mares y dejó de brillar la luna. Se rompió la copa de vino y no probé más su dulce sabor. Huyeron las musas de mi hogar derruido, arrasando las sílfides con el salón de mi casa. No cantan más las sirenas a mis ventanas abiertas y secas. Desgarró el viento las sedas de mi cama y se marchitaron las rosas que guardaba bajo mi almohada. Maldijeron los mitos mi vida con sus llantos.

Una suave brisa hizo oscilar el fuego apagándose las llamas.»

Pues eso.

Nervios

Bueno, esto lo he escrito nada más sentarme en el tren de vuelta a madrid. Es bidireccional, ya que el sentimiento es el mismo tanto a la ida como a la vuelta.

Nervios. Un bicho en mi estómago que se remueve y araña mis tripas. Una dulce voz, un ángel del destierro, comunica la entrada de quien me aleja de mis seres queridos. Me dirijo a los tornos y vislumbro el invisible portal que crea el más extraño de los efectos conocido. Cruzo. Puedo ver a quienes están en el otro lado y sin embargo los noto tan lejos…

Con un nudo en la garganta atravieso la puerta del tren y entro en el descansillo que se me antoja como la sala de esperas del dentista. Fría, vacía, impersonal, triste… Cruzo con todos mis parapetos el estrecho y cada vez más agobiante pasillo repleto de caras extrañas por ambos lados. Cuánto daría por ver una cara conocida.

Reviso mi billete, me paro frente a mi asiento. Subo mis cosas al compartimento destinado a este fin. Triste y algo decaído me siento en i butaca mientras me espía de reojos la anciana que tengo en frente.

No puedo parar de pensar que esto es un fin. Sé que es sólo un hasta pronto, pero un pronto demasiado tarde. Sé que al llegar me esperan más seres queridos… pero da igual. Es la despedida lo que me hace albergar el negativo sentimiento que me envuelve.

Que solo me siento…

Escribir estas palabras me hace sentir alivio. Parece que las estuviera compartiendo ya con mis amigos, a los que envidio, admiro y quiero.

El nudo no cesa de apretar mi garganta. Pareciera que intenta acabar con mi dolor, pero no del modo en que a mi me gustaría.

Que sencillo sería que no tuviera que moverme nunca, que las dos ciudades estuviesen a un paso, que de verdad existiese el invisible portal que me transporta de una ciudad a otra. No más caras tristes, no mas pañuelos en mi garganta, no mas dolor… Ni nervios.

Espero que os haya gustado. Un beso a todos aquellos a quienes va dirigido.

ENVIDIA

Esto lo escrbí la noche anterior al viaje que hemos hecho este verano. La escribí pensando en alguien MUY especial.

Ire, te echo mucho de menos. Te quiero, preciosa.

Espero que os guste, pero sobre todo espero que te guste a ti, peque.

    ENVIDIA.

    Envidio la brisa que cada mañana
    roza tu cuerpo al abrir tu ventana.

    Envidio tus ojos profundos y azules
    que todos los días ven tu reflejo,
    que por tu belleza quedan perplejos.

    Envidio tu pelo de sol dorado
    que acaricia tu dulce cuello de lirios
    cuyo perfume delicado y suave
    hace las riquezas de mis delirios.

    Envidio al ruiseñor que en tu ventana
    te arrulla en las siestas con su gorjeo,
    te alegra las fiestas con una jarana
    y te canta al oído como deseo.

    Envidio a mi yo del pasado
    que te tuvo entre sus brazos,
    que te besaba locamente,
    que tiritaba por tus labios.

    Envidio al maldito yo de mis sueños,
    que despierta mi ira y me mata de celos,
    porque disfruta de ti cuando yo no puedo.

CrepusCulo (Fan Fic)

Bueno amigos, aquí va una aportación de uno de los miembros menos participativos del blog.
Lo he escrito a petición popular y con un algo satírico y bastante satirón.
Véase que mi intención no es ofender a los fans (yo mismo me leí los libros antes de que se mencionase nada sobre hacer una película y me engancharon bastante). Es más bien una exageración de la ñoñería que tiene el libro y una crítica a la escasez de acción y escenas picantes que podría tener.

CREPUSCULO (FAN FIC)

—¿Quién será a estas horas? —se preguntó Jacob al sonar el timbre de casa. Al abrir la puerta se encontró con una esbelta y fornida figura con su torso marmóreo al descubierto—. ¡Edward! ¿Qué haces tú aquí tan tarde? ¿No deberías estar en casa haciendo ganchillo?

—Lo cierto es que acabo de terminarte un jersey que te estaba confeccionando para tu cumpleaños. ¡Feliz Cumpleaños! —dijo Edward con el paquete en una mano y un regalo en la otra. Al abrirlo, Jacob se encontró con un precioso jersey de lana tejido con mucho amor. Se podían ver las hebras de dulzura entremezcladas con la lana—. Yo me he hecho otro para que vayamos a juego —dijo con una irresistible sonrisa en los labios mientras mostraba el jersey que se había hecho a sí mismo.

—Muchas gracias, Edward, no sé cómo agradecértelo.

—Me basta con que me invites a salir un día. Una cena estaría bien —contestó con una pícara sonrisa.

—Está bien, pero ¿no se enfadará tu Bella novia? —a Jacob le extrañó un poco esta actitud ya que hasta hace apenas unos meses nunca se habían llevado muy bien.

—No te preocupes, sólo somos amigos, ¿no es así?

Jacob sonrió satisfecho y notó que cierto rubor se le subía a las mejillas

—Sí, así es. ¿Quieres pasar a tomar algo? —mientras hablaba no podía evitar desviar su mirada hacia su torso duro como el granito y blanco como la cal.

—Ahora tengo un poco de prisa, sólo vine a darte mi regalo antes de que se pasase el día de tu cumpleaños. Por cierto, gran fiesta la de esta tarde, aunque lo de hacerlo en la piscina… ya sabes los problemas que tengo con el sol.

—¡Oh! Sí, pero los chicos insistieron tanto que no me quedó más remedio que hacerlo así —de nuevo el rubor encendió sus bronceados pómulos.

—Bueno, espero que te haya gustado mi regalito y que esa cena no se quede en mera palabrería.

—Hasta luego, Edward.

Se despidieron fundidos en un abrazo. Jacob pudo notar el frío que desprendía el cuerpo de Edward en comparación con el suyo, que estaba más caliente de lo habitual. Era una tórrida noche de verano.

Tras cerrar la puerta, fue a la cocina a por algo de agua fría, bebiéndose más de media botella de un trago. Luego se fue a la ducha, estaba sudado y pegajoso.

Mientras frotaba su cincelado abdomen con la suave esponja, tuvo esa sensación de escalofrío en la nuca, como si alguien le estuviera observando. Se giro rápidamente y miró por la ventana del baño que daba al porche, pero no había más que un búho en la rama del álamo que había frente al garaje.

Salió de la ducha envuelto con una toalla en la cintura y se dirigió a su habitación. Ya era tarde y estaba algo cansado, mañana sería otro día.

Al despertarse, notó que una ligera brisa matutina recorría su cuerpo semidesnudo. Unos finos slips de hilo eran su única vestimenta.

Se levantó y se dispuso a desayunar. Cereales de chocolate y leche fría fue lo que decidió tomar. Luego se vistió y salió para el colegio.

—Adiós, papá —se despidió con un beso al aire de su padre, que se encontraba sentado en su silla en el patio delantero.

Cuando llegó al instituto vio a lo lejos a Edward con su Bella novia, agarrados de la cintura. Algo se removió en las entrañas de Jacob. No podía dejar de mirarlos.

Qué belleza. Pensó.

Las clases discurrieron como siempre.

En clase de geografía la señora Pohm puso un examen sorpresa con el que, seguramente, crujiría a más de la mitad de la clase. Jacob estaría entre ellos.

En clase de literatura el señor Quir casi se mata al encontrarse con el vacío al andar hacia atrás por la tarima que da a la pizarra. Casi lloran de la risa. Como represalia por las carcajadas, Quir mandó leer para la semana siguiente un libro que tenía unas 600 páginas con letra de biblia.

Así, entre deberes y risas, transcurrió el día.

Al salir de clase Edward se acercó a Jacob por detrás, con ánimos de darle un buen susto.

—¡¡¡Buh!!! —gritó el apuesto y pálido muchacho.

—¡AH! —Jacob se giró con los ojos desorbitados y la cara más pálida que de costumbre, pero no lo suficiente para compararse con el níveo tono de Edward—. ¡Casi me matas! —dijo con el corazón a mil.

—Estaba pensando que esta noche mi Bella novia cena con sus padres. Su madre acaba de llegar para unos días, así que quiere pasar algo de tiempo con ella.

—¿Entonces tienes la noche libre? —acertó a decir entre balbuceos. Una tímida sonrisa se cruzó por su rostro. Y ahí estaba la irresistible sonrisa de Edward como respuesta—. Entonces es buena noche para la cena que te prometí ayer ¿no?

—Justo eso estaba pensando, pero ¿por qué retrasarlo tanto?

—De acuerdo. Te veo esta noche, te recojo a las ocho en tu casa.

—Te estaré esperando.

A las ocho en punto, como un clavo, Jacob tocó el pito y llamó a la puerta de casa de los Enculen. Casi al instante salió Edward con una camisa de lino blanca y un pantalón fino, que dejaba poco a la imaginación al trasluz. Jacob se quedó asombrado por el tamaño de la sonrisa que había dibujado en su cara.

—¿Qué te pasa? Tienes cara rara —preguntó Edward con una traviesa sonrisilla. Jacob agachó la mirada.

—Bueno ¿nos vamos o qué?

Subieron a la moto del hercúleo joven y fueron al centro de la ciudad.

Entraron en un restaurante que estaba decorado con tapices color carmesí. Del techo colgaban grandes lámparas de araña que parecían estrellas flotando y que dotaban a la atmósfera de un extraño y mágico toque. Aquella noche prometía ser especial.

Al entrar en el restaurante se les acercó el camarero.

—Buenas noches.

—Buenas noches. Teníamos mesa reservada a nombre de Jacob Negro —dijo Edward. Jacob lo miró con cara de extrañeza, ya que había reservado mesa con su nombre.

—Veamos — dijo el chico, un joven de pelo moreno rizado y ojos grises, que ojeó una libreta que había sobre un atril—. Sí, aquí está. Jacob Negro. Acompáñenme.

Cuando llegaron a la mesa, Jacob se quedó prendado de la delicadeza con la que habían colocado unas lilas como centro de mesa. Estas estaban sobre un lujoso mantel azabache de terciopelo parcialmente cubierto por otro de tela blanca. Las copas brillaban con la cálida luz ambiental y la vajilla era casi tan blanca como los dientes de Edward.

Ahora que se habían sentado sus miradas se cruzaron. Jake constató que aquello era una cita cuando Ed, sin pretender disimular, le agarró una mano por encima de la mesa. Sus ojos tenían un extraño brillo que no había visto nunca antes. Era el brillo del deseo.

El corazón de Jake comenzó a latir al ritmo que bate las alas un colibrí y Edward debió notarlo. No había que mediar palabra. Ambos sabían lo que había surgido entre los dos y ambos sabían lo que querían y hasta dónde estaban dispuestos a llegar.

Comieron a toda prisa y no tardaron en salir de aquel lujoso restaurante. Nada más salir de él Edward se abalanzó sobre Jake y éste no hizo por detenerlo. Ambos se estrecharon en ardiente beso que pareció eterno. El calor comenzó a inundar el cuerpo de Jacob.

Corrieron hacia la moto y se dirigieron a casa de Jake. Su padre había salido a cenar con el agente Swin, un amigo de toda la vida, así que no tendrían problemas en hacer ruido.

Llegaron arrasando con todo. El teléfono cayó al suelo y quedo descolgado.

Una afortunada casualidad.Pensó Ed al percatarse de esto.

Siguieron con su apasionada subida por las escaleras hasta llegar al dormitorio.

Una vez allí, el níveo amante arrojó al broncíneo sobre la cama con su inusitada fuerza, arrancándole la camisa en el acto y dejando al descubierto un pectoral esculpido en piedra ostionera. En respuesta, Jacob saltó a los brazos de la escultura griega que se hallaba frente a él. Se colgó a horcajadas rodeando con las piernas su cintura.

Los besos, lametones y mordiscos se sucedieron, saltando despojos de ropa por toda la habitación.

La lujuria los llevó hasta la cama donde, ya desnudos sus fornidos cuerpos, comenzaron a frotarse ansiosamente el uno contra el otro. El sudor comenzaba a aflorar por sus poros y se mezclaba con la saliva de los besos.

Edward se incorporó ligeramente y miró a Jacob a los ojos con gran deseo. De nuevo sobraban las palabras.

Jake se giró y agarrándose fuertemente a la cama y mordiendo de igual modo la almohada esperó la acometida de Ed.

Con delicadeza, el lechoso muchacho, introdujo su marmóreo miembro en la retaguardia del joven que, abrumado, yacía frente a él.

Pronto, el esfínter se relajó lo suficiente como para que Edward pudiera embestir fuertemente a Jake sin causarle dolor.

El deseo hizo que semejantes acometidas acabaran, entre aullidos y lametones, en una lluvia de crema de coco por todas partes. Luego se tumbaron exhaustos, sudorosos y húmedos. No obstante el descanso duró poco y volvieron de nuevo a cabalgar juntos sobre la grupa del deseo.

En esta ocasión la bronceada figura de Jacob era la que se erigía sobre la de Ed, provocando un tierno balanceo a golpe de cadera.

Se dejaron llevar por la pasión toda la noche una y otra, y otra, y otra vez. Se coronaron en tantas ocasiones que perdieron la cuenta. Luego se hicieron uno en un fuerte abrazo hasta quedar dormidos.

A la mañana siguiente, al despertar Jake, Edward ya no estaba allí y la ventana volvía a estar abierta.

Se levantó extrañado por la repentina y sigilosa marcha de su oscuro amante. Abrió el primer cajón del armario, cogió unos slips y cubrió con ellos sus fortalecidas y prietas nalgas y sus algo irritados genitales.

Al girarse, sus ojos enfocaron un objeto que no estaba la noche anterior en la habitación, algo que él no había colocado. No obstante reconoció el tono amarillento del papel en el que habían reparado sus ojos.

En el escritorio había una nota.

“Querido Jake.

Te has portado como una fiera esta noche. Has sido todo un hombrelobo y cuando te mires al espejo pensarás que yo he sido un vampiro (he contado como unas 15 marcas en tu cuello y otras tantas en otras zonas de tu cuerpo.).

Esta noche ha sido maravillosa pero no podrá repetirse porque estoy muy enamorado de mi Bella novia. No es mi intención herirte pero esto tiene que acabar.

Espero que podamos seguir siendo amigos.

Con cariño, Edward Enculen.”

Con lágrimas en los ojos, Jacob comenzó a gritar como una loca. Salió de casa a tropel y se marchó, sin saber hacia donde se dirigiría, para no volver nunca. Se había convertido en un lobo solitario.

Espero que hayais disfrutado del microrelato.

¡¡Vicente, Vicente!!

Vicente, lo prometido es deuda. Ahí te va la poesía homoerotico-festiva que te prometí. Es corta, pero con mucho sentimiento y sobre todo muy sincera. JA, JA, JA, JA, JA.

Vicente, Vicente.
Te petaría todo el cacas,
Y te pondría mis maracas
Ahí, sobre la frente.

¡Ay, Vicente!
Te sembraría mi palmera.
E iniciaría una nueva era
Sembrando mi simiente.

¡Ay, Vicentote!
Te clavaría mi machete.
Y sin dimes ni diretes
Te haría todo un machote.

¡Ay, Vicentito!
Mi erección es permanente.
Te agarraré por detrás de repente
Y te meteré todo el pito.

(Declaración firme de intenciones. Ya sabes Vicente…)

PD: Tal vez me repita un poco en el contenido, pero es que quiero dejar bien claro que me follaría a Vicente, me lo follaría a saco. Ja, ja, ja, ja.

La sombra de mis ojos.

Esto lo he escrito dos días después de que mi novia se haya ido a Madrid tras pasar junto ella los 3 mejores días de mi vida.

Es muy cortita, pero es que mi escasez de vocabulario no da para más.

Se que la volveré a ver pronto. Pero pronto nunca fue suficiente.

La sombra de mis ojos

Se ensombrecieron mis ojos.
El tiempo quedó helado.
Cesaron los pájaros
Su vuelo altivo,
Cuando al subirse al bus
Soltó mi mano
Y me dejó un beso
Como último abrigo.

Corrieron ríos
De amarga hiel
Que abrasaban mis mejillas
Al recorrer mi piel.

Y sonaron trompetas,
Y sonaron campanas.
Componiendo una triste sonata
En una noche aun temprana.

Y bajo mis ojos, la flor de la jara.
Y en mi estomago una hiedra.
Y mi corazón en un puño.
Y mi amor en un cacharro,
Que la arrancaba de mi mundo.

Pasarán las noches,
Pasarán los días.
Y Llorará mi cama
Por estar tan vacía.