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Terrorífica historia de zombis en Halloween.

Lollipop Burguer 5

Ernesto, 34 años.
Chapuzas profesional.
10 de noviembre de 2010.

La ranchera levantaba una nube de polvo a su paso por el camino que desembocaba en la carretera hacia la ciudad. La radio solo emitía ruido, y Ernesto maldijo por tener que buscar una nueva. Si ésta no tenía ni un año. Desde luego, las cosas antes se hacían mejor. Duraban. Estaba insistiendo con la radio y por un momento distrajo la atención del camino que tenía por delante, así que cuando vio al hombre que caminaba por mitad del carril de tierra sólo tuvo tiempo de dar un volantazo para esquivarlo por poco.

—¿Estás loco? —gritó con la cabeza por fuera de la ventana. Pero el caminante no pareció hacerle caso, le dedicó una lenta mirada y siguió con su pesada marcha.

El resto del camino se le hizo eterno, entre maldiciones y una fútil lucha por sintonizar algo en la radio.

Cuando llegó a la ciudad, el ambiente no le hizo ni pizca de gracia. Por todas partes había gente disfrazada de monstruos, zombis, asesinos, y todas esas cosas de las que se disfraza la gente en Halloween. Las calles estaban atestadas de gente, que invadían hasta el asfalto, vagando de un sitio a otro. Y el suelo estaba asqueroso. Ernesto odiaba Halloween. No entendía que la gente se disfrazara de muerto viviente, despreciando y ninguneando una amenaza tan seria como lo era la venganza del inframundo. Por eso, mientras la gente se disfrazaba y bromeaba, Ernesto se preparaba continuamente para luchar contra la inevitable invasión de los no-muertos, tuvieran la forma que tuvieran.

No estaba lejos ya de su casa, cuando al tomar una esquina algo golpeó fuertemente contra su ranchera, frenándola en seco y haciendo que se golpease la frente con el volante. Tardó unos instantes en recobrar el sentido, y cuando levantó la vista, casi se rompe el cuello de la sorpresa. Un imponente oso se erguía frente al acordeón en que se había convertido la chapa delantera de su ranchera, y rugía, visiblemente molesto por el atropello. Ernesto dio marcha atrás todo lo aprisa que pudo, rodeó al oso y aceleró de nuevo en dirección a su casa. La gente estaba loca, ¿qué cojones hacía un oso suelto por la calle en Halloween?

De repente cayó en la cuenta. Miró el calendario. Miró el reloj. 10 de noviembre. Claro, si él se había ido de acampada extrema como parte de su preparación habitual tan solo tres días antes de Halloween, y había estado alrededor de dos semanas fuera, ¿cómo iba a ser Halloween todavía? Entonces, ¿por qué iba la gente disfrazada aún?

Observó a la gente. Caminaban despacio. A veces veían algo que les llamaba la atención, y entonces corrían. Gemían o gritaban, siempre pidiendo comida. Entonces vio que, aunque casi todos estaban comiendo, no eran alimentos normales lo que tragaban. Tres niños disfrazados de parca se estaban dando un festín con un neumático arrancado de un coche que había un poco más allá. Un cavernícola intentaba mordisquear un buzón. Tres enfermeras-rameras se comían los restos de un perro. Dos zombis devoraban los restos de lo que parecía otro hombre. El espectáculo era grotesco. Desgarrador. Terrorífico. Abrumador. Escalofriante. Torrefacto.

¡Zombis! ¡La gente se había convertido realmente en zombis! Su mayor temor, y a la vez su mayor deseo, se había hecho realidad. Toda la vida entrenando y preparándose para este momento, ¡al fin!

Abrió la guantera, sacó su viejo revólver, comprobó que tenía munición, y pisó el acelerador a fondo. Tenía que llegar a su casa, era vital. Su casa, su bunker, allí estaría a salvo y podría trazar un plan de supervivencia y recuperación de la humanidad. Atropelló a zombis, parcas, esqueletos, cavernícolas, e incluso un león que no tenía aspecto de ser un disfraz, aunque igual ahora podría servir como tal. Disparó con la mano por fuera de la ventanilla, con mayor o menor acierto, pues la ranchera a toda velocidad no era el mejor lugar desde el que disparar. Acabó con un par de vampiresas picantonas, una diablesa, un fontanero, y una princesa montada a caballo.

Llegó por fin a su casa. Dejó la ranchera en la calle, bajó todos sus bártulos y subió los peldaños que conducían a su puerta. Tuvo que disparar a un par de engendros más que se acercaron al ver que llegaba alguien. No le gustaba tener que disparar, seguramente todas las criaturas en los alrededores habrían escuchado el ruido, y aún no sabía si acudirían a la llamada. Tenía que estudiar este tipo de infección, sería su prioridad una vez estuviera bien fortificado en su casa.

Cuando entró, descubrió que alguien se le había adelantado. La casa estaba bastante revuelta, la cocina estaba saqueada, y se habían llevado los cuchillos más grandes. Confiaba en que al menos no hubieran descubierto el sótano. Pero no tenía tiempo que perder, los infectados empezaban a aparecer por la calle, y algunos corrían hacia su casa. Sacó una pesada maza que tenía oculta estratégicamente bajo el sofá, golpeó enérgicamente los peldaños que conducían a su puerta hasta que quedaron reducidos a escombros, cerró la puerta de madera maciza, y la atrancó con el mueble de la entradita, una especie de cómoda bastante fea y que nunca había tenido demasiada utilidad, pero que mantenía cerca de la puerta para cuando llegara el momento. Lo tenía todo calculado, todo bajo control. Bueno, lo del saqueo no. Buscó unos listones de madera que tenía preparados para la ocasión, pero no estaban. Alguien habría visto su utilidad y ya no estaban. Bueno, el fondo del sofá serviría.

Cuando hubo terminado de bloquear la puerta, las criaturas se amontonaban ante la escalera frontal. La mayoría tropezaban y caían debido a los peldaños rotos, pero algunos de aquellos monstruos conseguían llegar junto a la puerta, e incluso forcejeaban brevemente antes de caer de nuevo por culpa del grupo que luchaba por ocupar su posición. Ernesto sabía que no tenían ninguna posibilidad de entrar, pero del mismo modo, mientras estuvieran ahí, él tampoco podría salir.

Necesitaba información. Necesitaba saber de cuántas provisiones disponía. Necesitaba saber cuánto tiempo mantendrían la atención aquellas criaturas, cuánto tiempo recordarían haberle visto entrar. Necesitaba saber si las fuerzas de seguridad estaban al tanto de la invasión, si llegarían en algún momento, o si ya nunca llegarían. En su bunker en el sótano tendría que estar el viejo aparato de radio, provisiones para un buen tiempo, y armamento especializado para enfrentarse a todo tipo de zombis, infectados, no-muertos o lo que sea. Por una vez, sólo por una vez en la maldita vida que llevaba, las cosas le podrían salir bien. Sólo si nadie había descubierto la trampilla oculta bajo la alfombra del salón.

Un sudor frío le recorrió la espalda. Volcó la mesa que estaba sobre la alfombra sin ningún tipo de miramientos, y dio un tirón a la alfombra, con tanta energía que resbaló y cayó de espaldas. Sintió un fuerte dolor en la cabeza, los gemidos ante la puerta sonaron cada vez más distantes, y la oscuridad le fue envolviendo hasta que no quedó nada más.

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Lollipop Burguer 4

He aquí mi primera incursión en el Especial de Halloween, esta parte trata un poco sobre el comienzo para que os vayais haciendo una idea. Poco a poco se irán descubriendo más cosas, pero debeis tener “pasensia”. Espero que os guste.

Ramón, 38 años
Camionero
17 de Octubre de 2010
Una semana antes de la infección Sigue leyendo

Lollipop Burguer 3

Bueno debo decir que el proyecto, aunque lento cual muerto viviente continua poco a poco. Otra Historia más de este arco argumental os espera. ¡A disfrutadla!

ESPECIAL HALLOWEEN 3ª Parte

Lucas, 20 años

Dependiente Lollipop Burguer

18 de octubre 2010

Semana Fantástica Lollipop Burguer

De vuelta a empezar otra vez, de nuevo el horrible sonido de mi despertador de Bob Esponja me saca del mundo de las fantasías sexuales en las cuales tengo un collar de perro al cuello y una morena me pega cachetes en el culo para que ladre, siempre justo en lo mejor. Mientras me desperezo el despertador sigue “Vive en la piña debajo del mar… Bob Esponja”. La vejiga está a punto de estallarme cuando me pongo de pie y voy corriendo al baño sin apagar el despertador, que sigue con su horrible canción. No puedo miccionar, mi pene está lo suficientemente erecto como para no dejar pasar la orina, así que tendré que ayudarle de alguna manera. Me siento en la taza del váter y cojo una revista bastante antigua pero que siempre ayuda en estas ocasiones. Ahí está la gran Greta Garbo, pero hoy no me apetece ella, paso la acartonada página, bastante desteñida por el paso de los años y de las cosas que le han caído encima, y me encuentro con Úrsula Andrés y su bikini mítico en aquella peli de James Bond. Tú eres la elegida, amiga, mientras tanto “Bob Esponja, Bob Esponja”.

Por fin pude eyacular, mear y cagar, así que ahora me iré a la ducha, no sin antes apagar el despertador. Me desnudo y acto seguido mi piel empieza a sentir ese frío que solo experimentas cuando crees que saldrá agua caliente y el grifo una vez más te engaña. Las placas solares de casa están gastadas, así que otra ducha fría será.

Cuando salgo me afeito lo que puedo arrancándome de cuajo varios granos que se desperdigan contra el frío cristal del lavabo. Me lavo los dientes mientras me sangran las encías y me como algo de pasta, una conducta que tengo desde pequeño pero que me encanta. Por fin peinado con la raya en medio y con un poco de Nenuco en mi cuerpo bajo a la cocina a prepararme el desayuno.

Mientras veo la teletienda me preparo un cuenco de cereales con poca leche, ya que solo quedaba el culillo, pero bueno, sobreviviré. Me preparo un zumo de naranja con la mayor cantidad de pulpa posible, pues mi exprimidor hace años que se agrietó y la función de colar la perdió antes de yo nacer.

—Asquerosamente rico —comento mientras veo el anuncio del alargador de pene propio de la madrugada—. Algún día dejaré este trabajo, lo juro.

El reloj de cuco del salón canta las cinco y media de la mañana. Hora de irse. Cojo la mochila con el uniforme y salgo de casa a por mi vehículo más preciado, mi bici princesa, me la regaló papá cuando aún vivía y yo tenía seis años. Cuando te regalan tu primera bici no se olvida, aunque sea rosa porque es la única que había de segunda mano en la tienda y tenga ese horrible cestito de niña. Aprendes a quererla como si fuera tu caballo propio. Ups, olvidaba una cosa, subo de nuevo a casa y entro en el cuarto de mamá, mi anciana mamá. La tapo, pues se mueve mucho por las noches, y le doy un beso en su arrugado moflete.

—Dulces sueños, mami —le digo mientras sonrío.

Esta vez bajo de nuevo corriendo mientras se activan los aspersores del jardín, bueno, el aspersor del jardín, el otro está roto desde hace años. Casualmente tengo la bici en el lado que funciona y me pongo perdido mientras la saco a la carretera.

Respiro el frío aire otoñal del bosque, toda la carretera está llena de hojas, a dos kilómetros está el pueblo, el estupendo Aspiración Hill. Así que vamos a pedalear, pero antes me pondré los cascos de walkman que nunca viene de más escuchar algo de música clásica.

Al cabo del rato entro en el pueblo, el cartel me saluda como cada día. Bienvenidos a Aspiración Hill, un lugar para respirar. Población 7000 habitantes. El pueblo está compuesto por pequeñas casas bajas de dos plantas con sus jardines, y a medida que se adentra uno en él aparece el sector más urbanizado con sus edificios y sus empresas.
Aun así mi trabajo está donde el sector de casas bajas, como casi todo lo que no fueran pisos baratos y grandes edificios empresariales. Allí en mi trabajo yo ejercía el control, era ingeniero en distribución de productos cárnicos y atención al cliente. Allí estaba mi hogar de trabajo. Un aparcamiento grande, para muchas plazas de coche, y en el centro justo una casa baja, cuadrada con un gran cartel de neón que ponía LOLLIPOP BURGUER, ahora apagado, claro. Yo era el encargado y, bueno, aunque fuera una empresa grandísima en este pueblo yo era el jefe.

Dejé la bici con el pitón, allí estaba el camión de suministros esperándome, saludé al conductor alegremente mientras éste ignoraba mi saludo y entré por la puerta de atrás para cambiarme y ponerme el uniforme de trabajo. La puerta de atrás daba directamente a los vestuarios que consistían en cuatro taquillas y un banco en el centro donde poder sentarte para cambiarte. Así que eso hago, como encargado me toca recibibr los pedidos todos los lunes, así que abro mi mochila y me pongo el uniforme rosa y lila de la empresa con su gorrito a juego. Abrí mi taquilla para guardar la mochila matando a dos cucarachas que salen espantadas, espero no haya otra vez en la cocina, porque si no me queda bastante trabajo antes de abrir.

Fuera, el camión estaba solo, no había rastro del conductor, la puerta estaba abierta y las llaves puestas. Así que subí y examiné el asiento. No había nada salvo restos de lo que parecía ser un vómito. Borrachos, seguro que había ido a buscar algún bar abierto para que se le pase el síndrome de abstinencia. Bueno, lo haré yo solo, que a las ocho tengo que abrir. Cogí las llaves y me las guardé, fui al vagón de atrás del camión y lo abrí. Atrás había varias cajas tiradas por el suelo, vaya, parece que hubiera entrado alquien aquí detrás. Pero no, lo examiné y no había nada, solo cajas de hamburguesas y cajas de pan. Así que debo comenzar a meterlas todas en el almacén del burguer. Vaya, se han pasado con la carne, pero bueno, voy a llamar entonces, por si acaso es un error.

Voy a la cocina a coger el teléfono pero empieza a sonar antes de ni siquiera tocarlo, así que lo cojo esperando como siempre que sea algún borracho o error.

—¿Es usted el encargado Lucas, de la población de Aspiración Hill?

—Sí, soy yo, ¿ocurre algo?

—Le llamamos de la sede de Lollipop Burguer, como usted verá, señor Lucas, el camión contiene un pedido cuantiosamente mayor de lo normal. Se debe a que hoy comienza la semana fantástica en toda la multinacional Lollipop Burguer. Dentro del camión, en una de las cajas, podrá leer lo que hay que hacer.

—¿Señor?… Vaya, ha colgado.

Voy al camión de nuevo y entro en el vagón de detrás donde comienzo a abrir todas las cajas hasta que doy con una llena de poliespam o trocitos blancos de corcho. Saco de ella un libro de instrucciones donde se lee “La semana fantástica”. Lo abro y comienzo a leer.

Capítulo 1

Ha comenzado la semana fantástica en Lollipop Burguer, durante siete días todos los pedidos estarán a mitad de precio además de la gratuidad de las bebidas en los menús.
Por la compra además de cuatro menús solo tendrá que pagar el primero, así que a comer se ha dicho.

Se debe conservar la carne en un lugar fresco o a temperatura ambiente siempre que sea posible.

Para prepararla se deben cocinar a más de 100 grados y por ambas caras los medallones de carne, ya que la inestabilidad de los ingredientes disminuye a altas temperaturas.

La fecha de caducidad es a partir de diez años.

Algunos efectos adversos del consumo prolongado de esta carne van desde la diarrea acuosa pasando por ingestiones estomacales con borboritmos y metiorismo profuso culminando en muerte súbita.

La retirada rápida a clientes con adicción pueden dar un efecto rebote y un síndrome de abstinencia donde necesite seguir ingiriendo el producto de forma desenfrenada. Se aconseja por tanto el servicio de comida a domicilio para estos clientes especiales.

Usted como encargado deberá comprender todas estas intrucciones y no revelarlas a nadie bajo pena de despido para siempre de la empresa.

En esta caja y otras más encontrarás carteles y posters que deberás pegar por las calles del lugar anunciando la semana fantástica.

Buen trabajo.

El resto del libro eran otros idiomas así que lo cerré y ahora voy a guardar toda la carne en la cámara frigorífica, aunque sé que toda no va a caber.

Efectivamente después de media hora sacando carne tuve que almacenar lo restante debajo del mostrador y en el vestuario. Esto atraería a demasiados insectos y animales, pero bueno, no seré yo el que coma una hamburguesa del trabajo. Es cierto eso que dicen que cuando ves cómo funciona un sitio por dentro te revuelve el estómago como hizo conmigo el Lollipop Burguer, pero me reservo mis opiniones.

Me puse pues a calentar las planchas y a limpiar un poco aquello de inmundicia mientras comenzaron a llegar los tres empleados que quedaban. Entre ellos estaba Sofía, tan prepotente como siempre pero increíblemente guapa. La mujer ideal. La mujer que nunca voy a tener.

—Hola niño, voy a ponerme el uniforme, así que ni se te ocurra entrar en el vestuario, y dile a esos dos que salgan a la de ya.

—Sí, Sofía. ¡Ey, vamos, salid, ya sabéis que la señorita se cambia sola! Venga, id a mirar si las planchas están calientes —mientras ordené la caja registradora y las tapaderas de los vasos de refrescos.

Sofía salió malhumorada como siempre, pero con ese pelo radiantemente largo y los labios pintados.

—Sofía…

—¿Qué pasa? —me dirigió la palabra un poco cabreada.

—Llevas el pelo suelto, sabes que debes…

—Ah, sí, verdad… Perdona, es que venía escuchando la radio y estoy hasta los cojones de ese político, ese tío que defiende lo indefendible.

—La verdad es que no me suena.

—Pues hay carteles por todas partes, el pueblo está lleno, es que se está alojando aquí, llegó ayer.

—Iría pensando en mis cosas.

—Sí, claro, tú como siempre.

—Bueno, empezamos las semana fantástica.

Y así fue como le expliqué a aquellas tres personas que trabajan de sol a sol por 300 euros que esta semana tendríamos que trabajar el cuádruple y que las colas llegarían hasta la esquina siguiente. Y así fue.

***
La semana fantástica se transformó en la semana más larga y ajetreada de mi vida. Pedidos y más pedidos, el aparcamiento del Lollipop Burguer siempre estaba lleno, las colas a pie llegaban hasta el otro lado de la calle y en el auto-burguer colapsaban toda la carretera. Llegaba a casa afónico de chillar, ya que entre tanto barullo debía elevar la voz, hubo peleas y broncas varias. El cine encargaba macropedidos, el centro comercial también, había una hamburguesa en cada casa, me sorprendió que el hospital encargara un gran pedido. Eso no es “comida sana” que digamos. Llegaba a casa y ya estaba mamá dormida, ponía la tele un rato y solo echaban anuncios de la teletienda y del Lollipop Burguer. Este pueblo en una semana se había puesto gordo. Y lo peor aún estaba por llegar.

***
Una semana después el Lollipop Burguer fue cerrado por Sanidad, no me extraña, alguien se tendría que dar cuenta, lo cierto es que no dieron explicación ninguna. Nos enviaron un comunicado con el finiquito de cada empleado y esa misma noche comenzamos a cerrar la tienda, ya se habían ido todos menos Sofía y yo.

—Por fin terminamos, ¿eh, Sofía? Creo que ya puedes irte, yo acabo de recoger —dije como todos los días.

—Muy bien, gracias, Lucas. Pues me voy a casa, tú te encargas, ¿no? —me preguntó tan despreocupada como siempre por las vidas de los demás. Será egocéntrica.

—Sí, claro, total, mi madre se debe estar acostando y no tengo a nadie que me espere, así que ala, hasta luego.

—Adiós, Lucas —diciendo esto Sofía resbaló en el grasiento suelo y pude sentir el crujido de su tobillo al doblarse en un ángulo extraño e imposible; luego vino su grito.

—Sofía, ohh dios, espera.

—Ayúdame imbécil, me duele mucho.

—Voy, voy, espera —la sujeté y la levanté mientras gritaba—. Tranquila, vamos, te llevaré a tu coche.

—No voy a poder conducir, idiota.

—Tranquila, iremos al hospital, yo te llevaré, no es difícil. Me saqué el carnet, lo que pasa es que odio conducir.

—¿Quieres dejar de contarme tu vida?

—Perdona, intentaba hacerte más ameno el camino. Bueno, ya estamos en el coche, ¿dónde están las llaves?

—En mi bolsillo de atrás, pero como se te ocurra tocarme el culo te daré un puñetazo, es más, ni se te ocurra pensarlo.

Cogí las llaves de su trasero sin ni siquiera saborear el instante, ya que Sofía parecía que fuera de cristal y tuviera un cartel de “no tocar, tortazo inminente”. La subí al coche entre quejas y salimos del burguer.

—Lucas, conduce con cuidado, hay muchos niños disfrazados por las calles, no es que me importen pero es una infracción grave, ¿entendido?

—Sí, Sofía, es Halloween, aún sé a qué día estamos, bueno, a qué noche. A mí siempre me gustó esta fecha donde los muertos se levantan de sus tumbas y atormentan a los vivos a cambio de caramelos.

—Lucas, para, da la vuelta, no tengo dinero para el hospital.
—Tranquila, corre a mi cuenta, vamos.

El pueblo estaba boyante de diversión y disfrazes, muertos, brujas, zombis, vampiros… Todos se reunían y reían felices. Cogimos el desvío del bosque ya que el hospital está situado a las afueras de la ciudad. Llegamos allí y pasamos los grandes muros que bordeaban el extenso terreno que comprendía el hospital y sus jardines. Esos muros según me dijo mamá eran porque en tiempo de guerra fue el refugio de los soldados además de baluarte para los heridos.

El aparcamiento estaba lleno de coches y las ambulancias entraban y salían como locas. Llegábamos a la puerta.

—Oiga, perdone, necesito una silla de ruedas para la señorita —voceé desde la ventanilla del coche a un celador que estaba en la puerta. Enseguida se la llevaron—. Ahora te busco, Sofía.

—Muy bien, Lucas —era la primera frase sin insultos que me decía durante todo el viaje.

Aparqué donde me permitió aquel lugar y mi poca maestría al volante. Mientras caminaba entra la hilera de coches la gente acudía en masa al hospital tocándose la barriga, retorciéndose y muchos de ellos vomitando entre los automóviles. Al parecer se habían pasado comiendo carne.

Una vez dentro la cosa era peor, los pasillos estaban infectados de gente, tanto es así que no había asientos para todos, ocupaban las sillas de ruedas, las camillas, cualquier cosa. Los enfermeros y médicos corrían de un lado a otro sin dar abasto. A lo mejor la comida no estaba en buen estado, quizás por cosas como ésta habían cerrado el Lollipop Burguer, aunque pensándolo bien, de eso hacía una semana, ¿tanto se puede incubar una intoxicación alimentaria? La verdad es que no lo sé, pero quizás no sea por eso.

—Aquí, Lucas, al parecer están haciendo triaje y lo mío es poco importante. Vamos a tener que esperar.

En ese momento me puso su mano en mi hombro mientras me tendía junto a ella en el suelo de aquel pasillo infestado de enfermedades y de personas. Parecía amable y todo, así que aproveché la ocasión y dado que iba para largo comencé a charlarle.

—¿Ves a esa mujer de allí? Es la señora Romanov, le gustan muchos los gatos y siempre que puede les compra un cartón de leche y lo pone en la entrada de su casa. Además los días de lluvia siempre deja la puerta abierta para que algunos se cobijen. Y ese hombre que está con tan malita cara es el señor Pivod. Él tiene un hijo motorista que siempre que vuelve a casa con su padre hace resonar la moto por toda la calle y la cara del señor Pivod se ilumina cuando lo ve llegar.

—¿Cómo sabes tantas cosas?

—Bueno, siempre hemos estado mamá y yo solos, así que la he ayudado desde pequeño, primero trabajé repartiendo periódicos…

—Oh vaya, no sabía que tú hicieras esas cosas, yo tuve una vez un novio que también lo hacía, pero besaba fatal. Teníamos 14 años, cómo esperaba que besara.

Y fue como Sofía comenzó a valorarme como persona y su corazón palpitó cerca de mi pecho.

***
—¿Sofía? —un hombre de uniforme blanco llamaba a Sofía, mientras ella descansaba en mi hombro dormida.

—Sofía, despierta, nos toca.

—Oh, Lucas, ¿cuánto tiempo he estado dormida?

—Pues una hora y media, pero el hospital no parece más despejado.

—No —dijo el señor del uniforme—, la mayoría se están quedando aquí ingresados, hemos tenido que poner un ala en cuarentena pues parece un virus bastante contagioso algo parecido a una intoxicación alimentaria. Pasen a la consulta, por favor. Me llamo Marcos, y soy vuestro enfermero.

Levanté a Sofía y entramos en aquella consulta con azulejos blancos y una única ventana que daba al bosque. Desde aquella altura parecía una mancha verde detrás de la valla del hospital.

—Perdonen la espera, pero había que seleccionar a los pacientes por orden de prioridad, usted tiene un tobillo lesionado, vamos a ver.

—Perdone, ¿y el doctor? —dijo Sofía con su tono habitual de mal humor, de nuevo volvía a ser ella.

—Bueno, están demasiado ocupados haciendo otras tareas, usted tranquila, estoy bien capacitado para esto —agarró su pie—. Ehh… es un esguince, posiblemente no tenga nada roto, quizás grado dos, le haremos una radiografía para comprobarlo y si no me equivoco, quince días con una venda y como nueva, ¿le parece?

Mientras Marcos hablaba, de la habitación contigua entró un hombre bastante pálido con una euforia un tanto extraña.

—¿Aquí hay comida? —preguntó, acto seguido se abalanzó sobre mí y me mordió el cuello. Oí gritar a Sofía y vi a Marcos coger un bisturí pero yo caí tendido en el suelo y pude notar como un líquido caliente me mojaba la cabeza. Me desangraba y después todo se tornó oscuro para siempre.

Lollipop Burguer 2

Me aventuro en este reto del Salón de Mi Casa, no sé qué tal se me dará, pero espero no bajar el nivel que se ha establecido.

Zaida, 22 años

Universitaria

31 de octubre de 2010

Primer día de la infección

Otro día como todos los demás. A veces me pregunto si esta es la vida que deseo, es la celebración de Halloween y me veo como el resto de días de la semana, agobiada por los trabajos y sin tiempo para mí. Y para colmo esta noche cenaré lo mismo que todas las noches desde hace una semana… hamburguesa del Lollipop Burger… No son malas hamburguesas pero comerlas a diario hace que las esté empezando a aborrecer. Apenas pruebo bocado cuando suena el teléfono.

— ¿Sí? Hola mamá… Sí mamá, estoy comiendo bien… No mamá, no estoy comiendo comida basura como suelo hacer habitualmente… No sé cuándo podré ir a casa, estoy muy liada últimamente… Vale mamá, yo también te quiero.

Siempre lo mismo, se preocupa demasiado. No me gusta cuando la gente anda preocupada todo el tiempo y menos si eso quiere decir que la causa de la preocupación soy yo. La vida sería mucho más fácil sin mi existencia, sería una preocupación menos para las personas que me rodean y que ya tienen suficientes problemas. Pero bueno, como el suicidio nunca ha formado parte de mis intereses intento combatirlo haciendo lo más feliz posible a quien me rodea, aunque eso suponga un aislamiento permanente.

Olvido mi cena y continúo trabajando delante del ordenador. Menudo atraso para el hombre, estoy convencida de que los ordenadores más que adelantar trabajo lo atrasan, todo era más rápido y sencillo cuando sólo había lápiz y papel, pero bueno, estos son los tiempos de hoy, en los que todo está informatizado y los ordenadores nos controlan. Debería tacharme de hipócrita, y más aún cuando es el ordenador una de las pocas cosas que me comunican con la vida real, con mis intereses y con las personas que me importan. Cada día varias ventanas de Messenger y música bastante diversa (desde Guns N roses hasta Emilio Aragón) invaden la pantalla de mi PC junto con las ventanas de trabajo. Parpadea una de esas ventanas.

— Hola princesa, ¿otra vez trabajando?

— Sabes que sí, el pan de cada día. ¿Y tú? ¿Vas de fiesta de Halloween? Me han dicho que el disfraz de Bob Esponja Zombi es lo último este año.

— Sólo si sales conmigo esta noche. Podrías ir de Caperucita Zombi, o de cualquier disfraz que implique minifalda.

— Sé lo que pretendes, pero ni tengo piernas que enseñar ni forma de recorrer 400 km antes de las 00:00.

— ¿No tienes piernas? ¡Es ideal! El disfraz perfecto de zombi. Y no me importa si celebramos Halloween un día después.

— Siempre me haces reír, pero bromas aparte. Sabes a lo que me refiero… Hoy no podrá ser, quizás el año que viene pueda ir contigo. Conviértete en el Bob Esponja putrefacto que llevas dentro y diviértete con tus amigos, y recuerda, bébete alguna cerveza a mi salud.

— Eso está hecho, pero se te acumulan las que te tienes que beber a mi salud. ¡Tienes que salir más! Adiós y suerte con el trabajo.

— Adiós y suerte con la resaca.

No me asusta la soledad, a veces incluso es reconfortante, pero el no contacto con la humanidad quizás acabe por llevarme a la locura. Miro por la ventana, todo el mundo está disfrazado, divirtiéndose, asustándose unos a otros a modo de broma. Menuda envidia… Pero bueno tengo que trabajar. Sigo trabajando automáticamente, con la mente casi en blanco mientras Needles suena de fondo.

De repente suena un grito que me hace dejar de trabajar y mirar por la ventana. Todo se ha vuelto más oscuro, apenas se distinguen cuatro figuras humanas. Parecen tres chavales disfrazados de zombis y una chica de novia cadáver. La voz que ha gritado es la de la chica que huye de sus tres amigos. Es increíble lo bien caracterizados que están, ni para las películas los maquillan tan bien. Tendrían bastante futuro actuando de zombis de reparto, se mueven que da miedo, tan real…

Vuelvo la mirada a la pantalla que se ha quedado oscura, aparece mi reflejo, tengo bastante mal aspecto, estas ojeras de no dormir cada día están más marcadas, quizás ni si quiera necesite disfraz. Tengo demasiado sueño, espero no quedarme dormida sobre la mesa como otras veces…

Continuará…

Lollipop Burguer 1

Hace tiempo que no nos embarcábamos en un gran proyecto narrativo, entonces surgió la bombilla ya que xente, uno de nuestros integrantes llevaba tiempo queriendo escribir algo de zombies. La maquina de los sueños se puso a trabajar y hoy iniciamos lo que promete ser una gran novela, donde todos los integrantes del salón participarán, que espero sea del agrado de nuestros lectores. Nunca hemos abarcado un proyecto tan grande como este que tenemos entre manos y que hoy se estrena. Lo comprendereis conforme vayan saliendo nuevos números. Muchas gracias y Feliz Halloween.

 

Teresa, 18 años
Gogó
31 de octubre de 2010
Primer día de la infección

—Vaya asco de fiesta de Halloween del instituto, ¡de canapés han puesto comida del Lollipop Burger, Roberto!

—Cariño, el comedor compró muchas hamburguesas la pasada semana, de alguna manera debían deshacerse de ellas.

—¿Y el ponche, qué me dices de eso? Está aguado.

—Así sale más barato, mi amor. ¿Qué sería de una fiesta de instituto sin el ponche aguado y comida de poca calidad? Además, estás estupenda disfrazada de princesa sexy.

—Roberto, voy de princesa-zombi, estamos en Halloween, parece mentira que no entiendas que hay que ir de algún monstruo.

—Oye, que yo voy de Béla Lugosi.

—Vas con un traje de chaqueta gordo, ¿qué clase de monstruo es ese?

—Si quieres voy al baño y me visto de George A. Romero.

Al ver mi cara de incomprensión y malhumor tuvo que ceder.

—Está bien, cariño, iré al baño, cogeré papel higiénico y me disfrazaré de hombre invisible, ¿te parece?

—Ese es mi cari —le dije para tenerlo contento, y como siempre, cedió ante mi voluntad de princesita, en este caso zombi.

—Cariño, antes de irme al baño, ¿me puedes decir en qué se diferencia el traje de princesa zombi del traje de princesa?

—Roberto, ¿en el traje de princesa normal llevo las uñas pintadas de negro o la sombra de ojos oscura?

—No, cierto, amor. Voy al baño.

Sinceramente, creo que mi novio me da por imposible, pero eso es porque me adora. Aprendió a aguantarme hace un año, cuando nos conocimos en aquella discoteca. Yo era gogó y estaba en mi descanso, sentada en la barra, y él se acercó a pedir un vaso de agua. Recuerdo que una especie de calentura me recorrió desde mis ingles sudorosas por el baile hacia mis pechos turgentes. Fue un flechazo.

Ahora al recordarlo, algo parecido me empezó a ocurrir, así que fui dejando atrás la pista de baile de aquella fiesta de Halloween llena de adolescentes salidos, me dirigí hacia el baño donde mi novio se cambiaba, y antes de que se volviera invisible le enseñé lo que una princesa-zombi es capaz de hacer.

Una hora después pude salir de aquella fiesta tranquila y habiendo comido algo que no fueran hamburguesas recalentadas de la “semana fantástica” del Lollipop Burger. Llevaba una semana comiendo eso en casa, ya que a nuestra chacha le había dado por comprar esa carne en vez de cocinar. Papá me prohibió comerla y mamá lo secundó como siempre, pero como nunca están en casa, pueden decir misa. Fuera, en los aparcamientos, vi como ya va siendo habitual ambulancias del hospital que recogían a los que se habían intoxicado con alcohol y con hamburguesas, ya que los vómitos que podía ver por el suelo aún llevaban restos de carne sin digerir. Qué asco.

Abrí el Jaguar de papá y crucé las vallas de aquel gran edificio que era el instituto. Odiaba esa gran cancela, esa cárcel donde había vivido toda mi niñez con sus grandes jardines y su gran edifico siniestro como un castillo embrujado, menos mal que lo dejé con 16 años. Ya había tenido suficiente fiesta por hoy. Era la una de la madrugada y había cumplido con mi novio, así que para casita, él se quedaría estudiando un rato. Le aburren las fiestas si no va conmigo, está claro que la activa de la relación soy yo, él simplemente es el que se bebe los libros.

Me fastidiaba enormemente tener que conducir despacio, pero siendo las horas que eran y teniendo en cuenta la fecha, las calles estaban plagadas de monstruos pidiendo aún caramelos por los vecindarios y cafres lanzando huevos y papel higiénico a las casas de sus seres menos queridos. Debería haber aceptado el trabajo de hoy en la discoteca en vez de negarme por ir a la fiesta del instituto con mi gordo. Soy tonta.

Tardé casi tres cuartos de hora en llegar a casa, es curioso la de trajes de Bob Esponja zombi que había este año por las calles. Ascendí hasta el rancho de papá y abrí la verja automática. Dejé el coche en el garaje como a papá le gusta, que es aparcado de culo, junto a su Mercedes y su Porsche. Para que vea que soy una nena buena. Seguidamente fui al establo a ver a Cosita, mi pony. Parecía bastante inquieto esta noche así que me senté con él y me puse a cepillarlo hasta que pareció calmarse, aparte de tener una erección de caballo y nunca mejor dicho.

—Algún día, Cosita, te traeremos una hembra para que calmes a tu cosota. Déjame hablar con papá y ya verás como sales ganando. Si es que te quiero demasiado —dije dándole un beso en la crin.

Hace ya mucho que no doy clases de hípica, papá me apuntó cuando pequeña, dice que los caballos deben ser montados por gente con clase, como yo. Creo que ahí perdí el himen de tanto trotar, pero sirvió para las cacerías que organiza papá con los amigos de la empresa, aparte de para futuras relaciones sexuales, claro. Mi papi es su propio jefe, pero es el mejor jefe del mundo, estoy segura. Dirige su propia empresa de… de cosas importantes. Dejando a Cosita con la luz encendida para que no tuviera miedo me dirigí por el amplio jardín trasero hasta la casa. Parecía que había bastante ajetreo dentro.

Al entrar me encontré a papá y a mamá haciendo las maletas.

—¿Adónde vamos?

—Al yate, cariño, nos vamos de excursión —dijo papá.

—¿Esta noche, papi? ¿No podríamos esperar al próximo finde?, me gustaría que se viniera Roberto.

—Lo recogeremos ahora mismo, cielo —dijo mamá mirándome felizmente.

—¿Y a qué se debe tanta prisa? Ya sé, otra vez te persiguen los del banco, ¿no es eso?

—Sí, hija, otra vez, y no quiero tener que rendirle cuentas a nadie, a no ser que quieras perder la casa, los coches y tu pony.

—No, papá, mi pony no.

—Pues entonces debemos irnos, pequeña.

—Pero mamá, la última vez que nos fuimos estuvimos un mes en el barco incomunicados. Necesito llevarme ropa, voy a la ducha.

—De eso nada, te vas con el traje que llevas, la ropa la acabo de guardar en tu maleta y en el barco hay más ropa, ¿no, papi?

—Claro que sí, mami, siempre dejo el barco a punto para cuando pasan estas cosas.

El teléfono de mi padre sonó con la melodía de un cortometraje que le gustaba mucho. Creo que se llamaba Hermes… Papá salió de la sala y me quedé con mamá.

—Mamá, estoy un poco cansada de estas escapadas, a mí me gusta este lugar.

—Ya lo sé, cariño. Pero esta vez es muy importante que nos vayamos hasta que todo haya pasado.

—Está bien, mamá, pero yo conduciré.

—No sé si tu padre querrá.

—Era de la empresa, debemos irnos cuanto antes —dijo mi padre colgando el móvil.

—¿Qué pasará con Cosita, papi?

—Estará cuidado hasta nuestra vuelta, Teresa. ¿Listas?

—Conduzco yo, papá.

—Teresa, hoy debería conducir…

—Pues me quedo aquí.

—Está bien, pero el Mercedes.

Dicho esto nos dirigimos al garaje. Mis padres parecían nerviosos, miraban hacia todos lados y se crispaban con facilidad. Como si hubiera un francotirador en cada esquina esperando para matarlos. Qué dura es la vida de un empresario como papi. Hay veces que me gustaría ser pobre como el resto, pero luego recuerdo a Cosita y el jacuzzi de casa y se me pasa completamente.

Encendí el GPS del coche para que calculara una ruta hacia el puerto que pasara por el instituto para recoger a Roberto. Es que nunca consigo quedarme con los caminos, realmente retengo pocas cosas, pero así se vive más feliz que sabiendo tanto. Mira a Roberto, siempre con sus estudios y preocupado.

Después de pasar por la zona urbanizada nos metimos por un desvío que era mucho más tranquilo y aceleré en consecuencia. Todo estaba muy oscuro, pero confiaba en mi manejo del volante. Encendí la radio y aparte de las canciones típicas de estas fechas poco más había que escuchar.

—Pon las noticias —ordenó papá.

Busqué la emisora local y pudimos escuchar a un señor con voz grave y calmada.

—“…las secuelas de la semana fantástica del Lollipop Burger, ahora cerrado por sanidad, se hacen perceptibles. El hospital del pueblo se encuentra a pleno funcionamiento ahora con un alto cupo de pacientes intoxicados y otros tantos etilizados por culpa de las fiestas. Urgencias hoy tiene una noche dura de trabajo y los dos dispositivos de emergencias con sus ambulancias están recorriendo la localidad para acudir a los avisos. Quizá estemos ante un problema de salud pública. Por otro lado, la visita del aclamado político…”.

Entonces mamá gritó, papá accionó el freno de mano del coche y yo comprendí por qué tenían tanto miedo. Di un volantazo rápidamente ya que en medio de la carretera había un grupo de cinco personas, cinco figuras que no parecían pertenecer al mundo de los vivos. Cinco cadáveres andando en dirección al pueblo.

Continuará…

PD.

Para los fans de he sido abducido, ya solo quedan tres números para que finalice ^^