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Cuento de las Perséidas.

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Ocurrió una noche cualquiera de un verano caluroso, al fin y al cabo como todos los veranos por aquellas fechas. Por caprichos del destino San Lorenzo quiso llorar mientras Perseo saltaba sobre él, derramado las muy aclamadas estrellas que llevaban su nombre “las perseidas” que, egocentrismo aparte, y si queréis una explicación más científica, dada por el mayor astrofísico del multiverso insular de la costa del cabo de mala esperanza, no era más que una lluvia de meteoros de actividad alta.

Nadie contemplaba la magia en todo aquello, nadie excepto él. Que habiendo dejado el coche aparcado en la iluminada playa, se adentró hasta los senderos más oscuros de la misma donde, pocos de los que allí estaban, buscaban ver las lágrimas de aquel santo y sí los ojos vueltos de sus respectivas conquistas, las cuales, parejas o ligues de una noche, así se lo concedían soltando algún gemido al aire entre manotazos y risas apagadas que no brillaban en la oscuridad. Todo esto aderezado con mucha tierra, había sonrojado tanto a la contaminación lumínica que se fue corriendo a iluminar otras partes de la costa que fueran más puritanas.

Él, puso su toalla en la fría tierra, ahora mojada tras una dura jornada dominguera. La playa estaba muy cansada a esas horas pero sabía que todos los años la noche de la lluvia de estrellas le tocaba guardia. Luego se tumbó y la perspectiva trastocó su mundo, pasando de esa verticalidad casi virginal a la sexual horizontalidad hasta donde le permitía alcanzar la vista. Fue inundado así por bocados de cielo. Mirara donde mirara el espacio se abría a su alrededor. Abajo era arriba y los pies flotaban escuchando de fondo la lejana melodía de las olas y el rumor de los amantes nocturnos.

Lo cierto es que todo estaba muy oscuro pero esta vez había venido preparado, no como otros años. Sonrió mientras sacaba sus gafas de lejos. Las limpió suavemente balanceando los dedos y con un tacto fino que hubiera usado, si así hubieran querido, todas las mujeres que lo rechazaron. Esas gafas y él habían visto muchas pizarras, ecuaciones y complejos problemas y una vez intercedió entre su vista y el cielo, el espacio se tornó visible como si un manto abisal envolviera todo su cuerpo.

Titilaban estrellas que para él era la única forma de parpadear que tales astros tenían. Algunas corrían de otras, dejando una estela mágica en un juego que duraba toda una vida. Otras permanecían inmóviles como señales para los que quedaban por venir y los que alguna vez viajaron de mundo a mundo. También había satélites de telefonía móvil con el gran logo de cada empresa y hasta una estación espacial que albergaría personitas, las cuales ahora andarían soñando sus propias aventuras.

Centrémonos en los meteoros aunque espero que ellos no se centren en nosotros la verdad. Si no, seríamos un blanco fácil para una lluvia de piedras cósmicas. ¿De qué estaban hechas las estrellas fugaces? Aquel niño sobre la toalla no sería un gran científico ni nada demasiado importante en la vida pero él tenía su propia idea y esa idea era magia. Energía dispuesta a ser usada. Un conjuro que solo hoy, cuando el asteroide dejaba su estela, podía ser pronunciado para intentar hacerlo realidad.

Desde pequeño jugaba con su hermano a inventarse las reglas de los deseos. Tal vez, así se habían inventado todas las reglas que hoy conocemos y es que la infancia es la única etapa con poder para fijar directrices no racionales y que lleguen a buen puerto.

A ese conjuro cósmico lo llamaron deseo y concretaron, ya de infantes, que para que aquel deseo se cumpliera deberían estar en la playa tumbados bajo las estrellas, que algunas titilaran y que fuera verano. De tal modo que cuando pidieran ese deseo a la estrella de allá que tuviera estela deberían pestañear dos veces muy fuerte para que se cumpliera.

Desde ese día las reglas fueron oficiales y todos los veranos jugaban a pedir deseos imposibles. Algunos se cumplían por mera casualidad, otros por infinita causalidad y el resto caían en el mundo de los deseos incumplidos.

Y así pasaban los veranos mientras la tierra giraba y el cometa cada agosto se acercaba para besarla.

En aquellos deseos se podía trazar la madurez de cada uno porque pasaban de querer volar a sacar buenas notas y a conseguir un amor imposible, cosa que a los genios les estaba vetado conseguir pero a las estrellas fugaces no.

Aquel niño tenía muy claro lo que quería. Llevaba pidiéndolo todos los veranos pero esta vez estaba muy cerca de conseguirlo, por acciones que el destino le había encaminado a vivir.

Los deseos tienen una particularidad y es, que se cumplen en tanto en cuanto te esfuerces en ellos aunque sea solo una millonésima parte.

Pasó por el cielo, mientras él pensaba observándolo desatendidamente, un bólido. Ese tipo de estrellas con tanta energía para cumplir los más ansiados anhelos que va dejando tras de sí una estela grande no, grandísima y que estalla delante de tu vista para iluminar los corazones, el cielo y por qué no, la tierra de las hadas. De ellas nacían estas criaturas mágicas con alitas pequeñas, de grandes bólidos que surcaban el cielo y con ellas se cumplían los deseos más impredecibles. Así que el cerró los ojos pestañeó fuertemente por dos veces seguidas y pidió su deseo mientras la luz de la explosión aún no se había extinguido.

No ocurrió nada durante los segundos posteriores ni los minutos que le continuaron por no hablar de la casi media hora que le precedió.

Aquel chico abandonó el manto del cielo, del cual se destapó por hoy, recuperó su verticalidad casi peligrosa, cogió su toalla y se guardó sus gafas de lejos, miró una vez más al cielo, esta vez casi no distinguió nada allá arriba y partió playa afuera a su coche por un camino bastante poco iluminado. Una vez dentro y con el aire acondicionado puesto a tope para mitigar el calor nocturno del verano su móvil sonó. Justo en ese momento y antes de mirar quien era supo que su deseo se había cumplido.

Sonrió y lo cogió rápidamente no sin antes leer el nombre de la persona que lo estaba llamando.

A veces el universo conspira, otras simplemente es azar pero por si todo esto no funciona pedid deseos a las estrellas cada vez que vengan a morir a nuestras costas.

22-8-2013

Una falsa entre truhanes

Ella no cree en el amor,
cree en lo que cree que es querer
mientras se quita el top
con su perfume de burdel.

Detrás un séquito de gansos amilanados
que se la tiran a la bartola
devorándola sin probar bocado.

En el bar la puedes encontrar
con su sonrisa predilecta
versado en lo grotesco
de su tez imperfecta.

Las curvas de la línea de su cuerpo
asimetría imperfecta rematada
por dos terrones de azúcar sonrosada.

En historias de alcoba,
como el pan de cada noche,
se doctoró a solas
con usureros, lapidarios y coaches.

Fruta del fruto de la riqueza
si no es dentista, será que roza la pobreza.

¿Para qué vivir del amor
si se vive con dinero?
Es mejor aparentar
que estar con un fontanero.

Ya tendrá amantes
ligues de una noche y operetas.
Lo suyo son los tunantes,
el dinero y que le miren las tetas.

En el arte de comer
se deja la oreja saborear.
¿Amigas? No monsieur,
a los machos me pueden quitar.

Buscando que te la ligues
para no decirte que sí
y así sentirse la diosa
que te niega su carmín.

Cuando llueva búscala,
sola entre chavales
siendo una estrella fugaz,

una falsa entre truhanes
de nariz descomunal.

Escribiendo en la playa

Me sonaba de algo su cara, no sabía muy bien si de una actriz hollywodiense o de haber vivido algún sueño con ella. Cosa últimamente poco probable ya que mis fantasías más nocturnas corrían a cargo de una morenita que me devoraba sin probar bocado. Por tanto, me decanto más por la primera opción.

Despejarme ese verano de los summer love que a la bogue tildaban mis más ínfimas prioridades y se aventuraban con desparpajo a través de mis dormidos sentimientos era mi prioridad.

Cuando estas cosas ocurren uno recurre aunque suene rimbombante, a la familia, a la playa y al mar.

Este verano del doce, de la pepa y las chavalas guapas a las que aún les falta medio hemisferio racional para ser mujeres, se estaba tornando agotador para mi ser, mis pensamientos, mis sueños y mi corazón. No pisaba casa para nada y tanto monta, monta tanto me había dejado en una precaria postura de ánimos y un considerable abandono por mi parte de la familia.

Las faldas cada vez más cortas me hacían difícil la tarea de perseguirlas y lo peor de eso era cuando en su reverso se tornaban pijamas mal llamados monos.

Es por eso que cuando me levanté más temprano de mi señorial hora, decidiera viajar con mis padres a la barrosa. Para el menos docto en el tema, una playa de la costa gaditana donde el turismo es un hecho y el espectáculo es ya de por sí maravilloso.

Desaparecí pues de ese mundo que día a día me había asolado, dejando atrás la ola de calor que me acusaba y la calentura de mis propios pensamientitos a los cuales dejé a buen recaudo tapaditos sobre el sofá.

Viajamos con canciones que yo había vivido este mes y el anterior en un coche del mismo modelo y distinto color en calidad de copiloto y con una sonrisa en el corazón además de los labios. No es que no me gustara la compañía de mis padres. En absoluto,  solo que la compañía de ese otro automóvil, hacía que mi ritmo cardíaco se acompasara con el del mundo. Y así escuchando las canciones que anteriormente había escuchado me invadió la nostalgia por aquel pequeño bicho andaluz que con su mirada hacía las delicias de todos los comensales que aguardando y guardándose la cola esperaban comer de ese cuerpo suyo que era una dulce ambrosía olímpica. Su piercing en el ombligo era tan sensual que yo, que tengo poco afín por los metales y soy más de gases nobles mañaneros, solo podía quedarme embobado pensando en cosas que incluso en la sacristía eran pecado capital teguicigalpino.

La playa como cualquier día era una variopinta sociedad, algo más desnuda, de seres vivos y otros mariscos.

Con el Panamá en la testa y mochila al hombro comencé a andar al amparo de mis padres por esa tierra pasando de la zona más rural a las playas de los complejos hoteleros donde las mujeres eran igual de bellas pero insultaban más finamente a sus respectivos comensales.

Viendo el panorama cualquier persona deja la nostalgia y la pena aparcada en doble fila y comprende que el mundo es vasto. Y aunque haya la mitad de corazones que piernas, siempre que te miran o te sonríen bellas serranitas, comprendes cuánto se pierden los no-amores que no avanzan ni a besos a pesar de regalarles los labios de la luna.

La mayoría de las mujercitas de hoy en día no buscan romanticismo ni buenos modales sino capullos de los que se enamoran imaginándose falsamente que algún día serán mariposas. La única manera de sentir esos lepidópteros revolotear en un estómago femenino es consumiendo capullos revestidos de seda y engaños, que solo buscan una boquita caliente a la que poder mentir.

Por fin llegamos al buffet libre, esos sitios donde los preferentementes ancianos chillan, gruñen y entran en guerra por coger platos y platos, cual jibias, de alimentos capaces de comer. Y allí enfrente mía dos dulces damas de, tal vez dos años menos que yo, me sonreían sin quitarme el ojo desde el primer plato que cogí hasta el postre.

Si las miraba, una se acercaba a la otra y le susurraba un secreto gubernamental y acto seguido volvía a dirigirme sus ojitos azules. Me sonaba de algo y ese algo era agradable. Flirtear de aquella manera tan inocente era un placer que desde que abandonamos los viajes por España no cultivaba. Lo cierto sin ánimo de regodearme es que mi sonrisa había madurado y mis modales también.

La última mirada cuando salieron por aquella puerta fue a este poeta de poca tinta seguido por una sonrisa que tardaré algún tiempo en olvidar. Fue mucho mejor que su número y el sexo que conllevaría aquella noche ya que, el mejor placer reside en unos ojos dulces con una sonrisa impregnada en el salitre de la playa.

A veces es necesario que todo esto ocurra para darte cuenta de lo que vales y comprender lo que otras desperdician por pensamientos puramente físicos. No seré el más guapo ni el cuerpo más espectacular pero posiblemente soy algo más que todo eso. Os invito a través de estas palabras a juzgar por vosotras mismas. Yo ahora me recostaré a tomar el sol en mi piel que ya luce un moreno considerable, como hacía años que no tenía y gracias a una morena que me lleva por sendas de sentimientos ocultos y esquivos. Pensaré en el tiempo, en el salitre y en el pequeño bicho al que tanto adoro. Los tangas esta tarde me resguardarán del calor.

21-8-2012

Playas en tu ausencia

El sol bañaba el agua impregnada de salitre. Podría decir que era salitre y no otra cosa pues solo él me recordaba su cuerpo, el cuerpo de ella. No, no andaba hoy por la playa como solía hacer, bañándose en la arena y secando su piel en el agua. Saludándola cual pez de sangre azul que sabe disfrutar de las corrientes pasando, de las más cálidas a las más frías, evitando gracias a esto, pensar mucho en las consecuencias de su nado.

Ella como mujer, evitaba morder el anzuelo de aquellos pescadores que, con sus cañas a estribor y babor del bajel y redes en proa y en el castillo de popa, intentaban con gran desarraigo y muchos éxitos hoy en día, capturar a Fembras Playideras que solo buscaban un pequeño momento de gloria para salvar sus descorazonados corazones ya de por sí alcoholizados y casquivanos. Solo frente a la marea que sube y baja se hallan esos corazones mientras las almas de los españolitos son mojadas en aquellas costas, en aquellas playas.

Dicho así parece más de lo que fue su ausencia, cuando en realidad, solo extrañaba su risa junto a la mía, como quien extraña algo que sabe que pronto tendrá. Algo que es más de lo que esperaba y mucho menos de lo que los dos merecíamos el uno del otro.

Algo que quizás y por caprichos del destino conseguiríamos antes de que la pleamar se tornara invierno y todas las sombrillas se desclavaran desapareciendo de ese campo de girasoles marchitos que son las playas de aquella estación sin trenes.

Mientras tanto sentado en mi azul toalla y con el sombrero sobre mi testa, apartando las miradas de jóvenes colegialas que murmuraban sobre mi ya de por sí atractiva persona, no podía evitar echarte de menos aun deseando echarte de más.

Sinceramente “la vida es tan bonita que parece de verdad” como rezaba aquella copla en forma de película. Es evidente que para ver lo bonito debemos pasar por lo malo y entonces el concepto comienza a cobrar algo más de sentido. Solo hacía falta ver el microcosmos que formaban la cantidad de bañistas de la playa donde me encontraba. Subrayo bañistas porque algunas mozas rubenescas y caquexicas pisaban este árido desierto encharcado con el único afán de hacer aflorar un color más pardo en su piel más superficial justo antes de bañarse. Eso sin contar con los padres de familia que solo acudían para contentar a sus buenas mujeres en esa aventura del tira y afloja que es el matrimonio. Concepto que solo en la cama podría ser más fuerte y más flojo. Un pequeño niño de un año saltaba de asombro cuando metía su piernecita en la fría agua del mar. Su abuela a su vez, embutida en su bañador de gala, jugaba con él como si de un hijo al que le queda mucho por disfrutar se tratase. Las marías jugaban el bingo cantando los números con ese arte picarón que solo ellas podían tener. Los melones esperaban enterrados en la arena, frescos y prestos para ser comidos.

Por otro lado los pechos desnudos tomaban el sol deseando a caminantes que, por la orilla, lucían sus desculturales cerebros con abdominales hasta las cejas y pelos solos en la cuba donde se afeitan el cuerpo. Las bicicletas aparcadas en la arena esperaban a los niños que, bañándose, se lanzaban gotas de agua mientras reían y chillaban.

Y si bajo el sol sucedían cosas bonitas mientras algunos energúmenos eran felices, quizás y solo quizás la ecuación debería añadirte en vez de restarte de este Paisaje. De esta tarde, de estos sueños, de estas letras, de esta, mi vida.

Con fulano te conformas.

Ni muy bueno
ni tan malo.
Para estar con alguien
con fulano te conformas.

A ser posible desgarbado
de poca listeza
nada elegante
y que no cumpla las normas.

Mientras yo me doctoraba
en tu cuerpo, en tus ojos, en tus labios,
tú sacrificabas tus venas con alcoholes
de verbenas y de atrezzo: mil agravios.

En mis juergas me esperaban libros,
ordenadores, cámaras y corazones rotos
que alumbraban mi camino por las noches
para soñar en la almohada con tu pelo,
tus ganas, tu sonrisa, tus derroches,
la vida que desgastas a veces con otros.

Te aguardaban casetas, trajes, sentimientos
que en vasos de tubo te hacían suspirar
por almas que no llegan y que no veías llegar
aunque la mía andaba cerca e incluso la podías
con gusto tocar.

Con cada halago que te regalé di una palada en la fosa,
la trova de mis venas se hundía en su tumba con cada poema,
mis manos turbias ahora dolorosas
de bonito rosa llenaba mi túmulo, mi condena.

Curioso placer que de mundos distintos
estamos juntos en entretiempo
en los relates raídos de cada día
riendo cual novios, tú y yo, de la melancolía.

Te cambio mi mejor orgasmo
por la más fina de tus caricias.
Te desvisto de tus llantos
para echarte el pelo detrás de la oreja,
para mirarte a los labios,
para besarte las cejas.

Acepta en tu portal
lo que quise dejar para la alcoba
pues solo quiero besar
tus labios que me enamoran.

9-8-2012

Reflexiones de entretelas

Ocurre que, de vez en cuando, aparecen personas que te desbordan. No en el sentido más estricto, maligno o sexual de la palabra; simplemente, atraviesan esa piel que has convertido en tu cota de malla de penas y con sus preciosos dedos hacen cosquillas en la parte de tu alma que aún es terrenal.

Eso me pasa con ella, como me pasa con las estaciones, como a la luna le pasaba cuando fue madre. Si estaba de buenas las estrellas nos acompañaban pero si la tristeza asomaba en su grácil y bello rostro llovía durante todo el día.

Siempre dos caras de una moneda, el crucificado que se clava sobre un tablón de madera, suplicando un amor que no llega, implorando el ser desclavado de esa posición en donde amablemente se metió para ser algo más que un pañuelo pero menos que una sábana. Y por el reverso de la moneda la cara; dulce, reflejando una y otra vez el brillo de las apuestas de los jóvenes marineros que juegan al azar sus más misteriosos designios. La que llora, por las noches, la que nos mira con altivez, la que se escuda en palabras de amistad para no darse de golpe con el muro del amor. Esa palabra de cuatro letras a la que gran cantidad de almas no le tienen sino pavor.

Y así la moneda va saltando, de cara a cruz, de cruz a cara. Eternamente, sin poderse tocar.

A veces pienso que somos el tránsito, el hueco que queda entre el amor de una persona y otra, es decir, olvidan a un amor, llegamos, lloramos y reímos con ella y encuentran a otro amor. Dejándonos libres para volver a transitar por la autopista, perdidos.

Perdemos la fe y la volvemos a encontrar. Deseamos por todos los medios cambiar el curso del destino. Enamorar a las caras y desclavar a las cruces. Pero aún no he visto que eso sea posible, de todas formas, lo sigo intentando. Y voy dejando solamente lágrimas, cual migas de pan, y deseando que la lluvia se las lleve para que ningún incauto siga mi senda más de la cuenta.

Vuelves así a tu casa, en la noche con las manos en los bolsillos, escuchando de fondo como se cierra un portal de una torre donde ella asciende por escaleras misteriosas al hogar. Y ahí te quedas tú, después de haberle puesto ese mechón de cabello atrás de su oreja o haberle suplicado con las manos sobre su cintura en un lenguaje táctil que se quede contigo, mirando al cielo de esa noche sin luna, tarareando una canción olvidada que todas las noches se repite en tu cabeza e imaginándote que quizás esté esperando detrás de ese soportal a que vuelvas con alguna excusa idiota de personas no iniciadas. A que vuelvas y la quieras, si puede ser, algo más de lo que la quisieron, con más cariño, paciencia y sin tanta premura. Con unas ganas arrebatadoras que nos hagan pisar el infierno, reír y soñar despiertos fantasías que nunca, a ninguno, nos habían llegado pero que ambos sabíamos que junto al otro era, al menos, posible. Deseas así que las tornas del destino giren esas místicas ruedas del mundo al menos una vez en tu dirección y poder volver a tu casa con los ojos como platos de una vajilla de bodas y soñar toda la noche con lo que hiciste, aunque sea solo encontrar esos labios con los tuyos. A lo mejor luego subir, subir por los tejados y contarle a la luna o a los gatos salvajes lo que pasó. Algo que deseas fervientemente que se repita todas las noches y solo una.

¿Que podemos hacer para que el juego cambie?

Después de haber visto destruirse su mundo, de haber ella llorado lágrimas y enseñarte su parte más débil y vulnerable, piensas que quizás eres especial. A veces te sientes un dios menor que le secó las lágrimas.

Después de demostrar las palmas abiertas de nuestras manos, y de enseñar parte de nuestra alma. De hacer ver que no fallaremos en nuestra empresa ni en todas las arengas que nos sobrevengan solo podemos esperar a vernos resquebrajarnos por un futuro incierto que posiblemente no llega.

Mientras tanto, la moneda gira y esperamos poderla besar.

Amada Mía

Aunque parezca increíble un escritor confeso, hecho y derecho, felicitó una vez a cierta persona por esta poesía escrita por mi, para un encargo particular.

AMADA MÍA.

Con una copa de vino
Hablando sobre la luna
De una cama dormida,
De una canción sin papel.

Que cante como te cante,
Que escriba como te escriba,
Tu boca dulce diatriba,
Tiovivo sin carrusel.

Sintiendo como te siento,
Yo no me siento contento
Custodiando tu averno
De rubita Norma Jeane.

Por eso hoy me lo callo
Mientras miro en los ensayos,
Mientras suspiro por ti.

Y siento que soy juez y parte
En esta locura mía.
Que solo quise besarte
Amada mía.

Acostado en tu alcoba
Apostando con las horas
Que te soñaba desnuda
Dulce y sensual como hiel.

Pasando corre-ve-y-diles
Tus caderas de jazmines
Se fueron por los madriles,
Y yo esperando tu volver

Y muero yo por besarte
Y otro gallo cantaría
Que vivo por enamorarte
Amada mía.

23-6-2012

Una Historia Más

Una gota de sudor
Vaporizó mis pestañas
Que antes era legañas
De unos ojos que al llorar,

Tristones se encontraban
En un mar de tritones
Que con sus tristes canciones
Le dijeron la verdad.

Una verdad que pasaba
Por el asta de un toro
Que un tal rey moro
Mandó a torear

En una plaza lejana
Que sin cierros ni ventanas
A animales encerraba
Para poderlos matar.

Y le cuadró a un torero
Ni feo, pobre ni bueno
Que con capote de oro
De grana se tiñó,

Que cosieron en Marruecos
En la casa de un sueco
Que de problemas febriles,
De suiza fue a emigrar,

Pasando por aduanas
Aviones verdes como ranas,
Que con alguna azafata
No se pueden gobernar.

Cuando besos indulgentes,
Mientras se come caliente,
En la cabina muy fuerte
Le daba al capitán

Hombre de gorra ancha,
Hermano de una hermana
Que lloraba desconsolada
Por la muerte de un torero.
Que un tal rey moro
Mandó una tarde a torear.

Me tomaba una ducha

Me tomaba una ducha, la necesitaba. Siempre que me sentía triste abría los mamparos de aquella placa blanca y me sumergía en mi propio submarino de la tranquilidad. El humo y el vaho alteraban mi visión como si estuviera en un sueño, pera no la dificultaba, era simplemente otra forma de ver el mundo. Un sistema para alcanzar mis pensamientos, una forma de embriagarme y edulcorar el día. El agua caía fuertemente sobre mi espalda mientras me apoyaba en los azulejos sin hacer ningún movimiento. La dejaba caer, resbalar, humedecerme y finalmente quemarme. Notaba un ligero picor, algo sanaba en mí durante aquellos instantes.

Veintiséis años ya viviendo y otros tantos duchándome y aun así no había cambiado, era mi rincón de pensar. Mi forma de ver el mundo, de analizarme cuando nadie me espiaba.

Mi método para aceptar una y otra vez los palos y curarme, el único que me hacia subir aquel escalón del fracaso para volver a luchar fuertemente por mis emociones y sentimientos.

Cuando era pequeño todo ocurría en un baño lleno hasta arriba de agua jabonosa con gel y champú. Algunas veces con un pequeño barco y mis juguetes. Poco a poco el método se fue renovando, la vida se hacía más dura y mis muñecos daban paso al colegio, al instituto y como no, a las niñas.

El agua me limpiaba y los sollozos eran menos cuando el sonido de una ducha pendía sobre tu cabeza, se llevaba las lagrimas rápidamente que caían en el sumidero del olvido donde siempre debieron estar. De donde nunca debieron salir.

Allí abajo en mi propia realidad alternativa, con toda esa agua, analizaba el miedo de las personas, el miedo a lo tangible. El miedo a cambiar de vida, a compartir experiencias nunca antes vividas o realizar aventuras solo alguna vez soñadas.

Siempre quise igual, siempre sentí lo mismo por aquellas personas a las que ame. ¿Desde pequeño logré comprender lo que es el amor? Quizás no, nunca nadie lo comprenderá. Pero, sabía sentirlo en todo mi cuerpo sin necesidad de mariposas y temblores de piernas. Tan sincero fue siempre que di el todo por el todo, algo que hoy en día nadie se merece. Siempre que fuera digna para entrar en mi corazón lo sería para que yo abriera mi alma a ella. No a una vida de vasallaje sino a algo compartido, siendo los reyes de nosotros mismos. Nunca fue bueno hacer eso, no con dieciséis o veintitrés años. Comprendí que el mundo no estaba preparado, pero llegaron los veintiséis y las llamadas a mi teléfono de amores olvidados que, habiendo vividos largas vidas amorosas con pillastres de poco lustre, señores poco avispados y cabrones en potencia se habían percatado de que lo que querían de verdad, y eso era lo que yo les di en aquellos momentos a todas y cada una. Un corazón sincero, un alma a estrenar. Una vida de risas, sueños y quizás aventuras. Claro que habría monotonía pero siempre deberíamos luchar cual guerreros para que no pasara. Buscaban por fin el te quiero que les ofrecía, un te quiero que no significaba “me perteneces” sino “te necesito en mi vida, en mi lecho, en mis sueños”. Era irónico que después de tantos y tantos años la cosa se torciera a mi favor, pero el destino es caprichoso y yo solo tengo un corazón, que se llena solo una vez y ahora ese sitio me correspondía a mi mismo. A mis principios y a mi ética.

Esta vez no, el tiempo pasado fue pasado. No es que no diera una segunda oportunidad es que di todas las oportunidades mientras quise a esas mujeres, después de eso el resto fue humo.

Humo como el que se iba difuminando al abrir el mamparo y salir de la ducha. Me miré en el espejo antes de que mi imagen fuera difuminada completamente por el vaho. Me observe intensamente y sonreí.

Un año del corazón

Publicamos nuestro primer libro: Un año del corazón, una recopilación de poemas de nuestro poeta favorito, Dani. Para celebrarlo, le hemos hecho una entrevista al autor, no os la perdáis:

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