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Cuento de las Perséidas.

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Ocurrió una noche cualquiera de un verano caluroso, al fin y al cabo como todos los veranos por aquellas fechas. Por caprichos del destino San Lorenzo quiso llorar mientras Perseo saltaba sobre él, derramado las muy aclamadas estrellas que llevaban su nombre “las perseidas” que, egocentrismo aparte, y si queréis una explicación más científica, dada por el mayor astrofísico del multiverso insular de la costa del cabo de mala esperanza, no era más que una lluvia de meteoros de actividad alta.

Nadie contemplaba la magia en todo aquello, nadie excepto él. Que habiendo dejado el coche aparcado en la iluminada playa, se adentró hasta los senderos más oscuros de la misma donde, pocos de los que allí estaban, buscaban ver las lágrimas de aquel santo y sí los ojos vueltos de sus respectivas conquistas, las cuales, parejas o ligues de una noche, así se lo concedían soltando algún gemido al aire entre manotazos y risas apagadas que no brillaban en la oscuridad. Todo esto aderezado con mucha tierra, había sonrojado tanto a la contaminación lumínica que se fue corriendo a iluminar otras partes de la costa que fueran más puritanas.

Él, puso su toalla en la fría tierra, ahora mojada tras una dura jornada dominguera. La playa estaba muy cansada a esas horas pero sabía que todos los años la noche de la lluvia de estrellas le tocaba guardia. Luego se tumbó y la perspectiva trastocó su mundo, pasando de esa verticalidad casi virginal a la sexual horizontalidad hasta donde le permitía alcanzar la vista. Fue inundado así por bocados de cielo. Mirara donde mirara el espacio se abría a su alrededor. Abajo era arriba y los pies flotaban escuchando de fondo la lejana melodía de las olas y el rumor de los amantes nocturnos.

Lo cierto es que todo estaba muy oscuro pero esta vez había venido preparado, no como otros años. Sonrió mientras sacaba sus gafas de lejos. Las limpió suavemente balanceando los dedos y con un tacto fino que hubiera usado, si así hubieran querido, todas las mujeres que lo rechazaron. Esas gafas y él habían visto muchas pizarras, ecuaciones y complejos problemas y una vez intercedió entre su vista y el cielo, el espacio se tornó visible como si un manto abisal envolviera todo su cuerpo.

Titilaban estrellas que para él era la única forma de parpadear que tales astros tenían. Algunas corrían de otras, dejando una estela mágica en un juego que duraba toda una vida. Otras permanecían inmóviles como señales para los que quedaban por venir y los que alguna vez viajaron de mundo a mundo. También había satélites de telefonía móvil con el gran logo de cada empresa y hasta una estación espacial que albergaría personitas, las cuales ahora andarían soñando sus propias aventuras.

Centrémonos en los meteoros aunque espero que ellos no se centren en nosotros la verdad. Si no, seríamos un blanco fácil para una lluvia de piedras cósmicas. ¿De qué estaban hechas las estrellas fugaces? Aquel niño sobre la toalla no sería un gran científico ni nada demasiado importante en la vida pero él tenía su propia idea y esa idea era magia. Energía dispuesta a ser usada. Un conjuro que solo hoy, cuando el asteroide dejaba su estela, podía ser pronunciado para intentar hacerlo realidad.

Desde pequeño jugaba con su hermano a inventarse las reglas de los deseos. Tal vez, así se habían inventado todas las reglas que hoy conocemos y es que la infancia es la única etapa con poder para fijar directrices no racionales y que lleguen a buen puerto.

A ese conjuro cósmico lo llamaron deseo y concretaron, ya de infantes, que para que aquel deseo se cumpliera deberían estar en la playa tumbados bajo las estrellas, que algunas titilaran y que fuera verano. De tal modo que cuando pidieran ese deseo a la estrella de allá que tuviera estela deberían pestañear dos veces muy fuerte para que se cumpliera.

Desde ese día las reglas fueron oficiales y todos los veranos jugaban a pedir deseos imposibles. Algunos se cumplían por mera casualidad, otros por infinita causalidad y el resto caían en el mundo de los deseos incumplidos.

Y así pasaban los veranos mientras la tierra giraba y el cometa cada agosto se acercaba para besarla.

En aquellos deseos se podía trazar la madurez de cada uno porque pasaban de querer volar a sacar buenas notas y a conseguir un amor imposible, cosa que a los genios les estaba vetado conseguir pero a las estrellas fugaces no.

Aquel niño tenía muy claro lo que quería. Llevaba pidiéndolo todos los veranos pero esta vez estaba muy cerca de conseguirlo, por acciones que el destino le había encaminado a vivir.

Los deseos tienen una particularidad y es, que se cumplen en tanto en cuanto te esfuerces en ellos aunque sea solo una millonésima parte.

Pasó por el cielo, mientras él pensaba observándolo desatendidamente, un bólido. Ese tipo de estrellas con tanta energía para cumplir los más ansiados anhelos que va dejando tras de sí una estela grande no, grandísima y que estalla delante de tu vista para iluminar los corazones, el cielo y por qué no, la tierra de las hadas. De ellas nacían estas criaturas mágicas con alitas pequeñas, de grandes bólidos que surcaban el cielo y con ellas se cumplían los deseos más impredecibles. Así que el cerró los ojos pestañeó fuertemente por dos veces seguidas y pidió su deseo mientras la luz de la explosión aún no se había extinguido.

No ocurrió nada durante los segundos posteriores ni los minutos que le continuaron por no hablar de la casi media hora que le precedió.

Aquel chico abandonó el manto del cielo, del cual se destapó por hoy, recuperó su verticalidad casi peligrosa, cogió su toalla y se guardó sus gafas de lejos, miró una vez más al cielo, esta vez casi no distinguió nada allá arriba y partió playa afuera a su coche por un camino bastante poco iluminado. Una vez dentro y con el aire acondicionado puesto a tope para mitigar el calor nocturno del verano su móvil sonó. Justo en ese momento y antes de mirar quien era supo que su deseo se había cumplido.

Sonrió y lo cogió rápidamente no sin antes leer el nombre de la persona que lo estaba llamando.

A veces el universo conspira, otras simplemente es azar pero por si todo esto no funciona pedid deseos a las estrellas cada vez que vengan a morir a nuestras costas.

22-8-2013

Monstruitos

Estos personajillos aparecieron a medio camino de mi mente y trozos de lienzo en los que tenía que hacer el trabajo final de pintura este curso, aunque parecen sacados de pesadillas infantiles. Quizás nos sirvan para proyectos futuros, de momento espero que os gusten.

Un tocón

Hace tiempo que no publico nada aquí. La vida, que le ocupa a uno todo el tiempo. Pero ahora que me encuentro un tocón en el camino (un árbol cortado, no un hombre aficionado al contacto físico) me paro a ver (y enseñaros) lo que he encontrado.

Ya he mostrado en el pasado mi afición por la pareidolia, pero sólo para decir «Eh, yo aquí veo esto» y no como lenguaje, pero de horas experimentando técnicas y maneras de dibujar se obtienen resultados (buenos o malos ya van a gusto de cada uno).

Si son abstractos o figurativos es algo que no termino de tener claro, así que acepto (e incito) el debate.

Recreación del Bicentenario

Como continuación de las celebraciones por el bicentenario del comienzo de las reuniones que dieron lugar a la Pepa (la Constitución Española de 1812), la Guardia Salinera y la Asociación Napoleónica Española hicieron una recreación de la batalla del Portazgo, que tuvo lugar entre españoles y franceses a la entrada de la Isla de León (hoy San Fernando), en la que los españoles conseguimos mantener a los franceses a raya, dando lugar al momento a que hace referencia el lema del bicentenario; Cuando España era una Isla.

San Fernando 2010

Las celebraciones del bicentenario de la constitución dan para mucho aquí en San Fernando (seguro que para mucho más de lo que yo les saco), así que me decidí a llevar la cámara al desfile:

Las tropas españolas resistiendo el bombardeo francés.

Los niños estaban bastante metidos en el papel, excepto una niña a la izquierda que no paraba de comer patatas y casi me estropea la foto.

Preparando los mosquetones.

Este soldado, a pesar de medir más de dos metros y medio, tuvo la amabilidad de saludar a la cámara.