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Terrorífica historia sobre unos cangrejos gigantes que aparecen en la ciudad de Ítica.

El ataque de los cangrejos asesinos 6

Me consta que era esperado por muchos, todos decian que esta historia no se tiene que quedar estancada, y no lo hará.

Aqui viene pues sin mas dilación un pequeñito adelantón a….

Pinzas, el ataque de los cangrejos asesinos.

Parte 6

—Tony, cálmate, discutamos esto en frío, ¿vale? Chicos, bajad las armas —desde debajo de la mesa podía escuchar al sheriff intentando controlar la situación—. ¿Ves, Tony? Ahora dejo mi arma en el suelo —él sin embargo creo que no para de apuntarle.
—Carpenter —dice mientras llora—, se han comido a Daisy, esas cosas.

El sheriff, aquel niño joven, parecía tranquilo como nadie: mientras todos estaban tensos él lo trataba como una persona normal, ni aumento de la sudoración, ni nerviosismo… nada. Por un hueco de la mesa podía ver al sheriff tranquilamente apoyado sobre mí, en su escritorio, y a Tony apuntándolo con el arma.

—Tranquilo, Tony, ahora voy a coger mi sombrero, lo tengo encima del ordenador, ¿lo ves?, y vamos a salir fuera tranquilamente a charlar.

—No, sheriff, ahora vendrá conmigo al río o le dispararé.

—No lo harás. Para lo que necesites estoy fuera esperándote, tú mismo. A los demás ni se os ocurra dispararle a no ser que sea en defensa propia, así que las armas bien guardaditas.

Escuché los pasos del sheriff Carpenter alejándose tranquilamente y saliendo de la comisaría. Dentro solo había silencio rasgado por el sonido de los ventiladores en el techo. Por el hueco de la mesa pude ver como los policías tenían a Tony rodeado y como éste miraba a todos lados desesperado. Los polis sudaban y estaban totalmente inquietos, las piernas les bailaban de un lado a otro cambiando el centro de gravedad constantemente y sus manos siempre estaban cerca de las cartucheras. Tony balbuceó algo y se dirigió a la puerta pistola en mano, los agentes de la ley le hicieron un hueco para que saliera y la puerta se cerró tras de sí.

Se armó un gran revuelo dentro de la comisaría, todos se pegaron a las ventanas y yo salí de detrás de las mesas y pude ver que más gente había imitado mi postura. Corrí hacia la puerta y sin escuchar nada pude ver como Carpenter y Tony estaban sentados ambos en los escalones de la entrada de espaldas a nosotros y hablando tranquilamente. Minutos más tarde Tony le daba su revólver y dejaba el resto del perro en el escalón. Acto seguido el sheriff le enseñaba sus esposas a lo que Tony resignado hacía un gesto afirmativo con la cabeza y alargaba sus brazos para ser ajusticiado por aquel artilugio. Ambos se levantaban y entraban en la comisaría.

—Llevadlo a la celda 2 —dijo Carpenter—, los de la científica que recojan ese cadáver de perro y lo analicen, y usted, John, ¿verdad?
—¿Sí?
—Su petición de ir a casa del viejo doctor tendrá que esperar, me gustaría que viniera a la casa de Tony, allí hay una sección del río que me gustaría ver con usted, ¿le parece?
—Sí, sin problema, antes de que ocurriera todo esto lo he llamado y no contestaba nadie.
—Tú, chaval —dijo dirigiéndose a un subalterno—, localiza al doctor en su casa, si no contesta acudid con una patrulla allí, y por favor, que alguien llame a los padres de Mona y averiguad si su hija está en casa.
—Bien, señor, le mantendremos al tanto.
—Ahora, John, venga conmigo, y ustedes tres también, andando.

Salimos de la comisaría rápidamente mientras me preguntaba una y otra vez cómo había podido aquel joven hacer la hazaña que acababa de presenciar.

—Vosotros tres, coged un coche, el doctor y yo vamos en el mío.

Me monté así en el coche de Carpenter. No era el típico coche de ciudad, se notaba a la legua, ya que estaba ordenado, limpio, y no había restos de comida por ningún lado.

—Señor John, ¿es usted doctor?

—Si lo fuera no sería de los que curan, sheriff, pero no, aún no lo soy, solo biólogo.

—En este pueblo a un biólogo lo considerarán un doctor, John, espero no se moleste demasiado por eso.

—Oh, por supuesto que no.

Mientras el sheriff conducía había gente que lo saludaba con la mano alegremente.

—Parece, señor Carpenter, que aún no se han perdido las buenas costumbres.

—Solo durante el verano, John, llegan los miles de turistas y durante esos meses nos abandonan esas costumbres, pero bueno, después llega el invierno y volvemos a ser los mismos parroquianos de siempre.

—Ya le queda menos para sufrir de nuevo.

—Bueno, si usted abre las playas —el coche se paró en un semáforo y Carpenter se acercó a mí—. Quiero que quede una cosa clara, si hay algo peligroso merodeando por ahí, le ruego que aunque el pueblo pierda muchísimo dinero y el alcalde o los comerciales intentensobornarle, sea justo y no permita que nadie muera.

—Nunca podría hacerlo.

—Bien, bueno, pongamos música, ¿quiere? Mire en la guantera, tengo que tener algo nuevo por ahí.

—Sí, aquí está, es… a ver —dije mirando la carátula de la cinta de casette—. Vaya, Simon y Garfunkel.

—Póngalo, ¿quiere?

A ritmo de Miss Robinson nos adentramos en el camino del río y llegamos así a la casa de Tony.

Era una pequeña casa de madera muy estilo militar, con su bandera de Estados Unidos ondeando y su porche con esa silla donde se sientan los veteranos de guerra a mirar pasar a la gente con una lata de cerveza, aunque claro, aquí a poca gente iba a ver pasar.

—Entremos, John.

—Pero, ¿la puerta?

—Lo siento, Tony, no creo que la haya cerrado, confía mucho en el miedo que inspira a los lugareños.

—¿Y eso por qué?

—Luchó en la Segunda Guerra Mundial e hizo algunas misiones en la Guerra Fría, nunca habla de esas misiones, pero créeme, tuvieron que ser muy jodidas. Cuando se retiró se construyó esta casa él mismo y se vino a vivir con los perros. No quiere nada con la humanidad.

—¿Por qué se retiró? No está en edad de jubilarse.

—Nadie lo sabe con certeza.

—¿Entramos?

 

Continuará….

Muchas gracias a David por hacer posible que todas mis obras sean legibles, y le deseo mucha suerte en estos días futuros.

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Historia de cangrejos de terror V

Bueno, sí, he tardado en hacer la quinta parte, ¿y qué?  Me dijeron que muchos deseabais que siguiera esta historia. La verdad es que a mí también me encanta y os pido perdón por la tardanza pero ha sido debido a problema de tiempo y a la acumulación de muchas cosas que vienen de golpe. Así que sin más dilación os dejo con la nueva parte. Gracias por dar por culo a todos para que continúe… ^^

En un mundo donde el color apareció hace relativamente poco y la imagen mental que os podéis hacer de él aún tiene ruido y marcas de cigarrillo; en un mundo donde los coches son chevrolets y cadillacs, donde el rey del rock sigue siendo Elvis y donde los efectos especiales aún están hechos en stop-motion con grandes animales de plastilina y masilla; en un mundo donde los pueblos tienen sheriff y no policías nacionales, donde muchos llevan gorros de cowboy y la música swing es el último grito de la discoteca; en un mundo donde el technicolor impera y los personajes están llenos de tópicos: en un mundo así se sitúa nuestra historia.

No os asustéis si se quema el rollo de las cintas de la mente y tenemos que cambiarlas, no os asustéis si de vez en cuando el doblaje cambia de persona e, incluso os digo, no os asustéis si la imagen se mueve o aparecen manchas oscuras, si las deformidades del terror aparecen por doquier y aun si los años 80 se transforman en el presente.

Bienvenidos pues a Itica, una población costera del sur de California donde el verano está a punto de llegar.

EL ATAQUE DE LOS CANGREJOS ASESINOS

5

Menos mal que ponen los Beach Boys, me encanta esta canción, Surfin’ USA, así me relajaré. Acaba de empezar el día y ya estoy agobiado. Creo que esto de ser el sheriff me viene grande. Demasiado joven para el cargo, pero bueno, fue un cúmulo de circunstancias que prefiero olvidar.

Conduzco tranquilo mientras escucho la música. El hospital está sobre la colina, así que dentro de poco llegaré a las calles de Itica. Qué pequeña y bonita es la ciudad, siempre la recordaré como el pueblo del eterno verano. De pequeño esperaba impaciente a que abrieran las playas por fin, ya que mi padre nunca me dejaba ir; él siempre cumplía las reglas. Pobre papá, si supieras cómo somos la juventud de hoy en día… Serías el único capaz de poner orden en los adolescentes de Itica como sheriff, y no yo.

Me paro en un semáforo y miro las calles. Ya casi son las doce de la mañana, los niños de vacaciones corren por las aceras, en sus bicicletas y patines; los padres van de compras, y este aroma que corre por mis venas… Pero debajo de todo esto tal vez haya un crimen. Por lo pronto ese chaval, Nacho, fue encontrado en la costa sobre las cinco de la mañana y por lo visto en estado grave. Le han tenido que amputar las piernas a lo largo del día para que sobreviviera, y la mujer que iba con él, una chica joven llamada Mona, puede estar desaparecida. Cuando llegue a comisaría llamaré a los padres para saber.

Por otro lado el chaval parece que está en estado de shock: habla de cangrejos gigantes. Quizás, y espero que no, haya algún tiburón en la zona. Dios nos aguarde si eso es cierto.

Por fin llego a la comisaría. En la entrada está la grúa dejando un coche. Vaya pueblo.

—Eh, perdone —digo mientras me bajo del coche—. La grúa no debe dejar los coches aquí. No sé si es nuevo o algo. Si no le importa esas cosas van al depósito.

—Tranquilo, agente —me dice el conductor de aquel mastodonte—, el coche va a la gasolinera a repostar, sólo es una emergencia, no una infracción. Vengo aquí para traer al dueño del vehículo, que quiere hablar con el sheriff.

—Estupendo, ¿dónde está?

—¡Estoy aquí, señor! Verás, quiero hablar con el sheriff, soy el biólogo encargado de abrir las playas y me gustaría discutir algunos temas con él.

—Bien, sígame, vamos adentro para hablar más tranquilos.

—Sí, claro, pero verás, creo que no me has entendido. Me gustaría hablar con el sheriff —dijo sonriendo amablemente.

—El sheriff soy yo, señor. No, tranquilo, no se preocupe —al ver cómo cambiaba su cara tuve que darle poca importancia—, la gente por aquí tampoco se acostumbra a que sea alguien tan joven.

—No, no, el error es mío, debería haberme fijado en su placa. Mis más sinceras disculpas.

—No hay que darlas. Ahora si me permite —dije abriendo la puerta de la comisaría para dejarle pasar.

Una vez dentro, el sitio estaba como siempre: todos los ventiladores encendidos y los policías de un lado para otro «haciendo su trabajo». Nos sentamos en mi mesa y me quité el sombrero, el cual apoyé sobre la pantalla del ordenador como a mí me gusta.

—Bien, ¿usted se llama?

—Mi nombre es John, señor. Vengo a sustituir al biólogo anterior.

—Sí, imagino. El viejo doctor ya no tiene acreditación para eso, ahora se contenta con vivir en la vieja depuradora y estudiar la fauna del lugar, según me han dicho.

—Sí, así es. Vengo de su casa, está todo muy abandonado. Yo que usted mandaría a alguien a mirar, puede haberle ocurrido algo. Además de eso me gustaría ir personalmente con mi instrumental al estanque que había detrás de la casa, tengo mis sospechas de que está vertiendo algo al río y puede ser insalubre para el agua y para el medio ambiente.

—¿A la vieja desaladora? Estupendo, lo organizaré todo. Es raro, la verdad, normalmente viene por el pueblo una vez a la semana. Haremos una cosa, vaya a la mesa aquella con ese agente y dígale que llame al doctor, yo ahora mismo tengo que hacer un par de llamadas, si no le importa, señor John.

—No, no se preocupe…

—Carpenter. Parecido a carpintero, no se le olvidará.

—Bien, sheriff Carpenter.

Dicho esto, el biólogo se fue con mi subalterno a hacer la llamada pertinente a doctor. Era bastante raro, bueno en sí siempre fue un tipo raro. Por lo menos yo lo recuerdo así.

En fin, debo dejar de cavilar y llamar a los padres de Mona para saber si su hija está en casa. Tendré que esperar un rato a que el ordenador conecte con la red policial, es la ventaja de vivir en un pueblo pequeño, aunque a veces me empeñe en llamarlo ciudad.

Listo, ya tengo el número. Pero… ¿qué ocurre ahí fuera?

Por la puerta de comisaría entró Tony, un tipo grande, marine en la guerra de Vietnam. La verdad es que le dejó secuelas psíquicas, como se puede apreciar ahora, pero esto sobrepasa lo normal. Rápidamente saco mi revólver al ver los pantalones de Tony teñidos de rojo sangre. Él me mira y saca su revólver también.

—¡Sheriff! —grita—. Tenemos un problema —me apunta con el arma—, ellos han matado a Daisy —diciendo esto levanta la otra mano mostrando la cabeza de un perro, cercenada y goteando sangre—. ¡Esos cabrones han matado a Daisy! —todos los agentes le apuntamos. Él me apunta a mí. El biólogo se esconde debajo de una mesa y yo comienzo a sudar. Está a punto de liarse parda.

Continuará…

Historia de cangrejos de terror IV

Bueno aquí les dejo la cuarta entrega de los cangrejos asesinos. Ya todo empieza a tener un poco de más sentido. Espero os guste y pronto verá la luz la quinta entrega.

Pinzas, El ataque de los cangrejos asesinos.

4

Acabo de despertar. Dios, he tenido una pesadilla de lo más perturbadora. Pero, ¿dónde coño estoy? Veo borroso.

–¿Mamá? ¿Mamá?

–¿Sí? ¿Qué te ocurre?

–Te oigo raro mamá, pues no sé, he debido beber demasiado ayer. Recuerdo que estaba con Mona y luego tuve una pesadilla donde unos cangrejos de un tamaño considerable me atacaban.

–Tranquilo hijo, debe de ser efecto del sedante. Ahora estás a salvo, en el hospital central de Itica.

Me vuelvo a desvanecer pero aún puedo escuchar algo.

–Rápido, se nos vuelve a parar, debemos amputar la otra también. Está perdiendo mucha sangre por las heridas y puede progresar a gangrena y perder más que eso.

–Pero, doctora, ya hemos amputado.

–Me da igual, perderá también esta. No quiero arriesgar su vida.

El ruido de una sierra eléctrica me desgarra el corazón y vuelvo con Morfeo.

Me despierta el ruido de un monitor: pi-pi-pi. Abro los ojos. Ya veo bien. Estoy rodeado de cables por todos lados. Grito muy alto y muy fuerte. Acuden corriendo mil personas con batas blancas.

–¿Qué me ha pasado? ¿Dónde está mi madre?

–Tranquilo –mira una carpeta para buscar mi nombre– Nacho. Tranquilo. Soy la doctora Zulu. –Es una mujer de color, bastante guapa. Quizás pueda ligármela, pero antes debo saber por qué parezco robocop.

–Por favor, dígame que me ha pasado.

–Te encontraron en la playa. Estabas muy grave, te hemos salvado.

–¿Era cierto? ¿Lo de los cangrejos era cierto?

–¿Qué dices? No sabemos aún qué te ha atacado, pero has llegado muy grave. Tenías las piernas destrozadas. Intentamos salvar una pero al final te hemos tenido que amputar las dos. Lo siento.

Las palabras no salían de mi boca. Me acaban de decir en menos de un minuto que me habían cortado las piernas y la médico tan tranquila. ¿Por qué a mí? ¿Cómo se puede tener tan poco tacto?

El monitor comenzó a pitar aun más rápido y volví a caer desvanecido.

–Hijo, despierta, muchacho.

Abrí los ojos y me encontré a un policía sentado al lado de mi cama. Llevaba el típico uniforme de pantalones grises y chaqueta a juego marrón. ¡Dios mío, solo le faltaba el sombrero!

–¿Por qué me dices hijo? Si eres casi igual de joven que yo.

–Tenía entendido que tenías 18. Yo tengo 25 años, muchacho. Además, sólo trataba de ser cortés.

–Ahórreselo, por si no se ha dado cuenta, por muy cortés que sea, acabo de quedarme sin piernas. Aunque me traiga a una señorita de compañía y me baile la danza de los siete velos encima de la cama, no me alegrará. Al menos no tanto como para que se me olvide que estoy impedido.

–Calma, muchacho. Vengo a saber lo que ha pasado contigo y a hacerte…

–Unas preguntas, lo sé. Voy al cine, ¿sabe? veo lo que hacen los policías en las pelis.

–Estupendo, muchacho. Somos casi igualitos y cobramos casi lo mismo.

–¿Eso es ironía?

–Cuéntame lo que ocurrió, Nacho.

–Estaba en la playa con una amiga, nos fuimos al agua y algo… se la llevó –las lagrimas empezaron a correr por mis mejillas– después corrí, no sé por qué no la salvé, pero tenía mucho miedo y corrí. Al llegar a la orilla los vi. Eran cangrejos. Muchos cangrejos, del tamaño de una tortuga galápago. Después desperté aquí –ya no podía hablar más, el llanto me lo impedía.

–¿Habíais bebido alcohol?

–Sí, algunas cervezas ¿Qué se sabe de Mona?

–Ya está bien de cháchara, mi paciente debe descansar –la doctora de color echó al policía y me quedé allí, con mil interrogantes y llorando como un perro.

Historia de cangrejos de terror III

A petición popular, bueno a petición de Vicente, aquí tenéis la tercera parte del ataque de los cangrejos asesinos. Aún estamos conociendo a los personajes, pero dentro de poco acabará esa parte y comenzará la acción por Itica. Os prometo os gustará todo. Pero ahora conozcamos a otro personaje más.

Pinzas, el ataque de los cangrejos asesinos.

3

Otra mañana más, me despierto cansado. Aún no ha salido el sol, pero desde que vivo fuera del pueblo me gusta la tranquilidad del alba. Meto la mano debajo de la almohada y saco mi revólver. Otra noche sin incidentes, pero más me vale ser precavido. Me lo guardo en los calzoncillos y me voy al baño a asearme.

Por fin limpio, mi barba de tres días reluce en el espejo. Me gusta así, realza mi dura tez labrada al sol. Me pongo el peto vaquero y cojo mi sombrero. Busco mi tabaco de mascar, pero no lo encuentro. Esta tarde iré al pueblo a por un poco más, lo necesito para realizar una buena pesca. Me relaja estar con mi caña, mi revólver y mis perros en mi pequeño barco, mientras los peces vienen a mí. Es la supremacía de la especie humana sobre el resto de animales inferiores. Es la experiencia del cazador. Yo.

Salgo de casa y voy al embarcadero. Compré esta casa hace varios años cuando llegué al pueblo de Itica. Desde entonces vivo alejado de todos y cerca del mar.

Entro en el embarcadero a por los aparejos y a preparar la lancha. Allí yacen mis conquistas acuáticas que tengo todavía que disecar y algunas que debo cocinar para esta noche. A ver si mañana limpio todos los garfios ensangrentados que tengo por ahí tirados, los perros podrían hacerse daño. El olor a pescado me embriaga. Cojo la gasolina y me pongo a llenar el depósito de mi barca. El agua del mar nunca es buena para todos estos trastos. Después a la vuelta debo endulzarla un poco con la manguera. Acabo con la gasolina y salgo del embarcadero para ir a la caseta. Así llamo a la casa hecha con tablones de madera que construí para mis perros y para realizar las labores de taxidermia. Tengo dos perros, mezcla de grandanés y san bernardo. Los llamo Chupacharco y Baldomero. También tengo una perra que se llama Daisy, de raza chow chow, a la que me llevo también conmigo hoy. Los tres me siguen porque los tengo enseñados desde que eran crías, en el ejército me enseñaron bien a hacer estas cosas. No olvido meter en la barca mi rifle de dos cañones por si las moscas.

Nos montamos los cuatro en la barca. Enciendo los dos fuera-borda Evinrude y salimos del pequeño embarcadero techado que construí hace tiempo. Nos metemos así en el lecho del río que a 2 kilómetros desemboca en el mar. Pero no avanzamos mucho, hoy hay mala mar y prefiero quedarme en el río, así que echo la caña y me recuesto al lado de mis tres perros a descansar.

El sol me comienza a dar en la cara y me tapo con mi sombrero, acto seguido no puedo evitar dormir. Sueño con la escuela militar y con las misiones en las que me vi enfrascado y la de carne que perdí en ellas.

Despierto mojado y con la barca moviéndose demasiado. Algún perro estúpido habrá saltado al agua. Miro a la barca y falta Daisy. Perra en celo, seguro que ha visto algún pez, se ha puesto cachonda y se ha tirado. Aun así no la veo por ningún lado.

–¿Daisy? ¿Daisy? ¿Dónde estás? –ni un ladrido, ni siquiera un chapoteo. ¿Tanto bucea esta perra? Deberé traerla más a menudo para que sea mi buzo profesional.

Nada, no aparece. Ah, mira, aquí sale. Se queda ahí mirándome, ni se inmuta. Así que la cojo por la cabeza y tiro hacia mí. ¡Dios, qué mierda es esto! Me acabo de quedar con la cabeza solo. ¿Dónde está el cuerpo? ¿Qué coño ha pasado ahí abajo? Cojo mi rifle. Los perros comienzan a ladrar y la caña se mueve. Ha picado algo. ¿Qué mierda es esto? ¿Un puto tiburón ha ascendido por el río? Arranco los dos motores Evinrude pero algo los sostiene por abajo. La barca no avanza por más potencia que le dé yo a la máquina. Algo sale del agua, comienzo a disparar.

Continuará…

Historia de cangrejos de terror II

Bueno para los que le gustaron os dejo aqui la segunda parte de mi homenaje al cine de serie B y Z ochentero y sesentero.

Seguidad las andanzas del misterio de la isla de Itica. Parece ser que pasa algo extraño en el agua y la gente desaparece.

PINZAS, EL ATAQUE DE LOS CANGREJOS ASESINOS

2

Llevo ya cuatro horas de carreteras nacionales y perdidas de la mano de Dios. No voy a llegar a tiempo para abrir las playas este año. Es la primera vez que me toca avalar las playas de esta parte de California. Normalmente me toca la parte de Miami, así que el viaje se me ha hecho especialmente largo; llevo varios días viajando para llegar hasta aquí, pero el Instituto Nacional de Biología y Saneamiento (IBS) se ha empeñado en mandarme hasta este lugar. Al parecer el antiguo biólogo de esta zona se jubiló el año pasado y ahora reside en Itica. Que ya lo podría haber hecho él este año y mandarnos los resultados, pero la jubilación es la jubilación, así que llevo recorrida toda su zona. Ya sólo me queda la población de Itica, pero llego con una semana de antelación, así que estupendo, así podre hacer los estudios tranquilamente y avalar o no la apertura de las playas para este año.

La verdad es que el clima que hace por aquí es demasiado árido, parece todo desértico. La gente debería bañarse por el bien de su salud y de su sistema de compensación de la energía calorífica.

Pongo la radio y están retrasmitiendo el éxito del momento, Surfin’ USA. Qué gran canción, mira que lleva poco tiempo en antena, pero cuanto más la escucho, más ganas de playa me da.

Dios, del capó del coche comienza a salir humo y pierdo el control. Lo dirijo como puedo a la cuneta. Menos mal que la carretera está desierta.

Vaya faena, el coche no arranca y el motor parece que está muerto. Ya decía yo que era mucho viaje para un coche tan viejo como éste. Tendré que andar para buscar ayuda. Parece que a lo lejos hay una pequeña granja abandonada. No puedo más que caminar hasta ella. Por Dios, comienza a hacer bastante calor.

He tardado media hora, pero ya estoy delante de la granja. Parece abandonada, aunque el porche frontal está bastante limpio. Alguien debe de vivir ahí. Sin pensármelo dos veces llamo a la puerta. Una vez, dos veces, tres. Nada, nadie me abre. Intento buscar la puerta trasera. Recorro la ardua granja. Los animales en las cuadras pifian y rebuznan al oír mis pasos por el solitario corral. Llego al porche trasero: la puerta está abierta. Entro de inmediato en lo que parece la cocina. Está bastante limpia, pero hay una pila de platos sin fregar sobre el lavabo. Las moscas se amontonan sobre la comida fría y los restos de lo que antes fueron carnes y pescados.

–¿Hola? –nada–. Perdonen, acabo de entrar en su casa, el motor de mi coche ha explosionado y necesito un teléfono.

La casa parecía vacía, así que busqué el teléfono de la cocina y llamé al seguro del pueblo. Me dijeron que traerían el remolque y me llevarían al pueblo.

Salí de aquel lugar para dirigirme a mi coche, y entonces escuché un gran golpe. Como si alguien se hubiera caído al agua.

Me dirigí al sitio de donde provenía aquel ruido. Era detrás de la granja y detrás de los corrales y las cuadras: había un pequeño estanque de tal vez 100 metros por 50 metros de ancho. Estaba cubierto de hormigón por sus 4 lados para impedir que el terreno lo cegara. Parecía una piscina de agua verde, pero tenía arriba hojas y maleza. Era un estanque. De su lado más norte tenía una compuerta enrejada por donde se filtraba el agua que venía desde algún río. De su lado más sur ocurría lo mismo, pero la valla de ese lado estaba abierta al cauce del río y formaba un riachuelo de no tan pequeña envergadura que iba hacia el pueblo, supongo, ya que seguía el camino que yo debía coger. Lo más raro de todo es que sobre el agua había una reja de metal. Debería hablar con el alcalde del pueblo sobre esto. Esta agua no es potable y posiblemente esto sea una desaladora o algo por el estilo bastante rudimentaria. Sea lo que sea, esta agua se dirige al pueblo y puede causar una pequeña pandemia de gastroenteritis y no debo permitirlo.

Sin decir nada más volví hacia mi coche y esperé a la grúa escuchando otro éxito del momento: Johnny B. Goode.

Historia de cangrejos de terror

Bueno puesto que me han comentado que hace poco entró una persona buscando una historia de cangrejos de terror. Ninguno nos hemos podido resistir a cumplir los deseos de nuestros fans ( si no tengo abuela y me quiero mucho). Por todo eso Enano me ha incitado a escribir una historia que mezcle estas palabras y si en menos de cinco minutos se me ha ocurrido. Aqui teneis pues el primer capitulo.La historia es muy simple, con ella le voy a rendir homenaje al cine sesentero, setentero y ochentero. A esas grandes peliculas cuyos efectos especiales dejaban mucho que desear como la tierra contra los platillos volantes y las peliculas de tiburón, piraña, la de aquel pulpo gigante. En fin un homenaje a pelis en blanco y negro y las primeras peliculas de color asi como mis pelis favoritas de esa epoca con las que tantos de nosotros hemos disfrutado y aun disfrutamos. Espero os guste y seguid exigiendonos cosas que trabajaremos en ellas.  Solo teneis que comentar o ya se creara un tablón especial para peticiones.

PINZAS,  El ataque de los cangrejos asesinos.

Prólogo

En un mundo donde el color apareció hace relativamente poco y la imagen mental que os podéis hacer de él aún tiene ruido y marcas de cigarrillo; en un mundo donde los coches son chevrolets y cadillacs, donde el rey del rock sigue siendo Elvis y donde los efectos especiales aún están hechos en stop-motion con grandes animales de plastilina y masilla; en un mundo donde los pueblos tienen sheriff y no policías nacionales, donde muchos llevan gorros de cowboy y la música swing es el último grito de la discoteca; en un mundo donde el technicolor impera y los personajes están llenos de tópicos: en un mundo así se sitúa nuestra historia.

No os asustéis si se quema el rollo de las cintas de la mente y tenemos que cambiarlas, no os asustéis si de vez en cuando el doblaje cambia de persona e, incluso os digo, no os asustéis si la imagen se mueve o aparecen manchas oscuras, si las deformidades del terror aparecen por doquier y aun si los años 80 se transforman en el presente.

Bienvenidos pues a Itica, una población costera del sur de California donde el verano está a punto de llegar.

1

Por fin, estaba deseando llegar a esta parte, por fin Mona estaba conmigo. Habían hecho falta cuatro packs de cervezas pero había servido para llevármela a la playa y salir de esa aburrida fiesta. Ya por fin se había quitado el frío del invierno y el tiempo comenzaba a preparar de nuevo la estación de los baños y de las quemaduras de sol. Estaba deseando ver los bronceados de las chavalas y disfrutar de una buena tabla de surf, pero lo que más deseaba ahora mismo era besar a Mona.

Ahí estaba sentada junto a mí en aquella duna, su perfecto culo sobre mi toalla de Snoopy que había comprado a aquel moro hacia dos años. Cuántas historias puede contar aquella toalla.

–Nacho, estoy un poco mareada.

–No te preocupes Mona, agárrate a mí fuertemente y mira las estrellas.

Allí la tenía, abrazada sobre mi torso marmóreo de surfista. Podía oler su pelo mientras me adentraba en su cabellera. Era el aroma de los dioses, mitad olor a mujer y mitad olor a cerveza. Qué más se puede pedir en esta vida.

–Qué bonitas las estrellas.

–No tanto como tú, Mona, ellas están en el cielo, sin embargo tu presencia divina ha ido a caer en la tierra para estar hoy aquí junto a mí. Le doy gracias a las estrellas por traerte.

–Qué cosas más bonitas dices, Nacho. Me está entrando calor. Vámonos al agua.

Bien, lo que llevaba deseando desde que la monté en el coche, ahora iremos al agua y después se pondrá melosa debido a la borrachera y a mi camelo y se quitara el biquini y jugaremos a los submarinistas… ya me entendéis.

–Bueno, Mona, no tengo muchos ganas, pero es imposible decirle que no a una mujer tan increíble como tú. Casualmente, como soy surfista, llevo siempre el bañador debajo del pantalón –obviamente esto era mentira, pero no se iba a dar cuenta.

–¡Uy, vaya! –dijo moviendo la cabeza, la verdad es que estaba bastante borracha–. Yo no me he traído el biquini –mientras decía esto se empezó a desnudar allí mismo.

–Oh, claro, si tú quieres yo también me lo quito.

–Sí, pero yo me voy al agua. ¡A ver si me coges, Nacho! –gritó mientras corría hacia la orilla desnuda como Dios la trajo al mundo. Bueno, un poco más crecidita, pero Dios eso ya lo sabía.

Así que corrí, me quite los pantalones y el bañador y fui a la orilla en la oscuridad.

Allí no estaba ella. Todo estaba muy oscuro y no la veía.

–¡Nacho! Estoy aquí, en el agua –era increíble lo que aguantan las mujeres con el alcohol, pero bueno, mientras se emborrachen siempre habrá mujeres que vayan a la playa desnudas.

–Ahora voy cariño, te voy a coger y voy a ser muy malo.

–¡No tanto como yo!, que tengo ganas de hacerlo todo contigo.

Eso fue el culmen, la nota final, la gota que colmaba el vaso. El centro de control mental situado entre mis piernas se activó y sacó el periscopio, y yo cual submarino me sumergí a través de las frías olas del mar hacia mi futuro sexual.

–¿Dónde estás, Mona? –dije.

Llevaba dos minutos nadando para entrar en calor con el periscopio hacia arriba y no la veía por ningún lado. Aparte, se veía poco en la oscuridad de aquella noche y la negrura del agua que me cubría. Silencio por todos lados. Nada, sólo el sonido del oleaje que iba y venía a mi alrededor y mecía mi excitado cuerpo al son de la pleamar.

–Mona, ¿estás por ahí? –mis palabras se las llevaba el viento. Pero el sonido de algo acercándose comenzó a sonar en mis oídos. Había burbujas, muchas burbujas, que se acercaban a mí. Me iba alejando de aquella cosa, me daba miedo. La negrura bajo mis pies era inmensa y esa cosa nadaba rápido. Pero entonces me dije «seguro que es Mona que está borracha y se le ha ido la cabeza», así que me abalancé hacia aquello que se movía y note algo blando por mis pies. Del agua pude distinguir como salía a flote un brazo, a éste le siguió una gran mata de pelos rubios y mojados, y Mona dio un salto y se abalanzó sobre mí.

–Ven hacia aquí, machote –dijo mientras me agarraba por la cintura con sus piernas y con sus brazos por mis hombros y sus manos en mi espalda.

Qué sensación más buena, siempre me encantará estar en esa postura con una mujer. Diciendo esto mi pequeño periscopio encontró puerto en una cavernosa grieta y al son del mar comenzamos a mecernos arriba y abajo. Gritamos y aullamos a la luz de la luna, que se dignó a iluminarnos en aquel acto impuro y bello mientras nosotros comenzamos a extasiarnos el uno del otro. Algo comenzó a rozarme la pierna una y otra vez. Pero estaba tan metido en el asunto que lo dejaba pasar.

–No pares, Nacho, ya casi, ya casi.

–Sí Mona, no paro, no paro.

Mientras tanto, sentí como algo caliente comenzaba a emanar a mi alrededor.

–Oh, Nacho, me duele, me duele mucho, para, para.

–No, Mona, sólo un poco más.

Entonces Mona comenzó a gritar y pude distinguir como un líquido negruzco comenzaba  a salir del oscuro fondo del agua. Entonces Mona se deshizo de mí y se hundió mar adentro. Yo la agarré por los brazos y tiré hacia arriba.

–Mona, ¿qué coño te pasa? sube, venga, sube, coño.

Tiré y tiré. Pude sacarle medio cuerpo.

–Nacho, me comen, me muerden –diciendo esto se hundió otra vez y al tirar yo más fuerte  me lleve sólo los brazos, separados del resto del cuerpo. Entonces comencé a correr por el agua, esa cosa me estaba comenzando a morder las pantorrillas. Me costaba demasiado correr a través del agua pero no quería meter el resto de mi cuerpo ahí abajo para nadar. Empecé a sangrar, lo notaba, notaba la sangre salir a través de mis muslos. Ya estaba cerca, me acercaba a la orilla, comencé a correr por la arena, pero algo me destrozo el talón de Aquiles. Caí derrotado. Y eso se acerco a mí.

CONTINUARAAAAA…..