El último duelo de Marcel Farsong

Bueno, esto es lo que me ha inspirado el director con más cojones de la historia al acabar de ver su película Sin Perdón.

A mí me ha gustado mucho y el personaje sobre todo me ha encantado.

El último duelo de Marcel Farsong

Desde que apareció por aquella puerta la muerte aterrizó sobre mi Saloon.

Eran las seis de la mañana y el gallo comenzaba a cantar, la ciudad se levantaba para un nuevo día. Ya había pasado la fiebre del oro y el periodo industrial se abría paso desde Washintong hasta el resto de América. Quedaban pocas décadas, tal vez pocos años para que el salvaje oeste se convirtiera en un cuento de viejas. Pero mientras tanto debíamos aguantar el tirón.

Estaba pensando así en mis cavilaciones sobre un futuro mejor para mi familia y mi Saloon cuando las puertas abatibles fueron empujadas por unas manos vendadas hasta casi los dedos. Detrás de ellas, unos brazos delgados dieron paso a una esbelta figura con una barba descuidada pero aun así recortada y una marca con forma de D tatuada a fuego en su mejilla.

Su atuendo era peculiar pues llevaba una camisa amarillenta por la tierra del camino. Sobre ella un chaleco rojo sangre desabotonado y brocado con hilo amarillo, tal vez de oro. Sus pantalones eran negros y sus botas rojas también, más bien botines con espuelas en forma de estrella de cuatro puntas.  Es curioso como su único efecto personal era un simple sombrero de cuero marrón.

–Póngame un trago de leche.

–¿Disculpe, señor?

–Leche, por favor

–¿No quiere nada de alcohol? Verá, la leche la venden en la granja.

–¿Usted no tiene leche aquí? –su voz sonaba débil.

–Señor, ¿le ocurre algo? –mientras le preguntaba, una mancha roja comenzó a impregnar su camisa amarillenta–. ¡Señor, está usted herido! Déjeme que lo ayude.

–No se preocupe, la hemorragia cesará en un par de horas, y si no lo hace para entonces ya estaré muerto.

Aún no había entrado la clientela habitual y ya tenía un forajido en mi bar. Así no ganaría el suficiente dinero para mudarme a la gran ciudad. Espero que los parroquianos habituales no se asusten demasiado.

El hombre se quedó allí en la barra donde, con su vaso de leche, se puso a meditar un poco. Mientras tanto mis clientes habituales, granjeros de la zona y trabajadores cercanos habían venido a por su tentempié antes de comenzar el duro día. Muchos de ellos eran mineros; cerca, en la montaña, había una mina que daba trabajo a un pequeño sector de la población, mayoritariamente presos que acababan sus días pagando sus afrentas en la excavación de túneles. Supuestamente el gobierno buscaba oro, aunque aún no se había encontrado nada.

–No os molestéis en subir a la mina hoy –dijo el forajido mientras removía su vaso sobre la barra.

–¿Qué dice usted? –exclamó un minero.

El forastero sacó su reloj de bolsillo.

–Cinco… cuatro… tres… dos… uno –sonrió y a la vez comenzó un ataque de tos que fue ahogado por el sonido de una gran explosión en la montaña.

Todo el mundo salió a la calle corriendo, desde todos los balcones se asomaban los lugareños

–¡Hijo de puta, acaba de reventar la mina! –decía un minero.

–¡Nos ha dejado sin trabajo, ahora nos mandarán a un sitio peor a acabar nuestros días! –decía otro mientras todos sacaban sus armas.

El forajido mientras le apuntaban por la espalda miraba a su vaso de leche vacío y sonreía.

–Os acabo de librar de vuestra condena, estabais presos en este pueblo por culpa de la corrupción de la ley. Me consta que muchos de ustedes habéis cometido delitos menores, si no la soga de una horca hubiera hecho el trabajo y no el simple pico de una mina. Salid de aquí, ni el Sheriff, ni sus ayudantes, ni ninguno de los agentes de la ley os perseguirá. Avisad a vuestros compañeros y marchaos.

Los hombres bajaron las armas poco a poco y mirándose unos a otro echaron a correr. La calle se tornó en algarabía y ajetreo mientras los criminales cogían sus cosas y salían corriendo del pueblo. Las voces se corrían en cuestión de minutos y en menos de  media hora ya no había ni uno solo de los trabajadores de la mina.

Aquel forajido le dio cuerda a su reloj, lo guardó y me miró.

–Me puede dar otro paño limpio, por favor –diciendo esto se quitó del pecho el que tenía empapado en sangre. Las vendas de sus manos también estaban manchadas.

–¡Oh, Dios mío! Se va a desangrar –dije.

–Tranquilo, este no se manchará entero, te lo garantizo –era increíble pero la herida sangraba cada vez menos, y el estado del hombre parecía mejorar por momentos–. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

–Media hora larga, señor.

–Aún me queda una hora y media para acabar. Sírvame un vaso de agua, por favor.

–Señor, en este pueblo el agua se vende muy cara, ni siquiera en el Saloon tenemos agua. Desde que el río se secó hace cinco años vivimos en el desierto. Para eso tiene que irse al pozo de las afueras y pagar al buen hombre del Sheriff que está allí esperando.

–Está bien, no importa, deme algo fuerte, tal vez bourbon.

–Señor, acaba de hacer un estropicio en el pueblo, debería marcharse cuanto antes, el Sheriff vendrá pronto si no está ya de camino.

–Bourbon, por favor –se metió la mano en el chaleco mientras hablaba y sacó tres monedas de oro que puso sobre la mesa. Tenían un extraño grabado que nunca había visto.

La verdad es que el dinero es algo necesario para vivir y más aún cuando vives en una ciudad que tienes hasta que comprar el agua, que los trenes pasan cada 15 días y tardas dos días en llegar a la estación más cercana, que los correos tardan una eternidad en llegar y que las diligencias son atracadas diariamente. Por el centro de América del Norte la cosa estaba civilizada pero aquí en el sur el salvaje oeste se negaba a abandonarnos y daba mucha guerra. Por tanto me comprenderéis un poco cuando cogí esas monedas de oro macizo y le eché el trago de bourbon en el vaso más limpio que tenía.

–La reina no aprobaría el estilo de vida que tenéis aquí en el nuevo mundo, los americanos.

–¿Qué reina?

–Mi reina, la señora del vasto Imperio Británico.

–¿Es usted inglés?

–No ciertamente no, pero tuve el derecho de elegir y la madre Inglaterra fue mi elección.

–Yo nací aquí y la verdad es que la vida es bastante dura y ahora que estaba levantando un poco de cabeza ha llegado usted y me acaba de arruinar el negocio. Créame, si no fuera porque está usted herido y porque sé que perdería cogería mi arma y le apuntaría a quemarropa.

–El tiempo me dará la razón cuando le diga que no debe usted de preocuparse de nada. Este pueblo estaba condenado desde el día en que el río se quedó seco.

–Hace tantos años de eso, señor, y aun así hemos sobrevivido. Quedan pocos granjeros, pero los pocos que hay tienen dinero suficiente para pagar las cuotas de agua.

Aquel hombre miró a través de la ventana que tenía a su izquierda. Daba al desierto y al lecho seco del río que antaño pasaba por aquí y abastecía a lo que ahora era un pueblo abandonado.

–Esto antes era territorio Apache, mucho antes de tu llegar, cuando el río traía el agua y se llevaba el oro. Pero bueno, ya sabes lo que hacen tus compatriotas con los Apaches.

–¿Odias a los americanos?

–He pasado demasiado tiempo entre las dos américas para darme cuenta de que a los que debes temer de verdad no son los que empuñan los revólveres.

–¿Has vivido con apaches?

Se miró las manos vendadas y echó otro trago al bourbon. El paño no estaba teñido. La herida sangraba menos que antes al parecer.

Aquel hombre levantó la vista por un momento y entrecerró los ojos. Entonces me miró.

–Acabas de hablar de un arma, ¿verdad? Más te vale que la saques ahora.

Diciendo esto se quitó su sombrero y de dentro sacó un viejo revólver bastante pequeño pero lo suficientemente grande para no ser un derringer. La verdad es que era bastante extraño, no lo conocía. Con la pistola en su mano se levantó y se dirigió a las puertas abatibles y se pegó a la pared a la espera de que alguien entrara por ahí. Con una mano en el revólver y la otra contra el pecho con el pañuelo puesto sobre la herida se dirigió a mí.

–Venga, rápido, coge tu arma y cubre las ventanas de detrás.

–¿Quién viene?

–Los guardias de la mina posiblemente, o tal vez algo peor.

Fui a por mi Winchester a la trastienda rápidamente y cuando llegué de nuevo allí estaba el hombre, que me hizo una señal con los labios para que me callara. Con las manos y como pudo me indicó que las ventanas de atrás eran mi prioridad, así que me agaché y cubrí esas ventanas, comencé a temblar.

Pude escuchar a varios caballos llegar, la verdad es que no soy bueno para esto pero podrían ser más de cuatro caballos. Se pararon muy cerca, tal vez delante de mi Saloon.

Los caballos pifiaron y dieron con las herraduras sobre la quemada tierra. Escuchamos como se bajaban los hombres de sus monturas. El sonido metálico de las espuelas de acero contra la tierra se fue incentivando por segundos al igual que mi miedo.

El forajido se sacó del chaleco el reloj de bolsillo e hizo con la cabeza un gesto de negatividad al mirar la hora.

–Sal de ahí, Marcel –dijo una voz desde fuera.

–Tenemos el saloon rodeado, esta vez no puedes escapar –otra voz distinta se unió con esas palabras.

Yo no sabía qué hacer, estaba deseando que todo esto acabara. Miré a esa puerta, después a mis pies y por último al forajido. Deseaba salir volando de allí pero aquel loco me cerraba el paso. ¡Qué coño, yo tenía una escopeta! ¿Y si él es más rápido?

–Deja salir a quien retengas hay dentro, por lo menos que alguien viva. Solo tú eres el culpable de lo que ha pasado.

Mis pies comenzaron a andar y aquel hombre negó con la cabeza.

–Si sales morirás, en el fondo lo sabes tan bien como yo. Esos hombres no tendrán miramientos, quien cruce esa puerta será tiroteado.

–¿Cómo van a hacer eso?

–Porque no saben cuál es mi rostro.

Aquella frase fue como un puñal clavado en mi sien, un puñal al rojo. No saldría vivo de allí, ante la duda matarían a todos los que nos encontrábamos dentro. Nos matarían a él y a mí. Dos cadáveres por el precio de uno.

Aquel hombre, Marcel parece que se llamaba, sacó un viejo guardapelo brocado de un material que bien podría ser plata. Me hizo un gesto de silencio con el dedo y guardando la pistola sobre un costado cogió aquella pequeña caja y apuntó directamente a las ventanas traseras que yo tenía que cubrir. Comenzó pues así a mover la caja vivamente y el reflejo del sol me dio sobre la cara por un momento.  Aquel tío estaba haciendo señales ¡Dios mío, iba a morir seguro!

Marcel guardó aquel instrumento y cogió de nuevo el revólver, con la culata rompió varios cristales. Fuera desenfundaron las armas y pude escuchar el sonido metálico cuando amartillaban todas sus armas, demasiadas para llevar la cuenta. Yo viendo a Marcel y preocupado por mi vida, lo copié e hice lo mismo con las ventanas traseras, sólo que mi pulso al ser bastante irregular en ese estado de miedo dejó huecos más grandes en las cristaleras.

Comenzaron a acercarse a la casa y entonces pude ver como los tablones del techo se oscurecían. Alguien estaba arriba, así que cegado por el miedo disparé. Todo fue muy rápido. Las balas empezaron a romper cristales y yo me tumbé en el suelo. La sangre me empezó a chorrear por la cara. Salía del techo, del hueco al que había disparado.

De repente todo paró. Los disparos cesaron y Marcel estaba en la misma postura, imperturbable con la mano en el pecho tapándose aquella herida y su revólver en la otra. Aquel revólver tan raro. No se había movido ni un ápice.

La tierra comenzó a temblar, el sonido de tambores y de cascos de caballos rebramó sobre las viejas maderas del saloon y quizás sobre todo el pueblo. Se acercaban. A la señal del guardapelo venía la caballería de Marcel. Él reía mientras el ruido oscurecía a los demás sonidos.

Lleno de sangre y agachado en el suelo corrí a esconderme debajo de una mesa mientras aquel loco reía. Comenzaron a silbar las balas, pero esta vez no contra nosotros sino contra la amenaza exterior, contra aquello que a pasos de gigante se acercaba. Pude escuchar entre el fragor de los tiros el sonido más característico del mundo, el aullido salvaje de los que pelean por recuperar lo que les pertenece. Los Apaches gritaban mientras se acercaban como solo ellos podían hacer.

Aquel hombre había llamado a los indios para que le ayudaran, aquel hombre que no era inglés pero que los adoraba, que no era americano pero estaba aquí, que no era indio pero ellos le obedecían. ¿Quién eres, Marcel?

Una flecha entró por la ventana y se clavó cerca de Marcel. Fuera se escuchaban los gritos de americanos y nativos, las pistolas y el fulgurar de las saetas en pos del viento.

Y como empezó, todo acabó. Con los cristales del local tintados de sangre y con alguna que otra flecha despistada clavada en lugares que no son. Fuera solo hubo silencio.

–¿Ha terminado?

–Sí, por ahora –miró su viejo reloj de nuevo–. Aún queda media hora para el final.

–¿Qué coño pasa dentro de media hora? –dije sin salir de debajo de la mesa.

–Te dejaré por fin en paz.

Un sentimiento de alegría dentro de aquel infierno nació en mi alma por breves segundos.

–Escúchame bien, americano, detrás tengo un caballo, espero que siga vivo, si es así cuando yo me vaya quédatelo, así como todas sus pertenencias que no son muchas.

–¿Hacia dónde vas?

–Fort Froloc.

–Imposible.

–Nada es imposible. Quiero que hagas una última cosa por mí: hay una carta que debo entregar, por favor, te pido que llegue a su destino.

–Sí, está bien.

–Gracias. Creo que ya no me hace falta esto –se quitó el trapo que cubría su herida y se abotonó la camisa.

Marcel levantó una silla del suelo y se sentó en ella. Allí sobre la mesa abrió el tambor de su revólver y dejó caer todas las balas usadas sobre la superficie de madera. Se quitó el sombrero y de dentro de él saco dos balas.

–Siéntate, tabernero, lo peor ya ha pasado.

–Nos han atacado los apaches, ¿no lo entiendes?

–Luchan por lo que es suyo. Les debo mi vida, tengo un pacto de sangre con ellos. Una vez me ayudaron.

Me guardé mis opiniones para mí, en cuanto a los indios; temía por mi vida, en estos momentos una de esas dos balas que estaba metiendo en el cargador podría acabar bajo mi piel y eso era lo que menos quería.

–¿Por qué dos balas?

–No voy a gastar más –dijo mientras cerraba el tambor con un rápido giro de muñeca y me apuntaba a la sesera–. ¿Sabes? Puede que sea el pistolero más lento del oeste. Casi siempre estoy vendido, pero bueno, el tiempo me ha enseñado a usar las ventajas del entorno, tierra, viento, agua cuando hay, y alguna que otra artimaña –Cerró un ojo como si estuviera apuntándome y calibrando el lugar del impacto–. Podría matarte de muchas formas distintas. Tal vez tiraría la mesa, me serviría como escudo y cuando te dispusieras a levantar tu escopeta saldría y bang. Tal vez te tirara este vaso a la cara y luego bang o simplemente te apuntaría a quemarropa y adiós. Pero si tuviera enfundada el arma –puso el brillante revólver sobre la mesa–, si la tuviera enfundada tendría que ingeniármelas mucho mejor. No soy tan rápido como creen, Marcel Farsong sólo es una leyenda.

–¿Cómo? –mi voz tembló aún mas–. ¿Es usted Farsong, el diablo rojo?

–Algunos me llaman así, pero créame, hay más de leyenda en la historia que de cierto. No maté a todos los tripulantes de un tren. No, no como carne humana. Los pueblos por los que paso no se transforman en poblaciones fantasmas, al menos no siempre. Y las marcas de mi cuerpo no son las que me señalan como hijo del diablo, pero sí fueron hechas por pobres diablos.

–Marcel Farsong, pequeño hijo de puta, sal de ese sitio y enfréntate a mí –una voz del exterior sonaba bastante fuerte y sí, la conocía perfectamente. Era nuestro sheriff, había vuelto justo a tiempo–. Has hecho un buen trabajo con la mina y con los hombres, tu reina estará satisfecha. Ahora da la cara de una puta vez.

–Bueno, ya sabes lo que te he dicho, entrega la carta y quédate con el resto de pertenencias. Un placer conocerte, y siento todo.

–¿Te vas sin luchar?

–Ya he estropeado demasiado el bar, además ahí fuera hay cerca de treinta hombres esperando mi cabeza.

–¿Cómo?

–Conoces poco a tu gobierno, llevan 3 años buscándome y tu sheriff se ha ganado la estrella con creces.

Se levantó pues así, enfundó su revólver y se puso el sombrero. Con sus espuelas de pico fue sonoramente andando hasta las puertas abatibles. Posó las manos sobre ellas y giró su cabeza hacia mí.

–Gracias. Dios salve a la reina.

Diciendo esto salió a la calle. Yo corrí tras él y desde mi ventana pude verlo todo. La calle llena de cadáveres de indios y de americanos se extendía polvorienta a lo largo del pueblo cruzándolo de lado a lado.  A cuarenta metros de mi bar estaba el sheriff con una multitud de hombres.

–No te creerías que vendría solo, ¿no, Marcel? Después de la última vez me he vuelto muy precavido.

–No esperaba menos, sheriff.

–Veo que tus heridas siguen curando igual de rápido que siempre.

Marcel sonrió y puso sus brazos en jarras. Era un duelo en toda regla. Los hombres del sheriff formaron un círculo a su alrededor y ellos mientras comenzaron a girar con las manos cerca de sus revólveres.

–Espero que tus hombres sepan comportarse.

–Por supuesto, Marcel, saben que eres mío.

Los dos acercaron las manos a sus pistolas pero sin tocarlas.

–Te veo inquieto, pequeño amigo –dijo el sheriff.

–Nunca me gustaron los duelos.

Ellos seguían dando vueltas, lentamente, primero un pie, luego otro. Las espuelas rechinaban contra la tierra levantando pequeñas nubes de polvo. El silencio los imbuía. Sus miradas fijas en la fría frente del contrario, allí donde debía ir la bala. Las miradas pasan al pecho y al arma del contrario fijándose por última instancia en aquellos dedos que bailan al son de la muerte, dispuestos en cualquier momento a abrazar la guadaña y sesgarte el alma.

–¿Sabes, Marcel? Clementina fue la única mujer que supo abrir la boca mientras tú mirabas.

Acto seguido Marcel Farsong dejó caer la mano sobre su revólver, intentó sacarlo pero se le resistió. El sheriff, más rápido que él, desenfundó y disparó dos veces, no dando ninguna al objetivo. La magia del duelo es que todo sucede tan rápido que ni al pistolero más ágil le da tiempo a desenfundar, apuntar y disparar. Simplemente actúas por instinto y normalmente fallas.

Marcel mientras el sheriff erraba sus tiros y viendo que no podía desenfundar el arma hizo un giro de muñeca tan fino que el sol proyectado en el metal del revólver dio directamente a los ojos de su enemigo, deslumbrándolo así el tiempo suficiente para sacar su arma por fin, hacer un único y tranquilo disparo. PAM.

El sheriff no pudo hacer otra cosa que mirar asombrado a su contrincante mientras se agarraba el pecho y caía de rodillas sobre la seca tierra. Aún con ojos de espanto y con las manos manchadas de sangre tuvo tiempo para decir una última cosa.

–Eres demasiado lento.

Esas fueron las últimas palabras del sheriff que acabaron con el sonoro tañir de la campana marcando las 8 de la mañana.

Mientras sonaban las campanas todos los hombres apuntaron a Marcel y este sonrió mirando hacia arriba. Uno de los hombres siguió su mirada y tiró el revólver al suelo. El resto al ver el espectáculo hizo lo mismo. Sobre los tejados de las casas y en las intersecciones de la calle había grande figuras de gente fuerte, tatuada y con pinturas de guerra. Algunos portaban plumas sobre la cabeza y todos tenían un arco o un arma de fuego apuntando directamente a los hombres del sheriff. Con cada campanada los apaches dispararon sus armas dejando solo vivo a Marcel.

–Ahora tu río tiene agua, la presa que os mantenía en sequía ha sido destruida. No había una mina, todos fuisteis engañados por el gobierno para enriquecerse. Ahora sois libres –Marcel hablaba directamente a la ventana donde yo estaba–, la paz con los indios es posible, el gobierno es veneno. Mi querido amigo, gracias por todo y cuenta lo que aquí has visto. Ya han pasado las dos horas –con las últimas campanadas Marcel Farsong cogió su revólver y se disparó al pecho.

Enterré su cuerpo en el cementerio Fort Froloc. Dejé la carta que me pidió a su destinatario, Clementina, enterrada junto a él, con una pequeña lápida. Su caballo tenía dos fardos llenos de oro en lingotes. Pude así reconstruir el pueblo gracias a los presos. Ahora disponíamos de agua, bastante agua, un gran río antes seco nos esperaba. El gobierno nunca se presentó más por allí. Sin embargo los apaches mantuvieron relaciones comerciales y nos ayudaron en la construcción. Muchos se quedaron a vivir allí, se convirtió en un lugar próspero donde vivir en paz entre las dos culturas y donde aquel que huyera del gobierno sería bienvenido. Le pusieron un nombre que aquí no mencionaré. Con el dinero restante y años más tarde me pude ir con mi mujer y mis hijos a Washington. Estando en el tren fuimos asaltados por una banda de criminales. El jefe de la banda llevaba un revólver que relucía bajo la luz del sol. No le quitaron las pertenencias a nadie. Simplemente se llevaron a dos senadores del gobierno con ellos.

Aún a mi vejez y desde mi casa en Washington recuerdo a aquel hombre y lo que hizo por el mundo. Quizás nadie sepa si de verdad está vivo o está muerto, pero aún a mis ochenta años recuerdo lo que grabé en una de sus muchas tumbas.

“Aquí yace Marcel Farsong, forajido y valiente. Dios salve a la Reina”.

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