El Tacón Rojo

Llevaba mucho tiempo con la mosca detrás de la oreja y bueno poco antes del comienzo de verano empecé a desarrollar lo que sería un mundo sórdido, atemporal, al estilo del Hollywood americano pero aquí en nuestro país. Siempre acabo haciendo relatos típicos de novela negra con femme fatales y tugurios de poco lustre. Este supongo que viene a ser otro más. La esencia de Spainland se alza en la vida cotidiana de muchos. Espero os guste.

Llevaba dos horas en el ataúd, ni para un vampiro es cómodo estar con las manos plegadas en un espacio tan pequeño. Ella tenía que abrir la tapa de un momento a otro. Escuchaba sus pasos, tímidos, acercarse a mi féretro. Sabía perfectamente cómo lo haría, tímidamente al principio, el crujido de las bisagras sería ahogado por su grito virginal, al cual sobornarían mis colmillos sobre su cálido cuello en un estallido de placer, que ni el más puro de los orgasmos.

Escuché como su mano comenzaba a mover la tapa y me preparé.

—Corten —la voz del director de escena era tajante, había que repetir.

Sí, puede que la sangre fuera falsa en esta escena, pero a nuestro alrededor la de verdad corría vivamente sobre las aceras y esquinas de este infierno y esta noche no sería una excepción. Bienvenidos a Spainland.

El Tacón rojo

Después del desastroso rodaje —habíamos tenido que repetir esa escena 14 veces—, por fin llegué a mi pequeño hogar: un desvencijado apartamento en un edificio de dos plantas.

Saludé al dueño del bar de abajo mientras la luna me espiaba  desde el oscuro cielo. Subí las destartaladas escaleras hasta el primero: allí sobre mi puerta, con números dorados, ponía cuarenta y dos.

Abrí dando dos golpes después de meter la llave, debía echar tres en uno sobre aquella reliquia de puerta.

Por fin casa, el salón estaba tan solitario como siempre. Era pequeño, la tele apagada después de todo el día de rodaje y la luz de la luna apuñalando la ventana que daba a la calle por donde entraba el sonido de la música del bar. Encendí el ventilador y me fui a tomar una ducha.

A los tres minutos de haberse calentado el agua y haberme metido en el baño llamaron a la puerta insistentemente. Dudaba que fuera algo rutinario, estas no son horas, pero ¿y si pasaba algo? Me eché la toalla al cuerpo y abrí la puerta con el pelo aún chorreando.

—Buenas —tranquila y despreocupada como ella sola sus palabras hicieron que algo dentro de mí pugnara por salir del estómago para campar a sus anchas— ¿Molesto? —dijo sonriendo con esa cara de pícara que solo ella sabe poner.

—Pues la verdad es que me estaba duchando, pero pasa, Carmela —le abrí la puerta.

—Muy bien —agradecer nunca fue lo suyo—. Verás, tengo que hablar contigo.

—Siéntate, me seco en un momento y estoy contigo. Sírvete, ya sabes dónde están las bebidas.

—Sí, el alcohol en el segundo cajón —ahí lo guardaba para los invitados, yo no bebo.

Mientras me secaba no podía creer que Carmela estuviera sentada ahí donde tantas otras veces charlamos. Debían haber pasado eones, pero nunca se fue de dentro, por desgracia. Era un diablo de tacones rojos y hoy venía especialmente despampanante con aquel vestido. Dejé la toalla para secar y me senté junto a ella.

—Bueno, Carmela, ¿cuántos años han pasado?

—No lo sé, Juan, puede que uno y medio o dos, quién sabe.

—No esperaba que te acordaras —la miré atípicamente, ella miraba al suelo—. ¿A qué has venido?

—Te echaba de menos —sonrió—. Por cierto, te he visto en un cartel de la calle principal, ¿ahora qué eres, actor?

—Sí, hago lo que puedo para ganarme la vida, la policía no da mucho dinero —clavé mi vista en sus ojos—. Por favor, dime la verdad, tras dos años ¿a qué vienes?

—Me he mudado aquí a Spainland, la vida en la capital me ha hecho más mal que bien y sabía que estarías como siempre, siempre te negaste a abandonar este sitio.

—Le tengo cariño.

—El caso es que voy a probar suerte en el Stella.

—¿Vas a actuar allí?

—Sí, mi representante me consiguió trabajo, así que esta noche empiezo. Solo pasaba a saludarte.

—Sigues tan increíble como siempre.

—Bueno, hago lo que puedo. No puedo quejarme de nada.

—¿Tienes casa para quedarte?

—Sí, un pequeño piso para empezar. ¿Puedo fumar? —sabía perfectamente que no me gustaba, pero no podía evitar tampoco que algo dentro de mí se revolviera al ver como ella exhalaba el humo sobre el propio cigarro, animándolo a que no se apagara nunca.

—Sí, claro, tengo la ventana abierta y el ventilador del techo encendido, no creo que haya problema.

—Bien, hacía tiempo que no fumaba, pero bueno, volver de nuevo aquí trae las viejas manías. Fumar, beber…

—Follar —le dije.

—No —rió—, de eso tuve en la capital todo lo que quise. ¿Y tú qué?

—Yo no he estado con muchas mujeres. Quizás por falta de tiempo. Quizás por falta de ganas o tal vez porque acabo comparándolas todas contigo —no pude evitar decirle aquel comentario aun a expensas de mi condena.

—Lo tuyo es enfermizo, Juan. Sabes que nunca hubo nada entre nosotros, solo algo más que con el resto, pero siempre dentro de la amistad. ¿Cómo lo llamabas tú?

—Amor amistoso, no me lo recuerdes. Nos lo pasábamos muy bien juntos, ¿verdad?

—Tal vez, recuerdo aquellos días como felices. Nunca quise hacerte daño.

—Pero lo hiciste.

—No a sabiendas —calló durante varios segundos mirando el cigarro que sostenía en la mano—, al menos casi nunca.

—No te sientas mal, nunca te culpé, fui yo el que sintió más de la cuenta a sabiendas de que era una condena. ¿Te pedí alguna vez más de lo que me pudieras dar?

—Me pediste cariño en ocasiones —bebió un trago—, cariño que no podía darte. Tenía mis razones.

—Lo comprendo —asentí.

—Juan, no me arrepiento de nada de lo que hice, quizás siento no haber sentido lo que tú, pero la vida es así de dura. Venía para enmendar el dejarte abandonado durante dos años pero veo que ha sido un error. Debo irme —apagó el cigarro en el cenicero y se levantó.

—¿Por qué lo hiciste, Carmela? —ella calló— ¿Por qué no supe nada de ti en dos años?

Ella fue hacia la puerta y antes de marcharse me miró.

—Porque eras de las personas que más quería aquí, en Spainland. No quería joder nuestra amistad y veo que debería haber seguido fuera de tu vida. Lo siento. No me verás más —abrió la puerta completamente.

—¿Carmela? —le dije rápidamente sin levantarme del sofá—. Estás tan guapa como siempre —ella se quedó callada mirándome.

—Gracias —el portazo sonó seco, solitario. Escuché como sus tacones bajaban las escaleras y desaparecían bajo la noche al son del jazz que subía de La rosa negra.

Me quedé allí sentado largo rato, solo y mal, como todas aquellas noches en las que se marchaba fríamente. Noches para pensar, noches de insomnio tras revelaciones que preferiría no saber. Cogí su copa de ron y bebí un trago, hacía tiempo que no bebía. Hacia dos años que no probaba ese sabor.

Los músicos de jazz tocaban y reían debajo de mi ventana, la rosa negra estaba en pleno apogeo. Miré tristemente hacia el infinito y solo alcancé a ver la gran montaña al fondo con las letras blancas gigantes S P A I N L A N D. Bienvenida de nuevo, Carmela, te eché de menos, todos los días de mi vida.

Sonó el teléfono justo cuando una lágrima cayó al vaso de ron. Miré hacia arriba para no llorar y sorbí por la nariz.

—Romeo Juan, dígame.

—Déjate de gilipolleces y nombres artísticos, Juan, tenemos una víctima, te necesito cagando leches.

2

Cogí el coche que me pude comprar antaño, un trasto de otra época más feliz que había pasado los años como buenamente pudo. Un Cadillac rosa, con la pintura comida y bastante aboyado. Hubo una época en la que gracias a él tuve varias conquistas, pero Carmela siempre estuvo rondando mi cabeza. Aun así lo pasé bien, y esas noches en este viejo coche con aquellas señoritas es algo que no me podrán quitar. Por lo menos tuve la suerte de compartir el cariño que quise regalarle, aunque fuera con otras. Supieron apreciarlo más que ella y ahora son felices.

Spainland no solía ser una zona demasiado transitada a estas altas horas de la noche, así que el Cadillac se deslizó rápidamente por las frías carreteras, las farolas eran mi guía por el camino hasta que pude llegar al cordón policial.

Un pequeño parque yacía ahora acordonado e iluminado por las linternas de la poli, mis compañeros.

—¡Vaya, si es Romeo! —aquel poli gordo era mi mejor amigo en esta ciudad.

—¿Qué pasa, Ray? Has tenido que dejar el porno para venir, ¿no es cierto?

—Bueno, ya sabes —se encogió de hombros con una sonrisa—, primero el deber y luego el placer. Toma —me dio unos papeles—, es todo lo que he podido vislumbrar. Mira a ver si puedes añadir algo. Me voy a comisaría a hacerme un café.

—Está bien, yo iré luego —le di un abrazo y el subinspector Raimundo se fue a trabajar. Lástima que le hubieran jodido su paja.

Leí los papeles que me había dado. La víctima era Sheila Duval. Estrella principal del Stella, por lo menos hasta esta noche. Bah, es una tontería leer esto, se lo agradezco a Ray pero es mejor mirar por mí mismo sin ninguna información.

Pensando esto me guardé los papeles en el bolsillo de mi chaqueta y llegué a la escena del crimen.

Tuve que saltar el cordón policial y enseñar la placa a varios policías novatos que aún no me conocían. Después de varios fogonazos de las cámaras, mi vista se acopló de nuevo con la realidad.

Entre un columpio y dos árboles el cuerpo desnudo de Sheila esperaba.

—Hasta muerta está buena.

—Siempre eres tan cínico —la voz de Cristina no me sorprendió. Normalmente siempre lo hacía, pero no esta noche, no después de venir Carmela a mi casa—. ¡Vaya, no te has inmutado! ¿Pasa algo?

—Cuéntame, anda —le dije ignorando su pregunta. Cristina me miró suspicaz, vio que no podía sacar nada y comenzó a hablar.

—Sheila Duval, 29 años, metro sesenta y cinco, cantante del Stella. Fue encontrada sobre las doce y media de la madrugada por una pareja de jóvenes que venían al parque a hacer cosas de jóvenes a esas horas.

—Imagino a qué…

—Como ves, está desnuda con la excepción de un solo tacón rojo.

—¿No está demasiado azul?

—Sí, está en estado de congelación. La hora de la muerte no puedo calcularla así, me la debo llevar a la morgue y descongelarla.

Miré el cadáver de la corista, era más mayor de lo que pensaba cuando la veía actuar en el Stella. Pero seguía igual de bella. Desnuda y congelada, tenía una expresión de felicidad en la cara. Sus pechos remarcaban sobre el resto ya que sus pezones se erguían duros cortando el aire a su alrededor y las mamilas eran de color negruzco. ¿Quien coño había hecho esto?

—Juan, ¿te pasa algo?

—No, nada, estaba observando el cadáver. Ese tacón es realmente una obra de arte.

—Sí, lo es, aún no sabemos la marca, pero a simple vista no es de los que se pueda comprar en una tienda normal. Yo lo sé porque… Juan, ¿me escuchas?

—Oh, sí, sí —me había evadido por un momento pensando en los tacones, en aquellos tacones rojos que Carmela usaba cuando nos íbamos a la cama en otros tiempos más felices. Amor amistoso.

—No me engañas, ni siquiera me has mirado el escote esta noche. Algo te ha pasado.

—No, señorita forense, simplemente que entre tanto pecho congelado se me olvidó la calidez del vuestro —hice el amago de mirarla y Cristina sonrió—, ahora si me disculpa, debo irme. Tengo que hacer un par de llamadas.

—Yo me llevaré el cadáver a la morgue, le diré a los chicos que peinen la zona por si encuentran algo.

—Es una pena —murmullé mientras miraba el cadáver.

—¿Qué? —Cristina miró como para examinar algo que se le había pasado por alto.

—No es rubia natural —Cristina sonrió—. Llámame cuando sepas algo nuevo. Dulce noche, preciosa.

—Dulce noche, Juan.

—Ah, por cierto —me volví hacia ella—, Carmela ha vuelto —Cristina se quedó pensativa y yo me marché, subí a mi Cadillac rosa y puse rumbo a comisaría.

3

Agarrando el volante que me sujetaba al presente conducía sin perder de vista la carretera a un pasado. No sé si sería más bueno o me haría más daño de la cuenta pero lo cierto es que yo estaba feliz así.

Estaba en mi apartamento cuando salí del baño, era verano, ella veía el televisor en ropa interior, había salido de la ducha poco antes que yo. Aún estaba mojada.

Me recosté sobre sus nalgas mientras con mis psíquicas manos le comenzaba a realizar un masaje en su ya de por sí cargada espalda. Ella se relajó y ninguno pronunció palabra alguna. El silencio era nuestro más preciado amigo en esos momentos. Desde La rosa negra nos vinieron volando los sonidos de las notas de genios del jazz callejeros y sumidos en una melodía de improvisación cogí la vieja pluma, que usaba para escribir guiones en mis tiempos libres para algún estudio que se dejara, y comencé a escribir sobre el papel en blanco que era su piel.

Carmela era una mujer especial, los detalles, los actos que salían del corazón le aterraban y le gustaban a partes iguales; por eso no permitía normalmente que se los hicieran. Pero yo, bueno, lo nuestro era distinto. Ni mejor ni peor, por desgracia solo diferente. Era un amor amistoso.

La pluma entintaba su espalda con sonetos que mis sentimientos iban creando poco a poco. Se me quedó corto mi improvisado lienzo y tuve que bajar por sus muslos hacia los pies.

Notaba como la piel se le erizaba con cada toque de la punta de mi pluma, pero ella se dejaba hacer y sentir cada sensación mientras yo dejaba la huella de mi poesía en todo el cuerpo.

Pensando en todo esto llegué al edificio iluminado con dos grandes farolas redondas en su puerta principal, sobre el rezaba “POLICIA”. Dejé el coche en el aparcamiento reservado a los agentes y subí hacia la planta donde aún estaban encendidas alguna que otra luz de flexo.

Raimundo, sobre la mesa, dormía. Lo dejé tranquilo por el momento y llamé al club Stella. Tras tres tonos que me parecieron eternos pude concertar una cita con el dueño del club esta misma noche. Eran las dos de la mañana. Había quedado en media hora. Era hora de despertar a Ray.

Me acerqué a él lentamente, abrí las manos y di una soberana palmada que resonó en su oído por varios segundos. Del salto, cayó de espaldas y desde el suelo me miró con cara de vapor.

—¿Qué coño te pasa?

—Nos vamos al Stella, Ray, el dueño deberá contestar a varias preguntas sobre su cantante fetiche Sheila.

—Por favor, la próxima vez dame una palmadita.

—Eso hice.

—En el hombro, Juan, en el hombro.

4

Montados en mi Cadillac rosa, Ray me miró mientras se agarraba el sombrero que pugnaba por volar debido a que le quedaba grande. El viento en un descapotable era algo con lo que lidiar todos los días.

—Deberías comprarte los sombreros como yo, Ray —la Fedora quedaba anclada a mi cabeza como si fuera una prolongación más del cuerpo.

—Sí, cuando me paguen un buen sueldo lo haré. Por cierto, ¿leíste mis papeles?

—Sí, los ojeé y tengo varias preguntas para el señor Vázquez.

—¿El dueño de Stella? Debemos andarnos con ojo, ese hombre nunca ha sido de fiar.

—Lo sé —el silencio se hizo durante un largo rato—. Carmela vino esta noche a casa —seguí conduciendo esperando que Ray digiriera lo que acaba de decirle.

—¿Como estás?

—Vivo.

—¿Qué quería?

—Saludarme. Es la nueva artista del Stella.

—Entonces piensas que puede haber sido Vázquez.

—Es una posibilidad, si no, ¿cómo ha contratado a Carmela teniendo a Sheila?

—Puede tener más de una corista.

—¿De artista principal?

—Nunca se sabe.

—Conozco a Vázquez, con una le sirve. No le gusta pagar dinero innecesario.

—¿Pasó algo en tu casa?

—Ya hemos llegado.

Frente a nosotros un gran local de tres plantas se abría paso. Su corte cuadrangular y su tono azul lo hacían resplandecer gracias a los dos focos que tenía anclados a la azotea. Iluminaban el cielo mientras se movían como su fueran la puta batseñal. La batseñal del Stella.

5

A pesar de ser las dos y veinte de la mañana, la entrada del Stella rebosaba de coches y gentío. La cola por entrar era bastante larga, así que sacamos las placas y se las pusimos en la boca al hombretón del cordón rojo. Este nos dejó entrar rápidamente sin rechistar.

Dentro, el ambiente cálido del club me embriagó una noche más. El salón estaba completamente lleno. En torno a las mesas, las personas más influyentes de Spainland. El alcalde con alguna amiga y hasta el mismísimo comisario que al vernos llegar se levantó y vino a buscarnos.

—¿Cómo va el caso, chicos? —el humo de su puro recayó sobre mi chaqueta, cosa que no me agradó en demasía.

—Bien, comisario, venimos a hablar con el señor Vázquez para hacerle unas preguntas. Si nos disculpas tenemos una cita.

—Escúcheme, Juan, ni se le ocurra montar el numerito.

—Tranquilo, comisario —dijo Ray—, yo lo vigilo.

Dicho esto, nos adentramos en el salón que tenía forma de teatro. Claro que la fila de butacas era un comedor. Pero a nuestro alrededor los palcos y la gran lámpara de luces arriba nos hacía pensar en que la gente ansiaba ver el espectáculo de esta noche.

—Hola, amigos —una camarera ligerita de ropa y con el liguero al aire llamó nuestra atención—. El señor Vázquez les espera en la mesa de allí —señaló una mesa blanca que estaba en primera línea para ver el espectáculo—. Síganme, por favor.

Nos sentamos con el señor Vázquez que vestía con traje de tres piezas oscuro y lucía ese gran anillo rojo de la hermandad Filiada de Spainland. Una pequeña congregación de gente poderosa.

—¿Y bien, caballeros, qué queréis? —tamborileaba con los dedos sobre la mesa.

—Señor Vázquez —comenzó Ray—, ha aparecido el cadáver se Sheila Duval esta misma noche.

—Mi ex-estrella favorita —ni se inmutó con la noticia—. Las malas compañías al final han acabado matándola.

—¿Su ex-estrella? —le pregunté.

—Así es agente, eh… Juan ¿no? Es usted el que sale en algunos carteles anunciando cosas —lo miré seriamente—. Era mi ex-estrella porque se despidió ella sola. Decía que había encontrado a un gran hombre y era hora de cambiar. Le encontré una sustituta, no fue fácil.

—Carmela, ¿no es cierto?

—Así es, mis hombres contactaron con ella. Se ve que llevaba una mala racha en la gran ciudad y gracias a este trabajo ha vuelto a Spainland.

—No nos vamos a andar con rodeos, señor Vázquez —Ray le hablaba seriamente—, es usted sospechoso del asesinato de Sheila Duval. Cuéntenos lo que pasó el último día antes de despedirse —Ray lo había hecho para evitar que yo me encendiera más y acabara pegándole, cosa bastante normal si hablábamos de que Carmela podría estar en peligro.

Vázquez se quedó muy serio mirándonos.

—Está bien, no les estoy mintiendo. Pero quizás Sheila, las últimas semanas que trabajó aquí, tenía un comportamiento más extraño. Se la veía ilusionada con alguien. Ya sabéis como son las coristas, se ilusionan, les hacen daño y se vuelven más duras. Así era Sheila, por lo menos la Sheila que yo conocía y llevaba tantos años robando corazones y carteras de ricachones. Pero fue distinto, se la veía como una niña pequeña.

—¿Algo más inusual que usted viera? —Ray apuntaba todo en su libreta.

—Creo que nada más, es decir, salía al escenario a hacer su número y luego en lugar de charlar con los clientes, como ha hecho siempre, se metía en su camerino.

—¿Podemos ir luego? —pregunté yo esta vez saliendo así del silencio en el que yo mismo me había escudado. Estaba bastante más calmado.

—Sí, claro que sí, si la nueva dueña os deja. Por cierto, ya va a salir.

Las luces se apagaron y dos grandes focos circulares situados a ambos extremos del escenario, a tres pisos de altura, fueron dirigidos por los técnicos para que hicieran recorridos circulares por el club mientras la big band del Stella comenzaba a tamborilear y a hacer sonar la melodía sensual que dio paso a una mujer que yo conocía.

Exhuberantemente bella, como siempre que le daba por ponerse vestidos, eclipsaba al resto. Este era rojo, largo y con un corte hasta el muslo. Comenzó a cantar, algo que realmente no hacía como los ángeles pero era su caminar por el escenario contoneándose como una fiera y ese juego que daba con la lengua, sus labios y su mirada. No era lo que decía, sino cómo lo decía, como actuaba…siempre cautivó a los más incautos de esa manera. A incautos como yo.

Mientras ella reía con los de la banda y cantaba, una camarera vino para informarme que tenía una llamada en espera en la barra. Muy a mi pesar me levanté y fui hacia allí, no sé si ella se percató de que yo estaba en el club, si lo hizo no dio señal alguna de importarle.

—Al habla el detective Juan.

—Hola, soy yo, Cris, tu amiga la forense más dicharachera.

—Dime, Cris, no tengo ánimos para bromas.

—Sabía que estarías en el Stella, sabes lo que pienso de todo esto y de ella, ¿no?

—Sí, me lo has dicho muchas veces… Si no te importa, al grano.

—No te merece, ojalá estuviera a la altura, pero no es el caso.

—Al grano Cris.

—Sheila Duval no murió congelada. Eso fue después, murió por intoxicación con monóxido de carbono. Posiblemente estaba dormida cuando eso pasó. Su asesino la mató mientras soñaba. De ahí la cara de felicidad. Luego la congeló y la puso en el parque. Realmente estaba muy congelada. Nadie tiene una nevera tan grande a no ser…

—¿Una carnicería quizás?

—Sí, una gran cámara frigorífica.

—Muy bien, muchas gracias —le colgué un poco borde, pero ahora mismo no me salía ser de otra manera.

Justo cuando me acerqué a la mesa se acabó el número de Carmela y pude ver como llevaba dos tacones de colores distintos. Uno rojo y uno azul. Se metió entre bambalinas mientras mi cara se curtió por el hecho de que solo uno de los tacones era rojo.

—Señor Vázquez, Ray, discúlpenme. Va siendo hora de que le haga una visita a una vieja amiga.

—Pero Juan, ¿dónde vas? Aún no hemos acabado —Ray me miraba con el lápiz en la mano y algo atónito.

—Quédate cerca del teléfono y de la frecuencia de la policía. Esto puede ponerse feo. Señor Vázquez, muchas gracias por la atención. ¿Los camerinos?

—Por aquella puerta —aquel hombre no se esperaba nada de lo que estaba pasando.

—Muy bien —me bebí lo que quedaba en mi copa y me fui.

La muerte dulce había matado a Sheila. ¿Quién sería capaz de matar por matar? Pensando en todo esto llegué al camerino con el nombre de la susodicha y llamé a la puerta.

Nada, estaría cambiándose. Esperé dos minutos, luego, derribé la puerta.

Dentro no había nadie. Una nota sobre la mesa me hizo correr a la ventana mientras veía una furgoneta blanca salir pitando. Salté y me metí en el Cadillac rosa a toda leche. Lo tenía, solo debía seguirlo.

Aceleré por las vacías calles con las luces del Cadillac apagadas. Lo único que me faltaba era que me descubriera. Por supuesto mantuve la distancia todo lo que pude para que desde el retrovisor de la camioneta un coche rosa no resultara demasiado extraño. Aunque estando en Spainland, nada era extraño.

Lancé un mensaje por radio esperando que por lo menos Ray estuviera pendiente. Cierto es que a estas horas la comisaría estaba un poco deshabitada. Andábamos sobre mínimos, como siempre.

La furgoneta blanca giró y la seguí hasta lo que me pareció tan lógico y a la vista que me quedé como un tonto mirando.

La antigua fábrica de hielo, ahora cerrada, esperaba dulcemente a que yo aparcara mi coche en el parking y me dirigiera a sus laberínticos pasillos.

¿Cómo no se me había ocurrido antes?

6

La furgoneta descansaba solitaria en el aparcamiento, ahora muerta, pero aún caliente de haber recorrido las calles de la ciudad con una mercancía un tanto humana. Una mercancía a la que yo amaba y odiaba a partes iguales.

Dejé el Cadillac rosa aparcado y cogí el abrigo que había en los sillones de atrás. Ahí dentro haría frío. Mi sombrero se lo había quedado la camarera del Stella, así que fui al maletero y me agencié uno que siempre llevo de repuesto y junto a este mi pequeña Baby Jane: una escopeta antidisturbios que me había sacado de muchos apuros como este.

Volví a dar mi dirección por la radio y me sumergí en la fábrica de hielo.

Mientras andaba por los fríos y húmedos pasillos de malla de metal recordé lo que ponía en la nota sobre la mesa del camerino de Carmela.

“Un pequeño regalo para que luzcas esta noche en tu primer baile.

 Nada me haría más feliz.

 De tu admirador Norman.”

Carmela, siempre fuiste igual, te encantaba un halago, viniera de quien viniera. Siempre te dejaste llevar por el resto, siguiendo a esa masa aun desaseando hacer otra cosa. Nunca te culpo, ya que te lo pasaste bien en todo momento. Pero mira en qué tesitura te encuentras ahora.

—Y aquí es donde fabricamos el hielo, en esa enorme cuba. Se enfría a bajo cero el agua y luego se corta a trozos con algunas de esas sierras de allí —aquel hombre menudo le explicaba a Carmela cómo funcionaba todo y ella reía con él.

—Vaya barreño más grande, aquí deben de caber muchísimas personas.

—Alguna que otra —él reía nerviosamente ¡Por dios, Carmela! ¿No te vas a dar cuenta de que estás con un psicópata?

—Se acabó lo que se daba —salí de mi escondite con Baby Jane apuntado a aquella personita—. Carmela, vente.

—¿A ti qué te pasa, que no me vas a dejar nunca? No te quiero, ¿me escuchas? —mientras me gritaba esto a la cara aquel hombre aprovechó que yo estaba distraído para coger un cuchillo de gran calibre, supongo que usado para cortar el hielo. Lo posó sobre el cuello de Carmela.

—No quería matarla, a ella no, era buena conmigo. Aunque todas acaban siendo malas, malas, malas.

—Cálmate, yo suelto el arma y tú la dejas libre y me coges a mí, ¿vale?

—Ellas son las malas, ayúdame, no seas tonto.

—No son las malas, son distintas a nosotros —mientras le decía eso dejaba mi escopeta sobre el suelo—. Venga, ahora deja a la señorita.

Aquel loco se movía rápidamente además de hacer gestos con su cara de nerviosismo. Parece que se lo pensó y la soltó. Carmela corrió hacia mí. Yo ni siquiera la toqué, me fui hacia el asesino y antes de que se diera cuenta le había pegado un puñetazo que lo había dejado KO.

Siempre me cuadraban los más tontos. Dicho sea de paso, dudaba mucho que aquel hombre estuviera solo en esto. El cadáver de Sheila había sido un asesinato demasiado meticuloso. Al menos podíamos interrogar a este.

Las sirenas comenzaron a oírse por la ventana. Cuando me giré a por Carmela, yacía en el suelo temblando. Se ve que ser la víctima de un asesino no se vive todos los días.

Me quité el abrigo y se lo puse por encima. Al hacerlo pude ver que me sangraba el pecho.

—Te ha herido —señaló mi camisa blanca, allí donde estaba teñida de un color rojo pardo—. Es mucha sangre.

—No es nada —al parecer al darle el puñetazo me había hecho una herida en el estómago—, la adrenalina hace que ni se note y aprovechándola te voy a sacar fuera —dicho esto la cogí en volandas y desanduve lo andado.

7

Fuera, Ray esperaba con dos coches patrulla y una ambulancia. Los polis cogieron a Carmela y le pusieron una manta térmica, acto seguido empezaron a tomarle declaración. Yo mientras en la parte de atrás de la ambulancia era cosido después de inyectarme las vacunas pertinentes.

—¿Ha sido duro, Juan?

—No, era un loco. Dudo que solo sea él.

—¿Más gente entonces?

—Ray, debe de haber alguien al mando. Ese tío no era capaz de atarse los cordones él solito.

—Pues buen corte que te ha hecho.

—Me las di de valiente —miré a Carmela que a lo lejos reía con los policías.

—¿Por ella?

—Quizás.

Acabaron de coserme y me fui derecho a mi coche. Mi viejo Cadillac rosa me esperaba en el aparcamiento, sonriéndome con el guardabarros cromado.

—¿Ya te marchas, Romeo?

Me giré para ver a Carmela sonriéndome y señalando hacia arriba. Detrás nuestra había un cartel gigantesco de una de las películas donde yo era el protagonista. Basura de Spainland, como todas las producciones que aquí se hacían.

—Qué tipo más feo.

—A mí siempre me pareció mono, desde el primer día que lo vi.

—Bueno, los has tenido más guapos.

—Nunca tan buenos como tú, siempre me ayudaste a pesar de que nunca me comprendieras.

—Ya sabes lo que pienso de todo eso. Buenas noches, Carmela. Ray te llevará a casa.

Carmela se acerco a mí para besarme.

—No, esta vez no. He estado mucho tiempo deseando esto, pero no es lo que quieres. Simplemente te dejas llevar por la emoción. Cuando recapacites y decidas, búscame. Mientras tanto, hasta que nos olamos —me metí en el coche—. Por cierto, bonito tacón rojo.

No me gustaba dejar a Carmela así, la amaba con toda mi alma, pero todo en esta vida no se puede tener cuando uno quiere y ella debía comprenderlo. Dolía dentro de mí cerca del pecho mientras se rompía algo en mil añicos. Siempre me dijeron que si dejabas volar a alguien y volvía no era porque hubiera cambiado el viento, solo que lo que se quiere nunca está demasiado tiempo lejos de ti.

Subí a lo más alto de la ciudad, al monte con las grandes letras de Spainland y allí, montado en mi coche, me quedé mirando a las estrellas.

Antes de dormirme sobre el techo del cielo susurré:

“Carmela, bienvenida a Spainland, te eché de menos todos los días de mi vida”.

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2 pensamientos en “El Tacón Rojo

  1. Señor Goodkat Autor de la entrada

    Que sería del mundo sin mujeres malas como Lucía y Carmela, en el fondo se les coje odio y cariño a los personajes estos ^^. Muchas gracias Deh.

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