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Escribiendo en la playa

Me sonaba de algo su cara, no sabía muy bien si de una actriz hollywodiense o de haber vivido algún sueño con ella. Cosa últimamente poco probable ya que mis fantasías más nocturnas corrían a cargo de una morenita que me devoraba sin probar bocado. Por tanto, me decanto más por la primera opción.

Despejarme ese verano de los summer love que a la bogue tildaban mis más ínfimas prioridades y se aventuraban con desparpajo a través de mis dormidos sentimientos era mi prioridad.

Cuando estas cosas ocurren uno recurre aunque suene rimbombante, a la familia, a la playa y al mar.

Este verano del doce, de la pepa y las chavalas guapas a las que aún les falta medio hemisferio racional para ser mujeres, se estaba tornando agotador para mi ser, mis pensamientos, mis sueños y mi corazón. No pisaba casa para nada y tanto monta, monta tanto me había dejado en una precaria postura de ánimos y un considerable abandono por mi parte de la familia.

Las faldas cada vez más cortas me hacían difícil la tarea de perseguirlas y lo peor de eso era cuando en su reverso se tornaban pijamas mal llamados monos.

Es por eso que cuando me levanté más temprano de mi señorial hora, decidiera viajar con mis padres a la barrosa. Para el menos docto en el tema, una playa de la costa gaditana donde el turismo es un hecho y el espectáculo es ya de por sí maravilloso.

Desaparecí pues de ese mundo que día a día me había asolado, dejando atrás la ola de calor que me acusaba y la calentura de mis propios pensamientitos a los cuales dejé a buen recaudo tapaditos sobre el sofá.

Viajamos con canciones que yo había vivido este mes y el anterior en un coche del mismo modelo y distinto color en calidad de copiloto y con una sonrisa en el corazón además de los labios. No es que no me gustara la compañía de mis padres. En absoluto,  solo que la compañía de ese otro automóvil, hacía que mi ritmo cardíaco se acompasara con el del mundo. Y así escuchando las canciones que anteriormente había escuchado me invadió la nostalgia por aquel pequeño bicho andaluz que con su mirada hacía las delicias de todos los comensales que aguardando y guardándose la cola esperaban comer de ese cuerpo suyo que era una dulce ambrosía olímpica. Su piercing en el ombligo era tan sensual que yo, que tengo poco afín por los metales y soy más de gases nobles mañaneros, solo podía quedarme embobado pensando en cosas que incluso en la sacristía eran pecado capital teguicigalpino.

La playa como cualquier día era una variopinta sociedad, algo más desnuda, de seres vivos y otros mariscos.

Con el Panamá en la testa y mochila al hombro comencé a andar al amparo de mis padres por esa tierra pasando de la zona más rural a las playas de los complejos hoteleros donde las mujeres eran igual de bellas pero insultaban más finamente a sus respectivos comensales.

Viendo el panorama cualquier persona deja la nostalgia y la pena aparcada en doble fila y comprende que el mundo es vasto. Y aunque haya la mitad de corazones que piernas, siempre que te miran o te sonríen bellas serranitas, comprendes cuánto se pierden los no-amores que no avanzan ni a besos a pesar de regalarles los labios de la luna.

La mayoría de las mujercitas de hoy en día no buscan romanticismo ni buenos modales sino capullos de los que se enamoran imaginándose falsamente que algún día serán mariposas. La única manera de sentir esos lepidópteros revolotear en un estómago femenino es consumiendo capullos revestidos de seda y engaños, que solo buscan una boquita caliente a la que poder mentir.

Por fin llegamos al buffet libre, esos sitios donde los preferentementes ancianos chillan, gruñen y entran en guerra por coger platos y platos, cual jibias, de alimentos capaces de comer. Y allí enfrente mía dos dulces damas de, tal vez dos años menos que yo, me sonreían sin quitarme el ojo desde el primer plato que cogí hasta el postre.

Si las miraba, una se acercaba a la otra y le susurraba un secreto gubernamental y acto seguido volvía a dirigirme sus ojitos azules. Me sonaba de algo y ese algo era agradable. Flirtear de aquella manera tan inocente era un placer que desde que abandonamos los viajes por España no cultivaba. Lo cierto sin ánimo de regodearme es que mi sonrisa había madurado y mis modales también.

La última mirada cuando salieron por aquella puerta fue a este poeta de poca tinta seguido por una sonrisa que tardaré algún tiempo en olvidar. Fue mucho mejor que su número y el sexo que conllevaría aquella noche ya que, el mejor placer reside en unos ojos dulces con una sonrisa impregnada en el salitre de la playa.

A veces es necesario que todo esto ocurra para darte cuenta de lo que vales y comprender lo que otras desperdician por pensamientos puramente físicos. No seré el más guapo ni el cuerpo más espectacular pero posiblemente soy algo más que todo eso. Os invito a través de estas palabras a juzgar por vosotras mismas. Yo ahora me recostaré a tomar el sol en mi piel que ya luce un moreno considerable, como hacía años que no tenía y gracias a una morena que me lleva por sendas de sentimientos ocultos y esquivos. Pensaré en el tiempo, en el salitre y en el pequeño bicho al que tanto adoro. Los tangas esta tarde me resguardarán del calor.

21-8-2012

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Playas en tu ausencia

El sol bañaba el agua impregnada de salitre. Podría decir que era salitre y no otra cosa pues solo él me recordaba su cuerpo, el cuerpo de ella. No, no andaba hoy por la playa como solía hacer, bañándose en la arena y secando su piel en el agua. Saludándola cual pez de sangre azul que sabe disfrutar de las corrientes pasando, de las más cálidas a las más frías, evitando gracias a esto, pensar mucho en las consecuencias de su nado.

Ella como mujer, evitaba morder el anzuelo de aquellos pescadores que, con sus cañas a estribor y babor del bajel y redes en proa y en el castillo de popa, intentaban con gran desarraigo y muchos éxitos hoy en día, capturar a Fembras Playideras que solo buscaban un pequeño momento de gloria para salvar sus descorazonados corazones ya de por sí alcoholizados y casquivanos. Solo frente a la marea que sube y baja se hallan esos corazones mientras las almas de los españolitos son mojadas en aquellas costas, en aquellas playas.

Dicho así parece más de lo que fue su ausencia, cuando en realidad, solo extrañaba su risa junto a la mía, como quien extraña algo que sabe que pronto tendrá. Algo que es más de lo que esperaba y mucho menos de lo que los dos merecíamos el uno del otro.

Algo que quizás y por caprichos del destino conseguiríamos antes de que la pleamar se tornara invierno y todas las sombrillas se desclavaran desapareciendo de ese campo de girasoles marchitos que son las playas de aquella estación sin trenes.

Mientras tanto sentado en mi azul toalla y con el sombrero sobre mi testa, apartando las miradas de jóvenes colegialas que murmuraban sobre mi ya de por sí atractiva persona, no podía evitar echarte de menos aun deseando echarte de más.

Sinceramente “la vida es tan bonita que parece de verdad” como rezaba aquella copla en forma de película. Es evidente que para ver lo bonito debemos pasar por lo malo y entonces el concepto comienza a cobrar algo más de sentido. Solo hacía falta ver el microcosmos que formaban la cantidad de bañistas de la playa donde me encontraba. Subrayo bañistas porque algunas mozas rubenescas y caquexicas pisaban este árido desierto encharcado con el único afán de hacer aflorar un color más pardo en su piel más superficial justo antes de bañarse. Eso sin contar con los padres de familia que solo acudían para contentar a sus buenas mujeres en esa aventura del tira y afloja que es el matrimonio. Concepto que solo en la cama podría ser más fuerte y más flojo. Un pequeño niño de un año saltaba de asombro cuando metía su piernecita en la fría agua del mar. Su abuela a su vez, embutida en su bañador de gala, jugaba con él como si de un hijo al que le queda mucho por disfrutar se tratase. Las marías jugaban el bingo cantando los números con ese arte picarón que solo ellas podían tener. Los melones esperaban enterrados en la arena, frescos y prestos para ser comidos.

Por otro lado los pechos desnudos tomaban el sol deseando a caminantes que, por la orilla, lucían sus desculturales cerebros con abdominales hasta las cejas y pelos solos en la cuba donde se afeitan el cuerpo. Las bicicletas aparcadas en la arena esperaban a los niños que, bañándose, se lanzaban gotas de agua mientras reían y chillaban.

Y si bajo el sol sucedían cosas bonitas mientras algunos energúmenos eran felices, quizás y solo quizás la ecuación debería añadirte en vez de restarte de este Paisaje. De esta tarde, de estos sueños, de estas letras, de esta, mi vida.