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Génesis 1.0

Posiblemente mi relato corto más personal. En él hay reflexiones sobre el ser humano ensalzado con un poco de H.P. Lovecraft. Estoy contento del resultado, una pequeña joyita en mi universo de retretes y sumideros.

Génesis 1.0

1 Alumbrar

Las luces blancas que no daban sombra enfocaban el vientre materno como si fuera un escenario. Yo agarraba fuertemente el bisturí enfundado en guantes asépticos. Mis manos eran los artistas, junto al bisturí comenzarían el baile en aquel escenario a la luz de los focos. Deseando acabar pronto entre ovaciones para así poder reunirse entre bambalinas de nuevo, sin trajes, sin guantes, sin cuchillos y poder acabar otro día una gran función.

—Todo listo señor, ¿ocurre algo?

Negué con la cabeza, siempre tuve miedo escénico, no soy de dar muchos conciertos; procuro que mis intervenciones sean mínimas, tres o cuatro al año. Del resto se encarga el resto de mi equipo de salud, mi gran orquesta.

Comencé a deslizar el fino cuchillo por aquel vientre de manera sagital, es decir, de lado a lado dejando en la mitad de arriba la cabeza y en el margen inferior el pubis que desciende hasta las finas llanuras del perineo, la tierra de nadie.

Como si de una grieta volcánica se tratara, de la fina grieta que acaba de abrir comenzó a bullir el líquido dador de vida, el carburante del cuerpo, el material con el que hacer una gran balada heavy, la sangre que impregna nuestra conciencia, el líquido elemento gracias al que soñamos.

—Contad las gasas, no quiero más pérdidas hemáticas de la cuenta —dije al pequeño cuarteto de cuerda que me acompañaba en este concierto.

Ahondé un poco más sobre esa grieta, ahora mis manos pasarían a ser espeleólogos que bajaban por aquella abertura mientras arriba sonaba la canción que me proporcionaba el resto de mi equipo dándome gasas, controlando la anestesia y corriendo de un lado a otro de la sala. Pero el foco seguía estando sobre la figura protagonista, mis manos.

Descendieron varios centímetros tranquilamente, sin prisas, hasta tocar algo distinto al tacto. Habíamos llegado al corazón del volcán. El bisturí fue rápido cual Scilla con Odiseo. Rápido y veloz.

—Señores, comienzan los fuegos artificiales, el amnios está roto.

Mi equipo comenzó a tocar de forma desmedida, era la parte más importante de la actuación, no debían abandonar ni el más mínimo detalle. Llegaba el clímax. Yo me subí a la camilla y me puse de pie arriba de aquel cuerpo sedado. Mi postura era similar al gigante Talos mientras dejaba escapar a Argos entre sus piernas. Solté todo instrumento mientras brotaba humor tras humor de aquel vientre. Debía ser rápido o lo que ahí dentro habitaba se podría asfixiar. Extendí mis brazos y los hundí en aquel cálido ambiente, palpé hasta encontrar aquel robusto ser y tiré de él hacia mí. Mi pequeño Aquiles salía del río Estigia y lloraba realizando un perfecto glissando hasta que todo quedó en silencio. Mi equipo había dejado de tocar. La canción había terminado. Solo quedaban las ovaciones.

—Enhorabuena, señor, ha sido niño —me dijo mi equipo.

—Hola, hijo mío, bienvenido a tu hogar, aunque sea por poco tiempo, Adán.

Doctor Horacius, Planeta Lantix, año 2125.

2 Recitar

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Starcime

Bueno aquí os dejo un relato que ideé expresamente para mis profesores del Postgrado de Cirugía Menor y a la primera asociación de cirugia menor de españa «Gadicime» de la que en breve pasaré a formar parte. Espero que los disfruten los que entienden un poco de esto y los que no entienden tanto. Disculpen la tardanza en subir entradas pero estamos todos muy ocupados. Pero poco a poco el dinamismo volverá.

Dedicado a mis profesores de cirugía menor que tanto me han ayudado y a Gadicime.

Otra noche más de guardia en el quirófano, otra noche más de cirugía programada. Otra noche más me encuentro viajando en el taxi mientras reviso el historial del paciente en mi holopantalla. Otra noche más miro a las estrellas que me rodean desde el cristal.

La operación parece bastante sencilla. La espero sin complicaciones. Voy examinando los datos en mi holopantalla, un aparato del tamaño de un folio, totalmente táctil, por el que puedo revisar los historiales de la base de datos del hospital. El material del que está hecho no es de mi incumbencia, como nunca lo ha sido nada que no tenga que ver con las ciencias de la salud. Para saber eso preguntadle a un ingeniero.

Odio el vaivén del taxi, nunca me llegué a acostumbrar a viajar por zonas abiertas. Nunca aprendí a conducir esta clase de coches. Miro hacia mis zapatos y debajo de ellos mediante un cristal puedo ver el espacio. Estoy rodeado de vacío y estrellas por todos lados. Ya puedo verlo allí a lo lejos, ese gran amasijo de planchas blancas formando una estructura inmensa. El trabajo, el hogar, el hospital espacial.

Acabo de repasar la intervención y guardo la holopantalla en mi maletín de cirugía tejido en piel de castor marciano. El robot que me lleva en la nave taxi gira su cabeza metálica hacia mí y yo como cada noche de guardia pongo el pulgar en la pantalla que hay en el asiento. Listo, ya soy seis créditos más pobre que antes. Cojo mi sombrero y bajo del transporte.

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