Con fulano te conformas.

Ni muy bueno
ni tan malo.
Para estar con alguien
con fulano te conformas.

A ser posible desgarbado
de poca listeza
nada elegante
y que no cumpla las normas.

Mientras yo me doctoraba
en tu cuerpo, en tus ojos, en tus labios,
tú sacrificabas tus venas con alcoholes
de verbenas y de atrezzo: mil agravios.

En mis juergas me esperaban libros,
ordenadores, cámaras y corazones rotos
que alumbraban mi camino por las noches
para soñar en la almohada con tu pelo,
tus ganas, tu sonrisa, tus derroches,
la vida que desgastas a veces con otros.

Te aguardaban casetas, trajes, sentimientos
que en vasos de tubo te hacían suspirar
por almas que no llegan y que no veías llegar
aunque la mía andaba cerca e incluso la podías
con gusto tocar.

Con cada halago que te regalé di una palada en la fosa,
la trova de mis venas se hundía en su tumba con cada poema,
mis manos turbias ahora dolorosas
de bonito rosa llenaba mi túmulo, mi condena.

Curioso placer que de mundos distintos
estamos juntos en entretiempo
en los relates raídos de cada día
riendo cual novios, tú y yo, de la melancolía.

Te cambio mi mejor orgasmo
por la más fina de tus caricias.
Te desvisto de tus llantos
para echarte el pelo detrás de la oreja,
para mirarte a los labios,
para besarte las cejas.

Acepta en tu portal
lo que quise dejar para la alcoba
pues solo quiero besar
tus labios que me enamoran.

9-8-2012

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Reflexiones de entretelas

Ocurre que, de vez en cuando, aparecen personas que te desbordan. No en el sentido más estricto, maligno o sexual de la palabra; simplemente, atraviesan esa piel que has convertido en tu cota de malla de penas y con sus preciosos dedos hacen cosquillas en la parte de tu alma que aún es terrenal.

Eso me pasa con ella, como me pasa con las estaciones, como a la luna le pasaba cuando fue madre. Si estaba de buenas las estrellas nos acompañaban pero si la tristeza asomaba en su grácil y bello rostro llovía durante todo el día.

Siempre dos caras de una moneda, el crucificado que se clava sobre un tablón de madera, suplicando un amor que no llega, implorando el ser desclavado de esa posición en donde amablemente se metió para ser algo más que un pañuelo pero menos que una sábana. Y por el reverso de la moneda la cara; dulce, reflejando una y otra vez el brillo de las apuestas de los jóvenes marineros que juegan al azar sus más misteriosos designios. La que llora, por las noches, la que nos mira con altivez, la que se escuda en palabras de amistad para no darse de golpe con el muro del amor. Esa palabra de cuatro letras a la que gran cantidad de almas no le tienen sino pavor.

Y así la moneda va saltando, de cara a cruz, de cruz a cara. Eternamente, sin poderse tocar.

A veces pienso que somos el tránsito, el hueco que queda entre el amor de una persona y otra, es decir, olvidan a un amor, llegamos, lloramos y reímos con ella y encuentran a otro amor. Dejándonos libres para volver a transitar por la autopista, perdidos.

Perdemos la fe y la volvemos a encontrar. Deseamos por todos los medios cambiar el curso del destino. Enamorar a las caras y desclavar a las cruces. Pero aún no he visto que eso sea posible, de todas formas, lo sigo intentando. Y voy dejando solamente lágrimas, cual migas de pan, y deseando que la lluvia se las lleve para que ningún incauto siga mi senda más de la cuenta.

Vuelves así a tu casa, en la noche con las manos en los bolsillos, escuchando de fondo como se cierra un portal de una torre donde ella asciende por escaleras misteriosas al hogar. Y ahí te quedas tú, después de haberle puesto ese mechón de cabello atrás de su oreja o haberle suplicado con las manos sobre su cintura en un lenguaje táctil que se quede contigo, mirando al cielo de esa noche sin luna, tarareando una canción olvidada que todas las noches se repite en tu cabeza e imaginándote que quizás esté esperando detrás de ese soportal a que vuelvas con alguna excusa idiota de personas no iniciadas. A que vuelvas y la quieras, si puede ser, algo más de lo que la quisieron, con más cariño, paciencia y sin tanta premura. Con unas ganas arrebatadoras que nos hagan pisar el infierno, reír y soñar despiertos fantasías que nunca, a ninguno, nos habían llegado pero que ambos sabíamos que junto al otro era, al menos, posible. Deseas así que las tornas del destino giren esas místicas ruedas del mundo al menos una vez en tu dirección y poder volver a tu casa con los ojos como platos de una vajilla de bodas y soñar toda la noche con lo que hiciste, aunque sea solo encontrar esos labios con los tuyos. A lo mejor luego subir, subir por los tejados y contarle a la luna o a los gatos salvajes lo que pasó. Algo que deseas fervientemente que se repita todas las noches y solo una.

¿Que podemos hacer para que el juego cambie?

Después de haber visto destruirse su mundo, de haber ella llorado lágrimas y enseñarte su parte más débil y vulnerable, piensas que quizás eres especial. A veces te sientes un dios menor que le secó las lágrimas.

Después de demostrar las palmas abiertas de nuestras manos, y de enseñar parte de nuestra alma. De hacer ver que no fallaremos en nuestra empresa ni en todas las arengas que nos sobrevengan solo podemos esperar a vernos resquebrajarnos por un futuro incierto que posiblemente no llega.

Mientras tanto, la moneda gira y esperamos poderla besar.

Atlas en el fondo del mar

Presentamos la esperada segunda entrega de las aventuras de Atlas. Esta vez en el fondo del mar, donde descubrirá los secretos del submarino del capitán Nemo y a algunas de las más interesantes especies subacuáticas.

Amada Mía

Aunque parezca increíble un escritor confeso, hecho y derecho, felicitó una vez a cierta persona por esta poesía escrita por mi, para un encargo particular.

AMADA MÍA.

Con una copa de vino
Hablando sobre la luna
De una cama dormida,
De una canción sin papel.

Que cante como te cante,
Que escriba como te escriba,
Tu boca dulce diatriba,
Tiovivo sin carrusel.

Sintiendo como te siento,
Yo no me siento contento
Custodiando tu averno
De rubita Norma Jeane.

Por eso hoy me lo callo
Mientras miro en los ensayos,
Mientras suspiro por ti.

Y siento que soy juez y parte
En esta locura mía.
Que solo quise besarte
Amada mía.

Acostado en tu alcoba
Apostando con las horas
Que te soñaba desnuda
Dulce y sensual como hiel.

Pasando corre-ve-y-diles
Tus caderas de jazmines
Se fueron por los madriles,
Y yo esperando tu volver

Y muero yo por besarte
Y otro gallo cantaría
Que vivo por enamorarte
Amada mía.

23-6-2012

Una Historia Más

Una gota de sudor
Vaporizó mis pestañas
Que antes era legañas
De unos ojos que al llorar,

Tristones se encontraban
En un mar de tritones
Que con sus tristes canciones
Le dijeron la verdad.

Una verdad que pasaba
Por el asta de un toro
Que un tal rey moro
Mandó a torear

En una plaza lejana
Que sin cierros ni ventanas
A animales encerraba
Para poderlos matar.

Y le cuadró a un torero
Ni feo, pobre ni bueno
Que con capote de oro
De grana se tiñó,

Que cosieron en Marruecos
En la casa de un sueco
Que de problemas febriles,
De suiza fue a emigrar,

Pasando por aduanas
Aviones verdes como ranas,
Que con alguna azafata
No se pueden gobernar.

Cuando besos indulgentes,
Mientras se come caliente,
En la cabina muy fuerte
Le daba al capitán

Hombre de gorra ancha,
Hermano de una hermana
Que lloraba desconsolada
Por la muerte de un torero.
Que un tal rey moro
Mandó una tarde a torear.

Monstruitos

Estos personajillos aparecieron a medio camino de mi mente y trozos de lienzo en los que tenía que hacer el trabajo final de pintura este curso, aunque parecen sacados de pesadillas infantiles. Quizás nos sirvan para proyectos futuros, de momento espero que os gusten.

Me tomaba una ducha

Me tomaba una ducha, la necesitaba. Siempre que me sentía triste abría los mamparos de aquella placa blanca y me sumergía en mi propio submarino de la tranquilidad. El humo y el vaho alteraban mi visión como si estuviera en un sueño, pera no la dificultaba, era simplemente otra forma de ver el mundo. Un sistema para alcanzar mis pensamientos, una forma de embriagarme y edulcorar el día. El agua caía fuertemente sobre mi espalda mientras me apoyaba en los azulejos sin hacer ningún movimiento. La dejaba caer, resbalar, humedecerme y finalmente quemarme. Notaba un ligero picor, algo sanaba en mí durante aquellos instantes.

Veintiséis años ya viviendo y otros tantos duchándome y aun así no había cambiado, era mi rincón de pensar. Mi forma de ver el mundo, de analizarme cuando nadie me espiaba.

Mi método para aceptar una y otra vez los palos y curarme, el único que me hacia subir aquel escalón del fracaso para volver a luchar fuertemente por mis emociones y sentimientos.

Cuando era pequeño todo ocurría en un baño lleno hasta arriba de agua jabonosa con gel y champú. Algunas veces con un pequeño barco y mis juguetes. Poco a poco el método se fue renovando, la vida se hacía más dura y mis muñecos daban paso al colegio, al instituto y como no, a las niñas.

El agua me limpiaba y los sollozos eran menos cuando el sonido de una ducha pendía sobre tu cabeza, se llevaba las lagrimas rápidamente que caían en el sumidero del olvido donde siempre debieron estar. De donde nunca debieron salir.

Allí abajo en mi propia realidad alternativa, con toda esa agua, analizaba el miedo de las personas, el miedo a lo tangible. El miedo a cambiar de vida, a compartir experiencias nunca antes vividas o realizar aventuras solo alguna vez soñadas.

Siempre quise igual, siempre sentí lo mismo por aquellas personas a las que ame. ¿Desde pequeño logré comprender lo que es el amor? Quizás no, nunca nadie lo comprenderá. Pero, sabía sentirlo en todo mi cuerpo sin necesidad de mariposas y temblores de piernas. Tan sincero fue siempre que di el todo por el todo, algo que hoy en día nadie se merece. Siempre que fuera digna para entrar en mi corazón lo sería para que yo abriera mi alma a ella. No a una vida de vasallaje sino a algo compartido, siendo los reyes de nosotros mismos. Nunca fue bueno hacer eso, no con dieciséis o veintitrés años. Comprendí que el mundo no estaba preparado, pero llegaron los veintiséis y las llamadas a mi teléfono de amores olvidados que, habiendo vividos largas vidas amorosas con pillastres de poco lustre, señores poco avispados y cabrones en potencia se habían percatado de que lo que querían de verdad, y eso era lo que yo les di en aquellos momentos a todas y cada una. Un corazón sincero, un alma a estrenar. Una vida de risas, sueños y quizás aventuras. Claro que habría monotonía pero siempre deberíamos luchar cual guerreros para que no pasara. Buscaban por fin el te quiero que les ofrecía, un te quiero que no significaba “me perteneces” sino “te necesito en mi vida, en mi lecho, en mis sueños”. Era irónico que después de tantos y tantos años la cosa se torciera a mi favor, pero el destino es caprichoso y yo solo tengo un corazón, que se llena solo una vez y ahora ese sitio me correspondía a mi mismo. A mis principios y a mi ética.

Esta vez no, el tiempo pasado fue pasado. No es que no diera una segunda oportunidad es que di todas las oportunidades mientras quise a esas mujeres, después de eso el resto fue humo.

Humo como el que se iba difuminando al abrir el mamparo y salir de la ducha. Me miré en el espejo antes de que mi imagen fuera difuminada completamente por el vaho. Me observe intensamente y sonreí.