Playas en tu ausencia

El sol bañaba el agua impregnada de salitre. Podría decir que era salitre y no otra cosa pues solo él me recordaba su cuerpo, el cuerpo de ella. No, no andaba hoy por la playa como solía hacer, bañándose en la arena y secando su piel en el agua. Saludándola cual pez de sangre azul que sabe disfrutar de las corrientes pasando, de las más cálidas a las más frías, evitando gracias a esto, pensar mucho en las consecuencias de su nado.

Ella como mujer, evitaba morder el anzuelo de aquellos pescadores que, con sus cañas a estribor y babor del bajel y redes en proa y en el castillo de popa, intentaban con gran desarraigo y muchos éxitos hoy en día, capturar a Fembras Playideras que solo buscaban un pequeño momento de gloria para salvar sus descorazonados corazones ya de por sí alcoholizados y casquivanos. Solo frente a la marea que sube y baja se hallan esos corazones mientras las almas de los españolitos son mojadas en aquellas costas, en aquellas playas.

Dicho así parece más de lo que fue su ausencia, cuando en realidad, solo extrañaba su risa junto a la mía, como quien extraña algo que sabe que pronto tendrá. Algo que es más de lo que esperaba y mucho menos de lo que los dos merecíamos el uno del otro.

Algo que quizás y por caprichos del destino conseguiríamos antes de que la pleamar se tornara invierno y todas las sombrillas se desclavaran desapareciendo de ese campo de girasoles marchitos que son las playas de aquella estación sin trenes.

Mientras tanto sentado en mi azul toalla y con el sombrero sobre mi testa, apartando las miradas de jóvenes colegialas que murmuraban sobre mi ya de por sí atractiva persona, no podía evitar echarte de menos aun deseando echarte de más.

Sinceramente “la vida es tan bonita que parece de verdad” como rezaba aquella copla en forma de película. Es evidente que para ver lo bonito debemos pasar por lo malo y entonces el concepto comienza a cobrar algo más de sentido. Solo hacía falta ver el microcosmos que formaban la cantidad de bañistas de la playa donde me encontraba. Subrayo bañistas porque algunas mozas rubenescas y caquexicas pisaban este árido desierto encharcado con el único afán de hacer aflorar un color más pardo en su piel más superficial justo antes de bañarse. Eso sin contar con los padres de familia que solo acudían para contentar a sus buenas mujeres en esa aventura del tira y afloja que es el matrimonio. Concepto que solo en la cama podría ser más fuerte y más flojo. Un pequeño niño de un año saltaba de asombro cuando metía su piernecita en la fría agua del mar. Su abuela a su vez, embutida en su bañador de gala, jugaba con él como si de un hijo al que le queda mucho por disfrutar se tratase. Las marías jugaban el bingo cantando los números con ese arte picarón que solo ellas podían tener. Los melones esperaban enterrados en la arena, frescos y prestos para ser comidos.

Por otro lado los pechos desnudos tomaban el sol deseando a caminantes que, por la orilla, lucían sus desculturales cerebros con abdominales hasta las cejas y pelos solos en la cuba donde se afeitan el cuerpo. Las bicicletas aparcadas en la arena esperaban a los niños que, bañándose, se lanzaban gotas de agua mientras reían y chillaban.

Y si bajo el sol sucedían cosas bonitas mientras algunos energúmenos eran felices, quizás y solo quizás la ecuación debería añadirte en vez de restarte de este Paisaje. De esta tarde, de estos sueños, de estas letras, de esta, mi vida.

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