Reflexiones de entretelas

Ocurre que, de vez en cuando, aparecen personas que te desbordan. No en el sentido más estricto, maligno o sexual de la palabra; simplemente, atraviesan esa piel que has convertido en tu cota de malla de penas y con sus preciosos dedos hacen cosquillas en la parte de tu alma que aún es terrenal.

Eso me pasa con ella, como me pasa con las estaciones, como a la luna le pasaba cuando fue madre. Si estaba de buenas las estrellas nos acompañaban pero si la tristeza asomaba en su grácil y bello rostro llovía durante todo el día.

Siempre dos caras de una moneda, el crucificado que se clava sobre un tablón de madera, suplicando un amor que no llega, implorando el ser desclavado de esa posición en donde amablemente se metió para ser algo más que un pañuelo pero menos que una sábana. Y por el reverso de la moneda la cara; dulce, reflejando una y otra vez el brillo de las apuestas de los jóvenes marineros que juegan al azar sus más misteriosos designios. La que llora, por las noches, la que nos mira con altivez, la que se escuda en palabras de amistad para no darse de golpe con el muro del amor. Esa palabra de cuatro letras a la que gran cantidad de almas no le tienen sino pavor.

Y así la moneda va saltando, de cara a cruz, de cruz a cara. Eternamente, sin poderse tocar.

A veces pienso que somos el tránsito, el hueco que queda entre el amor de una persona y otra, es decir, olvidan a un amor, llegamos, lloramos y reímos con ella y encuentran a otro amor. Dejándonos libres para volver a transitar por la autopista, perdidos.

Perdemos la fe y la volvemos a encontrar. Deseamos por todos los medios cambiar el curso del destino. Enamorar a las caras y desclavar a las cruces. Pero aún no he visto que eso sea posible, de todas formas, lo sigo intentando. Y voy dejando solamente lágrimas, cual migas de pan, y deseando que la lluvia se las lleve para que ningún incauto siga mi senda más de la cuenta.

Vuelves así a tu casa, en la noche con las manos en los bolsillos, escuchando de fondo como se cierra un portal de una torre donde ella asciende por escaleras misteriosas al hogar. Y ahí te quedas tú, después de haberle puesto ese mechón de cabello atrás de su oreja o haberle suplicado con las manos sobre su cintura en un lenguaje táctil que se quede contigo, mirando al cielo de esa noche sin luna, tarareando una canción olvidada que todas las noches se repite en tu cabeza e imaginándote que quizás esté esperando detrás de ese soportal a que vuelvas con alguna excusa idiota de personas no iniciadas. A que vuelvas y la quieras, si puede ser, algo más de lo que la quisieron, con más cariño, paciencia y sin tanta premura. Con unas ganas arrebatadoras que nos hagan pisar el infierno, reír y soñar despiertos fantasías que nunca, a ninguno, nos habían llegado pero que ambos sabíamos que junto al otro era, al menos, posible. Deseas así que las tornas del destino giren esas místicas ruedas del mundo al menos una vez en tu dirección y poder volver a tu casa con los ojos como platos de una vajilla de bodas y soñar toda la noche con lo que hiciste, aunque sea solo encontrar esos labios con los tuyos. A lo mejor luego subir, subir por los tejados y contarle a la luna o a los gatos salvajes lo que pasó. Algo que deseas fervientemente que se repita todas las noches y solo una.

¿Que podemos hacer para que el juego cambie?

Después de haber visto destruirse su mundo, de haber ella llorado lágrimas y enseñarte su parte más débil y vulnerable, piensas que quizás eres especial. A veces te sientes un dios menor que le secó las lágrimas.

Después de demostrar las palmas abiertas de nuestras manos, y de enseñar parte de nuestra alma. De hacer ver que no fallaremos en nuestra empresa ni en todas las arengas que nos sobrevengan solo podemos esperar a vernos resquebrajarnos por un futuro incierto que posiblemente no llega.

Mientras tanto, la moneda gira y esperamos poderla besar.

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