Me tomaba una ducha

Me tomaba una ducha, la necesitaba. Siempre que me sentía triste abría los mamparos de aquella placa blanca y me sumergía en mi propio submarino de la tranquilidad. El humo y el vaho alteraban mi visión como si estuviera en un sueño, pera no la dificultaba, era simplemente otra forma de ver el mundo. Un sistema para alcanzar mis pensamientos, una forma de embriagarme y edulcorar el día. El agua caía fuertemente sobre mi espalda mientras me apoyaba en los azulejos sin hacer ningún movimiento. La dejaba caer, resbalar, humedecerme y finalmente quemarme. Notaba un ligero picor, algo sanaba en mí durante aquellos instantes.

Veintiséis años ya viviendo y otros tantos duchándome y aun así no había cambiado, era mi rincón de pensar. Mi forma de ver el mundo, de analizarme cuando nadie me espiaba.

Mi método para aceptar una y otra vez los palos y curarme, el único que me hacia subir aquel escalón del fracaso para volver a luchar fuertemente por mis emociones y sentimientos.

Cuando era pequeño todo ocurría en un baño lleno hasta arriba de agua jabonosa con gel y champú. Algunas veces con un pequeño barco y mis juguetes. Poco a poco el método se fue renovando, la vida se hacía más dura y mis muñecos daban paso al colegio, al instituto y como no, a las niñas.

El agua me limpiaba y los sollozos eran menos cuando el sonido de una ducha pendía sobre tu cabeza, se llevaba las lagrimas rápidamente que caían en el sumidero del olvido donde siempre debieron estar. De donde nunca debieron salir.

Allí abajo en mi propia realidad alternativa, con toda esa agua, analizaba el miedo de las personas, el miedo a lo tangible. El miedo a cambiar de vida, a compartir experiencias nunca antes vividas o realizar aventuras solo alguna vez soñadas.

Siempre quise igual, siempre sentí lo mismo por aquellas personas a las que ame. ¿Desde pequeño logré comprender lo que es el amor? Quizás no, nunca nadie lo comprenderá. Pero, sabía sentirlo en todo mi cuerpo sin necesidad de mariposas y temblores de piernas. Tan sincero fue siempre que di el todo por el todo, algo que hoy en día nadie se merece. Siempre que fuera digna para entrar en mi corazón lo sería para que yo abriera mi alma a ella. No a una vida de vasallaje sino a algo compartido, siendo los reyes de nosotros mismos. Nunca fue bueno hacer eso, no con dieciséis o veintitrés años. Comprendí que el mundo no estaba preparado, pero llegaron los veintiséis y las llamadas a mi teléfono de amores olvidados que, habiendo vividos largas vidas amorosas con pillastres de poco lustre, señores poco avispados y cabrones en potencia se habían percatado de que lo que querían de verdad, y eso era lo que yo les di en aquellos momentos a todas y cada una. Un corazón sincero, un alma a estrenar. Una vida de risas, sueños y quizás aventuras. Claro que habría monotonía pero siempre deberíamos luchar cual guerreros para que no pasara. Buscaban por fin el te quiero que les ofrecía, un te quiero que no significaba “me perteneces” sino “te necesito en mi vida, en mi lecho, en mis sueños”. Era irónico que después de tantos y tantos años la cosa se torciera a mi favor, pero el destino es caprichoso y yo solo tengo un corazón, que se llena solo una vez y ahora ese sitio me correspondía a mi mismo. A mis principios y a mi ética.

Esta vez no, el tiempo pasado fue pasado. No es que no diera una segunda oportunidad es que di todas las oportunidades mientras quise a esas mujeres, después de eso el resto fue humo.

Humo como el que se iba difuminando al abrir el mamparo y salir de la ducha. Me miré en el espejo antes de que mi imagen fuera difuminada completamente por el vaho. Me observe intensamente y sonreí.

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