Tempestades

“Una suave brisa hacía oscilar el fuego.

Sus labios, rojos como el vino, se movían sensuales al son de las musas que danzaban con sus palabras. Su pelo, cayendo sobre sus hombros como una cascada de oro, servían de refugio a los elfos y a las hadas, allí reinaba la magia. En sus ojos nadaban las sirenas, en sus profundos y azules ojos nadaban las sirenas. Sobre su piel, fina, tejida de plata y seda, se deslizaban suavemente las sílfides, tiernas y delicadas como pececillos en un arrecife.

Se oscurecieron los mares y dejó de brillar la luna. Se rompió la copa de vino y no probé más su dulce sabor. Huyeron las musas de mi hogar derruido, arrasando las sílfides con el salón de mi casa. No cantan más las sirenas a mis ventanas abiertas y secas. Desgarró el viento las sedas de mi cama y se marchitaron las rosas que guardaba bajo mi almohada. Maldijeron los mitos mi vida con sus llantos.

Una suave brisa hizo oscilar el fuego apagándose las llamas.”

Pues eso.

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