Lollipop Burguer 5

Ernesto, 34 años.
Chapuzas profesional.
10 de noviembre de 2010.

La ranchera levantaba una nube de polvo a su paso por el camino que desembocaba en la carretera hacia la ciudad. La radio solo emitía ruido, y Ernesto maldijo por tener que buscar una nueva. Si ésta no tenía ni un año. Desde luego, las cosas antes se hacían mejor. Duraban. Estaba insistiendo con la radio y por un momento distrajo la atención del camino que tenía por delante, así que cuando vio al hombre que caminaba por mitad del carril de tierra sólo tuvo tiempo de dar un volantazo para esquivarlo por poco.

—¿Estás loco? —gritó con la cabeza por fuera de la ventana. Pero el caminante no pareció hacerle caso, le dedicó una lenta mirada y siguió con su pesada marcha.

El resto del camino se le hizo eterno, entre maldiciones y una fútil lucha por sintonizar algo en la radio.

Cuando llegó a la ciudad, el ambiente no le hizo ni pizca de gracia. Por todas partes había gente disfrazada de monstruos, zombis, asesinos, y todas esas cosas de las que se disfraza la gente en Halloween. Las calles estaban atestadas de gente, que invadían hasta el asfalto, vagando de un sitio a otro. Y el suelo estaba asqueroso. Ernesto odiaba Halloween. No entendía que la gente se disfrazara de muerto viviente, despreciando y ninguneando una amenaza tan seria como lo era la venganza del inframundo. Por eso, mientras la gente se disfrazaba y bromeaba, Ernesto se preparaba continuamente para luchar contra la inevitable invasión de los no-muertos, tuvieran la forma que tuvieran.

No estaba lejos ya de su casa, cuando al tomar una esquina algo golpeó fuertemente contra su ranchera, frenándola en seco y haciendo que se golpease la frente con el volante. Tardó unos instantes en recobrar el sentido, y cuando levantó la vista, casi se rompe el cuello de la sorpresa. Un imponente oso se erguía frente al acordeón en que se había convertido la chapa delantera de su ranchera, y rugía, visiblemente molesto por el atropello. Ernesto dio marcha atrás todo lo aprisa que pudo, rodeó al oso y aceleró de nuevo en dirección a su casa. La gente estaba loca, ¿qué cojones hacía un oso suelto por la calle en Halloween?

De repente cayó en la cuenta. Miró el calendario. Miró el reloj. 10 de noviembre. Claro, si él se había ido de acampada extrema como parte de su preparación habitual tan solo tres días antes de Halloween, y había estado alrededor de dos semanas fuera, ¿cómo iba a ser Halloween todavía? Entonces, ¿por qué iba la gente disfrazada aún?

Observó a la gente. Caminaban despacio. A veces veían algo que les llamaba la atención, y entonces corrían. Gemían o gritaban, siempre pidiendo comida. Entonces vio que, aunque casi todos estaban comiendo, no eran alimentos normales lo que tragaban. Tres niños disfrazados de parca se estaban dando un festín con un neumático arrancado de un coche que había un poco más allá. Un cavernícola intentaba mordisquear un buzón. Tres enfermeras-rameras se comían los restos de un perro. Dos zombis devoraban los restos de lo que parecía otro hombre. El espectáculo era grotesco. Desgarrador. Terrorífico. Abrumador. Escalofriante. Torrefacto.

¡Zombis! ¡La gente se había convertido realmente en zombis! Su mayor temor, y a la vez su mayor deseo, se había hecho realidad. Toda la vida entrenando y preparándose para este momento, ¡al fin!

Abrió la guantera, sacó su viejo revólver, comprobó que tenía munición, y pisó el acelerador a fondo. Tenía que llegar a su casa, era vital. Su casa, su bunker, allí estaría a salvo y podría trazar un plan de supervivencia y recuperación de la humanidad. Atropelló a zombis, parcas, esqueletos, cavernícolas, e incluso un león que no tenía aspecto de ser un disfraz, aunque igual ahora podría servir como tal. Disparó con la mano por fuera de la ventanilla, con mayor o menor acierto, pues la ranchera a toda velocidad no era el mejor lugar desde el que disparar. Acabó con un par de vampiresas picantonas, una diablesa, un fontanero, y una princesa montada a caballo.

Llegó por fin a su casa. Dejó la ranchera en la calle, bajó todos sus bártulos y subió los peldaños que conducían a su puerta. Tuvo que disparar a un par de engendros más que se acercaron al ver que llegaba alguien. No le gustaba tener que disparar, seguramente todas las criaturas en los alrededores habrían escuchado el ruido, y aún no sabía si acudirían a la llamada. Tenía que estudiar este tipo de infección, sería su prioridad una vez estuviera bien fortificado en su casa.

Cuando entró, descubrió que alguien se le había adelantado. La casa estaba bastante revuelta, la cocina estaba saqueada, y se habían llevado los cuchillos más grandes. Confiaba en que al menos no hubieran descubierto el sótano. Pero no tenía tiempo que perder, los infectados empezaban a aparecer por la calle, y algunos corrían hacia su casa. Sacó una pesada maza que tenía oculta estratégicamente bajo el sofá, golpeó enérgicamente los peldaños que conducían a su puerta hasta que quedaron reducidos a escombros, cerró la puerta de madera maciza, y la atrancó con el mueble de la entradita, una especie de cómoda bastante fea y que nunca había tenido demasiada utilidad, pero que mantenía cerca de la puerta para cuando llegara el momento. Lo tenía todo calculado, todo bajo control. Bueno, lo del saqueo no. Buscó unos listones de madera que tenía preparados para la ocasión, pero no estaban. Alguien habría visto su utilidad y ya no estaban. Bueno, el fondo del sofá serviría.

Cuando hubo terminado de bloquear la puerta, las criaturas se amontonaban ante la escalera frontal. La mayoría tropezaban y caían debido a los peldaños rotos, pero algunos de aquellos monstruos conseguían llegar junto a la puerta, e incluso forcejeaban brevemente antes de caer de nuevo por culpa del grupo que luchaba por ocupar su posición. Ernesto sabía que no tenían ninguna posibilidad de entrar, pero del mismo modo, mientras estuvieran ahí, él tampoco podría salir.

Necesitaba información. Necesitaba saber de cuántas provisiones disponía. Necesitaba saber cuánto tiempo mantendrían la atención aquellas criaturas, cuánto tiempo recordarían haberle visto entrar. Necesitaba saber si las fuerzas de seguridad estaban al tanto de la invasión, si llegarían en algún momento, o si ya nunca llegarían. En su bunker en el sótano tendría que estar el viejo aparato de radio, provisiones para un buen tiempo, y armamento especializado para enfrentarse a todo tipo de zombis, infectados, no-muertos o lo que sea. Por una vez, sólo por una vez en la maldita vida que llevaba, las cosas le podrían salir bien. Sólo si nadie había descubierto la trampilla oculta bajo la alfombra del salón.

Un sudor frío le recorrió la espalda. Volcó la mesa que estaba sobre la alfombra sin ningún tipo de miramientos, y dio un tirón a la alfombra, con tanta energía que resbaló y cayó de espaldas. Sintió un fuerte dolor en la cabeza, los gemidos ante la puerta sonaron cada vez más distantes, y la oscuridad le fue envolviendo hasta que no quedó nada más.

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