Lollipop Burguer 4

He aquí mi primera incursión en el Especial de Halloween, esta parte trata un poco sobre el comienzo para que os vayais haciendo una idea. Poco a poco se irán descubriendo más cosas, pero debeis tener “pasensia”. Espero que os guste.

Ramón, 38 años
Camionero
17 de Octubre de 2010
Una semana antes de la infección

–“Estaba el señor don gato, sentadito en su tejado ¡¡maramamiau miau m…!!”
–¡Venga hombre que vas a llegar tarde!
–¿Es que nunca me vas a dejar cantársela entera? Bueno, dentro de dos días estaré de vuelta. Adiós cariño. –Y le di un beso en la frente tapándola con su edredón de colorines.

Salí con mi mujer de la habitación para seguir hablando en la intimidad, aprovechando nuestros últimos momentos a solas hasta que me fuera para hacer el envío.

–Noto algo extraño Ramón –me confesó Claudia, mi mujer–. Hay algo raro en el ambiente.
–Sí, yo también lo noto. Me parece que se me olvidó tirar de la cisterna –dije, y me eché a reír frente a la cara de pocos amigos de mi esposa–. Venga mujer que no pasa nada, ni que fuera la primera vez que me voy.

Solía gastarle bromas antes de salir a conducir el camión. Eso me despertaba un poco y además la calmaba; sufría cada vez que tenía que estar varios días sin su marido.

–Bueno ya es la hora, me tengo que ir. Tengo que recoger a Rogerio. La empresa quiere entregar las hamburguesas sin ninguna demora, y nos han mandado turnarnos durante el viaje para que lleguemos a tiempo.

Ambos nos abrazamos y besamos, despidiéndonos con un te quiero unísono. Tras esto, cerré la puerta y marché a cumplir con mi labor.
Me percaté que mi mujer me miraba a través de la ventana, seguramente asombrada por mi ropa. Iba vestido con mi peculiar estilo camionero: gorra roja y chaleco de abrigo naranja encima de la indumentaria de la empresa de colores lila y rosa. No es que me gustara ir vestido así, pero la empresa mandaba y debía ir vestido con los colores de la misma. Nada que ver con la impecable bata blanca que usaba Claudia en su farmacia.

Subí al camión repleto de hamburguesas y pan, y dejé la mochila a un lado para poder arrancar el camión. Comenzaba mi viaje.

–Veamos que ponen en la radio.

Acto seguido sonó un anuncio que me resultaba bastante familiar a la vez que estúpido:

–“¡Lollipop, Lollipop! ¡Uhh! ¡Lolli Lollipop! ¡Burguer!” –La sintonía era idéntica a la canción Lollipop de los años cincuenta–. ¡Atención chicos y chicas del mundo porque esta semana en Lollipop Burguer comeréis carne como zombis! A partir del día 18 de Octubre en todos vuestros Lollipop Burguers comienza la “Semana Fantástica”: ¡menús a mitad de precio con bebidas totalmente gratis! ¡Y por la compra de cuatro menús sólo pagas el primero! ¡Recuerda: compra cuatro y pagas uno! ¡Además disfruta con nuestros regalos especiales de Halloween: máscaras, colmillos, caretas, maquillajes y mucho más! ¡¿Te lo vas a perder?! “¡Lollipop, Lollipop! ¡Uhh! ¡Lolli Lollipop! ¡Burguer!” –El anuncio terminaba con la misma cancioncilla estúpida con la que empezaba.

Si no fuera porque en esos momentos era la empresa Lollipop Burguer Inc. la que llevaba el dinero a casa, no hubiera dudado en volcar el camión allí mismo… ¡Qué lástima que no lo hice!

No pasaron ni quince minutos cuando ya me encontraba en la casa de Rogerio. En el transcurso del viaje no había ni un alma en la calle y la noche era bastante cerrada. Auguraba un viaje largo y aburrido.
No hicieron falta ni pitadas con el claxon puesto que Rogerio estaba saliendo por la puerta de su casa, uniformado como yo y con la misma cara de desánimo.
Subió al camión y me saludó con un leve movimiento de cabeza. Llevábamos cinco años trabajando juntos, así que nos conocíamos bastante bien.

–¿Qué tal Roger? –Así es como lo llamaba yo, como si fuera inglés.
–Podría estar mejor, ando un poco malo del estómago.
–Eso se te quita en cuanto pruebes una “Lolliburguer especial de Halloween” –le dije en tono burlón mientras metía primera.

Estuvimos hablando de nuestras cosas casi media hora, hasta que Roger me dijo cansado:

–Bueno, voy a echar una cabezadita a ver si me mejoro. Cuando estés cansado me das el cambio.
–Vale, no te preocupes. Puedo aguantar dos horitas más.
Sin más dilación, apoyó la cabeza sobre el cristal y en dos segundos ya estaba roncando.
–¡Qué habilidad! –Pensé.

A base de café del termo conseguí aguantar unas 4 horas al volante. Estaba escuchando un interesante debate sobre Lollipop Burguer y su más que cuestionable calidad y seguridad sanitarias.
Los ingredientes de aquellas exitosas hamburguesas eran sumo secreto en la empresa, y más aún fuera de ella, así que es de suponer que tanto Roger como yo no sabíamos nada sobre eso, aunque los rumores siempre estaban ahí. Las historias y procedencias un tanto estrambóticas de los alimentos iban de boca en boca hasta convertirse en leyendas en las que ya no se sabía qué era lo cierto.

Paramos en un área de descanso para desperezarnos y estirar las piernas, y así aprovechar para comer algo.
Era una noche fría y oscura, sin luna ni estrellas. Ambos nos sentamos en un merendero de madera de los muchos que había allí, el único que aún tenía iluminación: apenas dos farolas medio fundidas alumbraban escasamente aquel merendero a base de tintineos y apagones fugaces. Los demás permanecían sumidos en la oscuridad dando la apariencia de que llevaban tiempo abandonados y dejados de la mano de Dios.

–¡Vaya!¿Hace frío, no? –dijo Rogerio frotándose las manos.
–La verdad es que sí –respondí mientras abría la mochila y sacaba los bocadillos especialmente envueltos por mi amada señora.
–¡Vaya! –exclamó Rogerio–. Yo no me he traído comida. Como andaba algo malo del estómago no me acordé de coger nada, pero la verdad es que ahora tengo un hambre que me muero.
–Bueno, no te preocupes yo te doy un bocadillo.
–Déjalo, no pasa nada. Cogeré una hamburguesa y la caliento en el microondas del camión.
–¿Estás seguro? A mí no me importa darte uno. ¿Vas a arriesgar tu vida comiéndote una Lolliburguer? –dije de broma, a la que Roger respondió riéndose.
–Seré el primero en probar la nueva “Lolliburguer especial de Halloween”. De todas formas el camión va hasta arriba, nadie notará que falta alguna hamburguesa. Ya sabes cómo son las entregas: el encargado casi nunca está y el chavalito que las recoge no tiene ni idea.
–Bueno… –Ante eso no podía recriminarle.

Los dos nos dirigimos a la parte trasera del camión y abrimos la puerta. No sé si era por el hambre o por los ingredientes sumamente cancerígenos que componen esas hamburguesas, pero el olor era tan sumamente atrayente que casi nos hipnotizó.
Entre los dos rebuscamos en las cajas y Rogerio cogió dos hamburguesas con sus respectivos panes. Me senté en el merendero mientras Roger calentaba sus hamburguesas en el microondas de la cabina.
Vino a paso rápido con las Lolliburguers en la mano y se sentó frente a mí. Le dio un bocado, la masticó, la saboreó, se la tragó, y finalmente sonrió exclamando:

–¡¿Cómo es posible que esta porquería esté tan buena?!

Me intrigó cómo sería el sabor de la hamburguesa y estuve tentado de probarla, pero me atrajeron más mis bocatas caseros.

–Están buenísimas –repitió Roger con la boca llena. Ya casi se había acabado su primera hamburguesa.

En un abrir y cerrar de ojos Roger se levantó de nuevo y cogió un par más hamburguesas para comérselas como si de un bulímico se tratara.

–¿Qué haces? – le dije.
–¡Coger más! ¡Están de muerte! –me respondió mientras corría hacia el camión.
–¡Veo que te has recuperado! –le grité.

Me terminé mi comida y Roger seguía comiendo como si no hubiera mañana. Me quedé estupefacto viendo como engullía las hamburguesas cuando de repente se apagó la farola dejándonos a oscuras más tiempo de lo esperado.

–¡Vaya, qué oportuna! –dije mirando la farola–. Ya va siendo hora de que retomemos el viaje Roger.

No me contestó nadie.

–¿Roger? –repetí.

La luz volvió a la normalidad, pero Roger no estaba allí. Volví al camión a ver si estaba, pero en la cabina no había nadie.

–Roger no te escondas que te toca conducir a ti–dije intentando bromear, aunque la situación no me hacía ninguna gracia.

Nadie respondía. Me dirigí hacia la parte trasera del camión llamando a Roger sin conseguir ninguna respuesta hasta que me asomé y vi a Roger comiendo más hamburguesas.

–¡Roger! –le grité.

No me hizo el más mínimo caso.

–¡Roger! –le grité de nuevo aún más fuerte. Volvió en sí y me miró–. Venga nos vamos ya.
–Sí… sí –respondió.
–¿Qué coño te pasa? ¿Por qué no me contestas?
–Que estaba comiendo y no te he oído, no pasa nada Ramón. ¡Venga que conduzco yo! ¡Me llevo una para el camino!

Por fin reanudamos nuestro viaje. Esta vez conducía Roger, así que saqué mi pequeña almohada y me recosté sobre el cristal de la ventana.

Me desperté al notar que el camión se había parado. Estábamos en el arcén en mitad de una autovía. Giro la cabeza y veo a Rogerio bastante pálido y sudoroso.

¬–Oye, ¿estás bien Roger?
–Estoy algo mareado y tengo ganas de vomitar –Estaba ardiendo y como agarrotado; aguantaba el volante con bastante fuerza.
–Normal, has comido demasiado y te habrán sentado mal. Venga, conduzco yo hasta el final.

Salí del camión para ponerme de conductor mientras Roger se ponía de copiloto. Al entrar veo a Roger inclinado hacia abajo y vomitando en el suelo de la cabina. El vómito tenía un aspecto como verdoso, aunque sabiendo todo lo que había comido no era de extrañar.

–Quiero más hamburguesas –balbuceó, pero no le hice caso y lo puse cómodo abrochándole el cinturón de seguridad.

Seguía pidiendo hamburguesas cada vez más furioso. No sabía que le pasaba, nunca se había mostrado tan agresivo, así que cogí unos tranquilizantes del botiquín del camión y se los di. Solía tener un poco de todo en el botiquín, es lo que tiene ser marido de una farmacéutica.

Conduje sin parar hasta que llegamos a Aspiración Hill. No hacía falta adentrarse en la ciudad ya que al Lollipop Burguer que íbamos estaba más hacia las afueras, cercano a los bosques que rodean el pueblo. Llegamos bastante temprano, por lo que era de esperar que no nos esperara nadie; de hecho no había nadie en la calle. Apenas estaba amaneciendo y una escasa niebla se apreciaba alrededor.
Paré justo al lado del burguer y miré a Rogerio, al parecer estaba dormido como un tronco; normal, con lo que le di tenía para un rato. Salí del apestoso camión. Con las prisas no limpié el vómito y el olor era un poco insoportable.
Rodeé el camión y le abrí la puerta a Roger.

–Roger, ya hemos llegado. Despierta –le dije, pero estaría en sueño profundo porque no hizo ningún gesto.
–Vamos princesita –dije otra vez zarandeándole con las dos manos.

En ese mismo instante Rogerio abrió los ojos de par en par mirándome fijamente. Me percaté que sus ojos habían cambiado: eran amarillos. Se movía de una forma extraña y me seguía con la mirada. Suponía que eran efecto de los tranquilizantes, pero no estaba seguro.
Instintivamente di un paso hacia atrás, a lo que Rogerio respondió agresivamente intentando abalanzarse sobre mí con un gemido gutural.
Cerré los ojos e intenté correr hacia atrás tropezándome y cayendo de espaldas sobre el suelo. Con los ojos cerrado esperé que aquel bicho (estaba seguro de que eso no era mi compañero Roger) acometiera sobre mí, pero no lo hizo. Abrí los ojos y vi como el cinturón de seguridad le impedía salir del camión, pero a base de fuerza y empujones logró salir del cinturón y del camión para atraparme.
Corrí asustado hacia el bosque para intentar esconderme o despistarlo, pero aquel bicho corría más de lo que esperaba.
Me siguió hasta bien adentrado en el bosque; esa cosa no se cansaba, al contrario que yo. Giré la cabeza varias veces y veía como se acercaba poco a poco. Notaba que me faltaba el aliento cuando algo me agarró por detrás y me tiró al suelo mordiéndome el chaleco cerca del cuello. Lo tenía justo encima de mí con las fauces abiertas escupiendo una mezcla de sangre y vómito mientras gemía sin parar e intentaba morderme el cuello.
En un último esfuerzo miré a mi alrededor y cogí una piedra contundente y se la estampé en la cabeza varias veces desparramando sus sesos por la hojarasca del bosque.
Recobré el aire y me puse de pie totalmente ensangrentado de los restos de aquella bestia. Sentí un dolor punzante en la espalda, donde la criatura había mordido el abrigo. Me toqué y comprobé que había sangre en mis dedos. No creía lo que estaba pasando: acababa de matar a mi amigo porque intentaba comerme.
Vagué por el bosque intentando volver al camión para conseguir ayuda pero estaba confuso y cansado, había perdido mucha sangre y la herida me quemaba. Sentía un calor intenso que penetraba en mi cuerpo y me consumía.
Poco a poco se me nublaba la vista y perdía equilibrio. Estaba agotado y no podía más. Me apoyé sobre un árbol y caí a la hojarasca cerrando los ojos para siempre… o no.

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