El ataque de los cangrejos asesinos 6

Me consta que era esperado por muchos, todos decian que esta historia no se tiene que quedar estancada, y no lo hará.

Aqui viene pues sin mas dilación un pequeñito adelantón a….

Pinzas, el ataque de los cangrejos asesinos.

Parte 6

—Tony, cálmate, discutamos esto en frío, ¿vale? Chicos, bajad las armas —desde debajo de la mesa podía escuchar al sheriff intentando controlar la situación—. ¿Ves, Tony? Ahora dejo mi arma en el suelo —él sin embargo creo que no para de apuntarle.
—Carpenter —dice mientras llora—, se han comido a Daisy, esas cosas.

El sheriff, aquel niño joven, parecía tranquilo como nadie: mientras todos estaban tensos él lo trataba como una persona normal, ni aumento de la sudoración, ni nerviosismo… nada. Por un hueco de la mesa podía ver al sheriff tranquilamente apoyado sobre mí, en su escritorio, y a Tony apuntándolo con el arma.

—Tranquilo, Tony, ahora voy a coger mi sombrero, lo tengo encima del ordenador, ¿lo ves?, y vamos a salir fuera tranquilamente a charlar.

—No, sheriff, ahora vendrá conmigo al río o le dispararé.

—No lo harás. Para lo que necesites estoy fuera esperándote, tú mismo. A los demás ni se os ocurra dispararle a no ser que sea en defensa propia, así que las armas bien guardaditas.

Escuché los pasos del sheriff Carpenter alejándose tranquilamente y saliendo de la comisaría. Dentro solo había silencio rasgado por el sonido de los ventiladores en el techo. Por el hueco de la mesa pude ver como los policías tenían a Tony rodeado y como éste miraba a todos lados desesperado. Los polis sudaban y estaban totalmente inquietos, las piernas les bailaban de un lado a otro cambiando el centro de gravedad constantemente y sus manos siempre estaban cerca de las cartucheras. Tony balbuceó algo y se dirigió a la puerta pistola en mano, los agentes de la ley le hicieron un hueco para que saliera y la puerta se cerró tras de sí.

Se armó un gran revuelo dentro de la comisaría, todos se pegaron a las ventanas y yo salí de detrás de las mesas y pude ver que más gente había imitado mi postura. Corrí hacia la puerta y sin escuchar nada pude ver como Carpenter y Tony estaban sentados ambos en los escalones de la entrada de espaldas a nosotros y hablando tranquilamente. Minutos más tarde Tony le daba su revólver y dejaba el resto del perro en el escalón. Acto seguido el sheriff le enseñaba sus esposas a lo que Tony resignado hacía un gesto afirmativo con la cabeza y alargaba sus brazos para ser ajusticiado por aquel artilugio. Ambos se levantaban y entraban en la comisaría.

—Llevadlo a la celda 2 —dijo Carpenter—, los de la científica que recojan ese cadáver de perro y lo analicen, y usted, John, ¿verdad?
—¿Sí?
—Su petición de ir a casa del viejo doctor tendrá que esperar, me gustaría que viniera a la casa de Tony, allí hay una sección del río que me gustaría ver con usted, ¿le parece?
—Sí, sin problema, antes de que ocurriera todo esto lo he llamado y no contestaba nadie.
—Tú, chaval —dijo dirigiéndose a un subalterno—, localiza al doctor en su casa, si no contesta acudid con una patrulla allí, y por favor, que alguien llame a los padres de Mona y averiguad si su hija está en casa.
—Bien, señor, le mantendremos al tanto.
—Ahora, John, venga conmigo, y ustedes tres también, andando.

Salimos de la comisaría rápidamente mientras me preguntaba una y otra vez cómo había podido aquel joven hacer la hazaña que acababa de presenciar.

—Vosotros tres, coged un coche, el doctor y yo vamos en el mío.

Me monté así en el coche de Carpenter. No era el típico coche de ciudad, se notaba a la legua, ya que estaba ordenado, limpio, y no había restos de comida por ningún lado.

—Señor John, ¿es usted doctor?

—Si lo fuera no sería de los que curan, sheriff, pero no, aún no lo soy, solo biólogo.

—En este pueblo a un biólogo lo considerarán un doctor, John, espero no se moleste demasiado por eso.

—Oh, por supuesto que no.

Mientras el sheriff conducía había gente que lo saludaba con la mano alegremente.

—Parece, señor Carpenter, que aún no se han perdido las buenas costumbres.

—Solo durante el verano, John, llegan los miles de turistas y durante esos meses nos abandonan esas costumbres, pero bueno, después llega el invierno y volvemos a ser los mismos parroquianos de siempre.

—Ya le queda menos para sufrir de nuevo.

—Bueno, si usted abre las playas —el coche se paró en un semáforo y Carpenter se acercó a mí—. Quiero que quede una cosa clara, si hay algo peligroso merodeando por ahí, le ruego que aunque el pueblo pierda muchísimo dinero y el alcalde o los comerciales intentensobornarle, sea justo y no permita que nadie muera.

—Nunca podría hacerlo.

—Bien, bueno, pongamos música, ¿quiere? Mire en la guantera, tengo que tener algo nuevo por ahí.

—Sí, aquí está, es… a ver —dije mirando la carátula de la cinta de casette—. Vaya, Simon y Garfunkel.

—Póngalo, ¿quiere?

A ritmo de Miss Robinson nos adentramos en el camino del río y llegamos así a la casa de Tony.

Era una pequeña casa de madera muy estilo militar, con su bandera de Estados Unidos ondeando y su porche con esa silla donde se sientan los veteranos de guerra a mirar pasar a la gente con una lata de cerveza, aunque claro, aquí a poca gente iba a ver pasar.

—Entremos, John.

—Pero, ¿la puerta?

—Lo siento, Tony, no creo que la haya cerrado, confía mucho en el miedo que inspira a los lugareños.

—¿Y eso por qué?

—Luchó en la Segunda Guerra Mundial e hizo algunas misiones en la Guerra Fría, nunca habla de esas misiones, pero créeme, tuvieron que ser muy jodidas. Cuando se retiró se construyó esta casa él mismo y se vino a vivir con los perros. No quiere nada con la humanidad.

—¿Por qué se retiró? No está en edad de jubilarse.

—Nadie lo sabe con certeza.

—¿Entramos?

 

Continuará….

Muchas gracias a David por hacer posible que todas mis obras sean legibles, y le deseo mucha suerte en estos días futuros.

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