Lollipop Burguer 3

Bueno debo decir que el proyecto, aunque lento cual muerto viviente continua poco a poco. Otra Historia más de este arco argumental os espera. ¡A disfrutadla!

ESPECIAL HALLOWEEN 3ª Parte

Lucas, 20 años

Dependiente Lollipop Burguer

18 de octubre 2010

Semana Fantástica Lollipop Burguer

De vuelta a empezar otra vez, de nuevo el horrible sonido de mi despertador de Bob Esponja me saca del mundo de las fantasías sexuales en las cuales tengo un collar de perro al cuello y una morena me pega cachetes en el culo para que ladre, siempre justo en lo mejor. Mientras me desperezo el despertador sigue “Vive en la piña debajo del mar… Bob Esponja”. La vejiga está a punto de estallarme cuando me pongo de pie y voy corriendo al baño sin apagar el despertador, que sigue con su horrible canción. No puedo miccionar, mi pene está lo suficientemente erecto como para no dejar pasar la orina, así que tendré que ayudarle de alguna manera. Me siento en la taza del váter y cojo una revista bastante antigua pero que siempre ayuda en estas ocasiones. Ahí está la gran Greta Garbo, pero hoy no me apetece ella, paso la acartonada página, bastante desteñida por el paso de los años y de las cosas que le han caído encima, y me encuentro con Úrsula Andrés y su bikini mítico en aquella peli de James Bond. Tú eres la elegida, amiga, mientras tanto “Bob Esponja, Bob Esponja”.

Por fin pude eyacular, mear y cagar, así que ahora me iré a la ducha, no sin antes apagar el despertador. Me desnudo y acto seguido mi piel empieza a sentir ese frío que solo experimentas cuando crees que saldrá agua caliente y el grifo una vez más te engaña. Las placas solares de casa están gastadas, así que otra ducha fría será.

Cuando salgo me afeito lo que puedo arrancándome de cuajo varios granos que se desperdigan contra el frío cristal del lavabo. Me lavo los dientes mientras me sangran las encías y me como algo de pasta, una conducta que tengo desde pequeño pero que me encanta. Por fin peinado con la raya en medio y con un poco de Nenuco en mi cuerpo bajo a la cocina a prepararme el desayuno.

Mientras veo la teletienda me preparo un cuenco de cereales con poca leche, ya que solo quedaba el culillo, pero bueno, sobreviviré. Me preparo un zumo de naranja con la mayor cantidad de pulpa posible, pues mi exprimidor hace años que se agrietó y la función de colar la perdió antes de yo nacer.

—Asquerosamente rico —comento mientras veo el anuncio del alargador de pene propio de la madrugada—. Algún día dejaré este trabajo, lo juro.

El reloj de cuco del salón canta las cinco y media de la mañana. Hora de irse. Cojo la mochila con el uniforme y salgo de casa a por mi vehículo más preciado, mi bici princesa, me la regaló papá cuando aún vivía y yo tenía seis años. Cuando te regalan tu primera bici no se olvida, aunque sea rosa porque es la única que había de segunda mano en la tienda y tenga ese horrible cestito de niña. Aprendes a quererla como si fuera tu caballo propio. Ups, olvidaba una cosa, subo de nuevo a casa y entro en el cuarto de mamá, mi anciana mamá. La tapo, pues se mueve mucho por las noches, y le doy un beso en su arrugado moflete.

—Dulces sueños, mami —le digo mientras sonrío.

Esta vez bajo de nuevo corriendo mientras se activan los aspersores del jardín, bueno, el aspersor del jardín, el otro está roto desde hace años. Casualmente tengo la bici en el lado que funciona y me pongo perdido mientras la saco a la carretera.

Respiro el frío aire otoñal del bosque, toda la carretera está llena de hojas, a dos kilómetros está el pueblo, el estupendo Aspiración Hill. Así que vamos a pedalear, pero antes me pondré los cascos de walkman que nunca viene de más escuchar algo de música clásica.

Al cabo del rato entro en el pueblo, el cartel me saluda como cada día. Bienvenidos a Aspiración Hill, un lugar para respirar. Población 7000 habitantes. El pueblo está compuesto por pequeñas casas bajas de dos plantas con sus jardines, y a medida que se adentra uno en él aparece el sector más urbanizado con sus edificios y sus empresas.
Aun así mi trabajo está donde el sector de casas bajas, como casi todo lo que no fueran pisos baratos y grandes edificios empresariales. Allí en mi trabajo yo ejercía el control, era ingeniero en distribución de productos cárnicos y atención al cliente. Allí estaba mi hogar de trabajo. Un aparcamiento grande, para muchas plazas de coche, y en el centro justo una casa baja, cuadrada con un gran cartel de neón que ponía LOLLIPOP BURGUER, ahora apagado, claro. Yo era el encargado y, bueno, aunque fuera una empresa grandísima en este pueblo yo era el jefe.

Dejé la bici con el pitón, allí estaba el camión de suministros esperándome, saludé al conductor alegremente mientras éste ignoraba mi saludo y entré por la puerta de atrás para cambiarme y ponerme el uniforme de trabajo. La puerta de atrás daba directamente a los vestuarios que consistían en cuatro taquillas y un banco en el centro donde poder sentarte para cambiarte. Así que eso hago, como encargado me toca recibibr los pedidos todos los lunes, así que abro mi mochila y me pongo el uniforme rosa y lila de la empresa con su gorrito a juego. Abrí mi taquilla para guardar la mochila matando a dos cucarachas que salen espantadas, espero no haya otra vez en la cocina, porque si no me queda bastante trabajo antes de abrir.

Fuera, el camión estaba solo, no había rastro del conductor, la puerta estaba abierta y las llaves puestas. Así que subí y examiné el asiento. No había nada salvo restos de lo que parecía ser un vómito. Borrachos, seguro que había ido a buscar algún bar abierto para que se le pase el síndrome de abstinencia. Bueno, lo haré yo solo, que a las ocho tengo que abrir. Cogí las llaves y me las guardé, fui al vagón de atrás del camión y lo abrí. Atrás había varias cajas tiradas por el suelo, vaya, parece que hubiera entrado alquien aquí detrás. Pero no, lo examiné y no había nada, solo cajas de hamburguesas y cajas de pan. Así que debo comenzar a meterlas todas en el almacén del burguer. Vaya, se han pasado con la carne, pero bueno, voy a llamar entonces, por si acaso es un error.

Voy a la cocina a coger el teléfono pero empieza a sonar antes de ni siquiera tocarlo, así que lo cojo esperando como siempre que sea algún borracho o error.

—¿Es usted el encargado Lucas, de la población de Aspiración Hill?

—Sí, soy yo, ¿ocurre algo?

—Le llamamos de la sede de Lollipop Burguer, como usted verá, señor Lucas, el camión contiene un pedido cuantiosamente mayor de lo normal. Se debe a que hoy comienza la semana fantástica en toda la multinacional Lollipop Burguer. Dentro del camión, en una de las cajas, podrá leer lo que hay que hacer.

—¿Señor?… Vaya, ha colgado.

Voy al camión de nuevo y entro en el vagón de detrás donde comienzo a abrir todas las cajas hasta que doy con una llena de poliespam o trocitos blancos de corcho. Saco de ella un libro de instrucciones donde se lee “La semana fantástica”. Lo abro y comienzo a leer.

Capítulo 1

Ha comenzado la semana fantástica en Lollipop Burguer, durante siete días todos los pedidos estarán a mitad de precio además de la gratuidad de las bebidas en los menús.
Por la compra además de cuatro menús solo tendrá que pagar el primero, así que a comer se ha dicho.

Se debe conservar la carne en un lugar fresco o a temperatura ambiente siempre que sea posible.

Para prepararla se deben cocinar a más de 100 grados y por ambas caras los medallones de carne, ya que la inestabilidad de los ingredientes disminuye a altas temperaturas.

La fecha de caducidad es a partir de diez años.

Algunos efectos adversos del consumo prolongado de esta carne van desde la diarrea acuosa pasando por ingestiones estomacales con borboritmos y metiorismo profuso culminando en muerte súbita.

La retirada rápida a clientes con adicción pueden dar un efecto rebote y un síndrome de abstinencia donde necesite seguir ingiriendo el producto de forma desenfrenada. Se aconseja por tanto el servicio de comida a domicilio para estos clientes especiales.

Usted como encargado deberá comprender todas estas intrucciones y no revelarlas a nadie bajo pena de despido para siempre de la empresa.

En esta caja y otras más encontrarás carteles y posters que deberás pegar por las calles del lugar anunciando la semana fantástica.

Buen trabajo.

El resto del libro eran otros idiomas así que lo cerré y ahora voy a guardar toda la carne en la cámara frigorífica, aunque sé que toda no va a caber.

Efectivamente después de media hora sacando carne tuve que almacenar lo restante debajo del mostrador y en el vestuario. Esto atraería a demasiados insectos y animales, pero bueno, no seré yo el que coma una hamburguesa del trabajo. Es cierto eso que dicen que cuando ves cómo funciona un sitio por dentro te revuelve el estómago como hizo conmigo el Lollipop Burguer, pero me reservo mis opiniones.

Me puse pues a calentar las planchas y a limpiar un poco aquello de inmundicia mientras comenzaron a llegar los tres empleados que quedaban. Entre ellos estaba Sofía, tan prepotente como siempre pero increíblemente guapa. La mujer ideal. La mujer que nunca voy a tener.

—Hola niño, voy a ponerme el uniforme, así que ni se te ocurra entrar en el vestuario, y dile a esos dos que salgan a la de ya.

—Sí, Sofía. ¡Ey, vamos, salid, ya sabéis que la señorita se cambia sola! Venga, id a mirar si las planchas están calientes —mientras ordené la caja registradora y las tapaderas de los vasos de refrescos.

Sofía salió malhumorada como siempre, pero con ese pelo radiantemente largo y los labios pintados.

—Sofía…

—¿Qué pasa? —me dirigió la palabra un poco cabreada.

—Llevas el pelo suelto, sabes que debes…

—Ah, sí, verdad… Perdona, es que venía escuchando la radio y estoy hasta los cojones de ese político, ese tío que defiende lo indefendible.

—La verdad es que no me suena.

—Pues hay carteles por todas partes, el pueblo está lleno, es que se está alojando aquí, llegó ayer.

—Iría pensando en mis cosas.

—Sí, claro, tú como siempre.

—Bueno, empezamos las semana fantástica.

Y así fue como le expliqué a aquellas tres personas que trabajan de sol a sol por 300 euros que esta semana tendríamos que trabajar el cuádruple y que las colas llegarían hasta la esquina siguiente. Y así fue.

***
La semana fantástica se transformó en la semana más larga y ajetreada de mi vida. Pedidos y más pedidos, el aparcamiento del Lollipop Burguer siempre estaba lleno, las colas a pie llegaban hasta el otro lado de la calle y en el auto-burguer colapsaban toda la carretera. Llegaba a casa afónico de chillar, ya que entre tanto barullo debía elevar la voz, hubo peleas y broncas varias. El cine encargaba macropedidos, el centro comercial también, había una hamburguesa en cada casa, me sorprendió que el hospital encargara un gran pedido. Eso no es “comida sana” que digamos. Llegaba a casa y ya estaba mamá dormida, ponía la tele un rato y solo echaban anuncios de la teletienda y del Lollipop Burguer. Este pueblo en una semana se había puesto gordo. Y lo peor aún estaba por llegar.

***
Una semana después el Lollipop Burguer fue cerrado por Sanidad, no me extraña, alguien se tendría que dar cuenta, lo cierto es que no dieron explicación ninguna. Nos enviaron un comunicado con el finiquito de cada empleado y esa misma noche comenzamos a cerrar la tienda, ya se habían ido todos menos Sofía y yo.

—Por fin terminamos, ¿eh, Sofía? Creo que ya puedes irte, yo acabo de recoger —dije como todos los días.

—Muy bien, gracias, Lucas. Pues me voy a casa, tú te encargas, ¿no? —me preguntó tan despreocupada como siempre por las vidas de los demás. Será egocéntrica.

—Sí, claro, total, mi madre se debe estar acostando y no tengo a nadie que me espere, así que ala, hasta luego.

—Adiós, Lucas —diciendo esto Sofía resbaló en el grasiento suelo y pude sentir el crujido de su tobillo al doblarse en un ángulo extraño e imposible; luego vino su grito.

—Sofía, ohh dios, espera.

—Ayúdame imbécil, me duele mucho.

—Voy, voy, espera —la sujeté y la levanté mientras gritaba—. Tranquila, vamos, te llevaré a tu coche.

—No voy a poder conducir, idiota.

—Tranquila, iremos al hospital, yo te llevaré, no es difícil. Me saqué el carnet, lo que pasa es que odio conducir.

—¿Quieres dejar de contarme tu vida?

—Perdona, intentaba hacerte más ameno el camino. Bueno, ya estamos en el coche, ¿dónde están las llaves?

—En mi bolsillo de atrás, pero como se te ocurra tocarme el culo te daré un puñetazo, es más, ni se te ocurra pensarlo.

Cogí las llaves de su trasero sin ni siquiera saborear el instante, ya que Sofía parecía que fuera de cristal y tuviera un cartel de “no tocar, tortazo inminente”. La subí al coche entre quejas y salimos del burguer.

—Lucas, conduce con cuidado, hay muchos niños disfrazados por las calles, no es que me importen pero es una infracción grave, ¿entendido?

—Sí, Sofía, es Halloween, aún sé a qué día estamos, bueno, a qué noche. A mí siempre me gustó esta fecha donde los muertos se levantan de sus tumbas y atormentan a los vivos a cambio de caramelos.

—Lucas, para, da la vuelta, no tengo dinero para el hospital.
—Tranquila, corre a mi cuenta, vamos.

El pueblo estaba boyante de diversión y disfrazes, muertos, brujas, zombis, vampiros… Todos se reunían y reían felices. Cogimos el desvío del bosque ya que el hospital está situado a las afueras de la ciudad. Llegamos allí y pasamos los grandes muros que bordeaban el extenso terreno que comprendía el hospital y sus jardines. Esos muros según me dijo mamá eran porque en tiempo de guerra fue el refugio de los soldados además de baluarte para los heridos.

El aparcamiento estaba lleno de coches y las ambulancias entraban y salían como locas. Llegábamos a la puerta.

—Oiga, perdone, necesito una silla de ruedas para la señorita —voceé desde la ventanilla del coche a un celador que estaba en la puerta. Enseguida se la llevaron—. Ahora te busco, Sofía.

—Muy bien, Lucas —era la primera frase sin insultos que me decía durante todo el viaje.

Aparqué donde me permitió aquel lugar y mi poca maestría al volante. Mientras caminaba entra la hilera de coches la gente acudía en masa al hospital tocándose la barriga, retorciéndose y muchos de ellos vomitando entre los automóviles. Al parecer se habían pasado comiendo carne.

Una vez dentro la cosa era peor, los pasillos estaban infectados de gente, tanto es así que no había asientos para todos, ocupaban las sillas de ruedas, las camillas, cualquier cosa. Los enfermeros y médicos corrían de un lado a otro sin dar abasto. A lo mejor la comida no estaba en buen estado, quizás por cosas como ésta habían cerrado el Lollipop Burguer, aunque pensándolo bien, de eso hacía una semana, ¿tanto se puede incubar una intoxicación alimentaria? La verdad es que no lo sé, pero quizás no sea por eso.

—Aquí, Lucas, al parecer están haciendo triaje y lo mío es poco importante. Vamos a tener que esperar.

En ese momento me puso su mano en mi hombro mientras me tendía junto a ella en el suelo de aquel pasillo infestado de enfermedades y de personas. Parecía amable y todo, así que aproveché la ocasión y dado que iba para largo comencé a charlarle.

—¿Ves a esa mujer de allí? Es la señora Romanov, le gustan muchos los gatos y siempre que puede les compra un cartón de leche y lo pone en la entrada de su casa. Además los días de lluvia siempre deja la puerta abierta para que algunos se cobijen. Y ese hombre que está con tan malita cara es el señor Pivod. Él tiene un hijo motorista que siempre que vuelve a casa con su padre hace resonar la moto por toda la calle y la cara del señor Pivod se ilumina cuando lo ve llegar.

—¿Cómo sabes tantas cosas?

—Bueno, siempre hemos estado mamá y yo solos, así que la he ayudado desde pequeño, primero trabajé repartiendo periódicos…

—Oh vaya, no sabía que tú hicieras esas cosas, yo tuve una vez un novio que también lo hacía, pero besaba fatal. Teníamos 14 años, cómo esperaba que besara.

Y fue como Sofía comenzó a valorarme como persona y su corazón palpitó cerca de mi pecho.

***
—¿Sofía? —un hombre de uniforme blanco llamaba a Sofía, mientras ella descansaba en mi hombro dormida.

—Sofía, despierta, nos toca.

—Oh, Lucas, ¿cuánto tiempo he estado dormida?

—Pues una hora y media, pero el hospital no parece más despejado.

—No —dijo el señor del uniforme—, la mayoría se están quedando aquí ingresados, hemos tenido que poner un ala en cuarentena pues parece un virus bastante contagioso algo parecido a una intoxicación alimentaria. Pasen a la consulta, por favor. Me llamo Marcos, y soy vuestro enfermero.

Levanté a Sofía y entramos en aquella consulta con azulejos blancos y una única ventana que daba al bosque. Desde aquella altura parecía una mancha verde detrás de la valla del hospital.

—Perdonen la espera, pero había que seleccionar a los pacientes por orden de prioridad, usted tiene un tobillo lesionado, vamos a ver.

—Perdone, ¿y el doctor? —dijo Sofía con su tono habitual de mal humor, de nuevo volvía a ser ella.

—Bueno, están demasiado ocupados haciendo otras tareas, usted tranquila, estoy bien capacitado para esto —agarró su pie—. Ehh… es un esguince, posiblemente no tenga nada roto, quizás grado dos, le haremos una radiografía para comprobarlo y si no me equivoco, quince días con una venda y como nueva, ¿le parece?

Mientras Marcos hablaba, de la habitación contigua entró un hombre bastante pálido con una euforia un tanto extraña.

—¿Aquí hay comida? —preguntó, acto seguido se abalanzó sobre mí y me mordió el cuello. Oí gritar a Sofía y vi a Marcos coger un bisturí pero yo caí tendido en el suelo y pude notar como un líquido caliente me mojaba la cabeza. Me desangraba y después todo se tornó oscuro para siempre.

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