El tren de las 2.50 (cuarta parte) (Las desventuras de los Héroes Olvidados)

Siguiendo en la línea de la introducción de todos los personajes de nuestra aventura, sigamos con la cuarta parte del prólogo.

Prólogo

4

Este capítulo no puede ser narrado desde el punto de vista del personaje principal, cuando aprenda más cosas del mundo quizás tenga capacidad suficiente para relataros paso a paso cómo su frío cuerpo de metal se vuelve tibio como la carne.

Nuestra mirada debería descender hasta un oscuro callejón de un pueblo a orillas de un lago. Tres meses antes de que un bardo ciego llegara a aquel lugar, por la noche una tormenta eléctrica asoló la población y en ese oscuro lugar a la espalda de una taberna apareció una figura desnuda en cuclillas en el suelo. Su piel era de un duro metal y sus ojos brillaban rojos a la luz de la luna. Se levantó rápidamente y miró a su alrededor. No viendo a nadie entró en la taberna.

Dentro, el humo y la charla de los ladrones calentaban el lugar. Cuando aquella figura entró la gente la ignoró por completo.
El forjado, que es la apariencia que tenía aquella criatura, se dirigió hacia uno de los ladrones que jugaba en una mesa a meter bolas en agujeros con un largo palo.

—Quiero tu espada —dijo aquella gran figura.
—Perdón —el ladrón dejó el juego y miró al rostro del forjado—, ¿me estás hablando a mí, forjado? —dijo vacilándolo.
—Quiero tu espada, tu escudo y tu caballo —el hablar de aquel ser parecía más el de una máquina.
—Yo quiero que te largues —dijo imitándolo—, y que me dejes jugar tranquilo al Bill yard —se dio la vuelta y siguió jugando.

El forjado le agarró la espada que llevaba al cinto, grande, un mandoble de frío acero. En ese instante el ladrón se dio la vuelta y le dio con el palo de madera en la cabeza. El palo cayó al suelo hecho añicos. Los demás ladrones se acercaron a ayudar a su amigo con cuchillos y demás objetos punzantes como botellas, patas de sillas afiladas y cuernos de animales disecados.

La lucha fue rápida, el gigante de hierro cogió por el cuello al dueño de la espada y lo tiró contra la ventana. Con el mandoble en la mano arrasó contra el resto, derribando la mesa de Bill yard y varias sillas. Cogió varias de las bolas de marfil y las lanzó a la cabeza de tres de los ladrones, dando impactos certeros que los sumieron en la insconsciencia. El resto huyó de la taberna. Al final cogió un escudo pavés que habían dejado y el espadón a dos manos que había usado en la pelea. Registró el cuerpo de uno de ellos y le tiró un saco de monedas al posadero que aún estaba escondido detrás del mostrador.

Salió de la posada con andares lentos y cogió uno de los caballos que yacían allí y fue directo al bosque que se veía cercano. Sacó un sucio cristal de entre las placas de metal de su cuerpo y lo clavó en el suelo, quitó el empañado y de él salió una imagen holográfica de una mujer mucho más bella que cualquiera y completamente desnuda. Estaba envuelta por todos lados por su gran melena de cabellos rubios.

—Hada azul, ¿qué debo hacer ahora? —dijo el ser de armadura.
—Ya sabes que tu misión es clara y tu anhelo muy difícil de conseguir. Si logras cumplir con uno lograrás cumplir lo otro. Lo primero que debes hacer es buscar aventuras. Sólo conviertiéndote en un verdadero héroe llegarás a cumplir tu destino.

Dicho esto el cristal se apagó y nuestro amigo se lo volvió a guardar dentro de su armadura. Se fue hacia la taberna donde el dueño estaba recogiendo todo el destrozo. Al verlo el dueño volvió a correr hacia la barra para meterse detrás. El forjado hizo caso omiso de él, dejó sus armas allí y comenzó a limpiar aquel salón fregona en mano. Los días siguientes los dedicó a ayudar en la taberna a cambio de alojamiento esperando paciente su momento en la vida. Aún era pronto para los hechos que debía evitar y no tenía prisa por ahora. Por las noches actuaba de humorista allí mismo, suponiendo que tenía la gracia en su culo de acero se hizo muy popular entre la clase baja y los paletos, siendo aclamado y llenando el local todas las noches, a los pueblos vecinos se extendió su fama. A los tres meses llegó uno de los campesinos como cada día, y se dirigió hacia él.

—Eh, gárgola —pues así lo habían llamado, después del destrozo de la taberna—, vas a tener que dejar el trabajo de la taberna. Tengo algo que te puede llevar más alto y te permitirá seguir tu camino.

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