El tren de las 2:50 (tercera parte) (Las desventuras de los Héroes Olvidados)

Bueno, aquí va la tercera parte del prólogo de esta aventura que para mi gusto es justo el aire fresco que debía de soplar por los mugrientas y olvidadas tomos infumables de fantasía épica, demasiado sobria y militarizada muchas veces y demasiado desternillante otro tanto. Espero os guste.

Prólogo

3

—Kiwi, vamos, no te entretengas —me decía mi hermano mientras caminábamos por el asqueroso lodazal que era el bosque con aquella lluvia.

Yo mientras tanto iba mirando a los charcos del suelo e intentando distinguir mi cara en el reflejo de la sucia agua.

—¿Hermano? —pregunté.
—Dime, Kivi.
—¿Por qué nos llaman negros si tenemos los ojos rasgados y color amarillito?
—Te he dicho mil veces que no somos negros, yo soy del norte y tú tienes los rasgos del este, del lugar donde nace el sol.
—Mamá dijo que yo era negra.
—Mamá no sabe ni quién es tu padre —suspiró—, así que déjate de niñerías y sigamos adelante, el pueblo no debe quedar lejos.
—¿Hermano?
—¿Qué? —me dijo en un tono distinto al normal.
—¿Y yo por qué soy tan finita y tú tienes tanta carne?
—Porque yo soy fuerte y tú no.
—¿Y para tener tanta carne como tú y tan colgona qué hay que hacer?
—Kiwi, no estoy gordo, simplemente tengo otra clase de fuerza.
—¿Entonces tú no tienes esta fuerza? —dije mientras rompía un trozo de un grueso árbol muerto de un solo golpe con mi mano.
—No, Kiwi, yo tengo fuerza aquí —me señaló su cabeza.

Continuamos el camino con la gran cortina de agua delante y detrás nuestra, parecía magia, nunca entedería por qué las nubes lloran, quizás tenga pena por algo.

—¿Hermano?
—¡QUÉ! —no sé por qué grita, quizás se crea que soy sorda, lo mismo él está sordo, le gritaré también.
—¡QUIERO VOLVERME A MI CABAÑA, YA ME HE ABURRIDO DE ESTE CAMINO!
—No me grites, imbécil —se vino hacia mí como cabreado—, a ver cuándo te enteras de que decidiste acompañarme porque te dio la gana. Yo tengo una misión que cumplir y tú no paras de dar por culo. Si quieres irte vete, nunca te pedí que vinieras, niñata.
—Pues me voy —respondí—, en mi cabaña estaré mucho mejor que aquí, además hay pastel de carne.
—Adiós.
—Adiós, gordo.

* * * *

Por fin se fue, esa niña es aún pequeña para comprender el mundo y más viviendo aislada como ha vivido. Es la primera monje que conozco de su edad y encima ermitaña. Hacía años que no la veía y tuve la mala suerte de pasar cerca de su casa del bosque y se tuvo que apuntar a mi empresa. Vivía sola desde que se murió su maestra y me dio bastante pena dejarla allí así que acepté que viniera.

Yo iba en busca de mi padre, desde muy pequeño mamá me había inculcado que papá salió a comprar hierba para pipa y nunca más volvió. Teniendo en cuenta que mamá había tenido muy mala suerte con los hombres ya que cada uno de mis hermanos era de un marido distinto, no me extrañaba que el destino hubiera jodido a mamá de nuevo. Así que me dediqué a leer, a leer mucho. Todos los amigos de mamá me traían libros siempre que quedaban con ella y yo los devoraba mientras ella charlaba con ellos acaloradamente en su cuarto. Resultó pues que a la edad de 15 años, mientras estaba en el cuarto de baño concentrado en conocer mi cuerpo y admirando algo más que mi intelectualidad, que ya de por sí es admirable, en pleno éxtasis y justo antes de gritar “¡ayatolá!” lanzo un rayo de energía y quemo media casa. Después de ir de consulta en consulta por los sanadores y curanderos y de pedir más de una opinión me diagnosticaron “síndrome del hechicero precoz”, lo que viene a ser que por motivos ajenos a mi intelecto y más hereditarios que otra cosa yo era hechicero. Mi madre no tuvo más remedio que explicarme que mi padre era un ser antropoformo y con alas que había bajado del cielo y hubo fornicado con ella durante gran rato para volver a irse de nuevo a su casa celestial, además de eso añadió que mi padre tenía tres tetas y era hermafrodita, con lo cual no sé si llamarlo padre o madre. Debido a tantas preguntas mi madre me dio una lanza que dijo que mi padre le había dado para que me regalase y que yo opto más por pensar que se le olvidó allí, y desde entonces llevo dos años buscando algún rastro suyo de pueblo en pueblo y perfeccionando mi magia natural. Sólo tengo de él un nombre, Antarcharán, y el resto está sumido en un velo de misterio que me es imposible descolgar. Pero todo esto es algo difícil de explicar a la joven e inocente Kiwi.

—Me he cansado de volver, hermanito, mejor me quedo aquí.

Kiwi era demasiado inocente e infantil para tener 15 años, pero habiéndose criado en el bosque sin conocer nada más que a su maestra era normal.

—Muy bien, pues quédate a mi lado que no debe de quedar mucho para llegar al pueblo.

Dicho esto continuamos la marcha y llegamos a un cenagal.

—Vaya —pensé en voz alta.
—¿Es muy profundo, hermanito?
—Podemos probar tirándote a ti.
—Sí, tal vez, pero no se me apetece, lo mismo podrías probar tú…
—Kiwi, es igual —no comprendía una broma.

Bueno, estábamos estancados, no había duda, cruzar eso nos retrasaría bastante, pero no había más remedio.

—Kiwi, vamos a rodear el cenagal para… —Kiwi no estaba por ningún lado—. Kiwi, ¿otra vez te has ofuscado y quieres irte a casa? —no, eso no era propio de Kiwi, normalmente trata de dialogar, algo pasaba.

Saqué la lanza que llevaba guardada a la espalda, la lanza de mi padre celestial. Algún día debería plantearme aprender a manejarla, pero soy inútil para casi todo lo físico.

—¿Kiwi? No te estarás lavando otra vez ahí abajo como haces cada vez que te aburres, ¿no? Que después te encuentro y me da cosita —nada, sólo la cortina de lluvia.

Vi tras la cascada de agua el resplandor de unos ojos rojos, así que lo seguí como buenamente pude sin trastabillar demasiado. Me topé con un ovillo gigante, una gran crisálida de tela de araña o algo parecido, alzando la vista me di cuenta de que no era solo un capullo sino diez o viente. Estoy en un nido de…

—¡Kikimoras! —gritó Kiwi.
—Alcé la vista y la vi arriba de un árbol, entre sus ramas, corriendo con la mitad del cuerpo cubierto del pegajoso material blanco, sin poder usar las manos y una gran kikimora persiguiéndola.
—Kiwi, ¿qué haces ahí?, ¡corre!
—Hermanito, no me gustan las kikimoras, me dan asco.
En parte tenía razón, un insecto mitad araña mitad cucaracha y de dos metros de largo por uno y medio de alto no es algo agradable a la visión. No sé cómo lo hizo pero Kiwi dio un salto y en el aire le dio una patada voladora a la kikimora que la hizo caer del árbol hacia donde yo estaba. Asustado no se me ocurrió otra cosa que poner la lanza en vertical y gritar cuando me empezó a caer por el rostro un líquido negruzco y coagulado. Sangre de kikimora, que se había empalado ella sola contra la lanza de mi padre.
—Kiwi, vámonos, rápido.
Dicho esto Kiwi, de manos atadas, y yo lleno de sangre de ese bicho y sin poder sacarlo de la lanza por asco a tocarlo corrimos hacia la ciénaga hasta que llegamos a la parte que no se podía atravesar si no querías que el fango te tragara.
—Por los pelos, hermanito, me está gustando el bosque más de lo que creía, pero las kikimoras no mucho. Aunque jugar con ellas al escondite está chulo.
—Kiwi, no hay tiempo para eso, se acercan más.

Mientras hablaba muchos ojos rojos que se podrían contar en tríos más que en pares se iban acercando a nosotros y la lluvia hacía de camuflaje hasta que estuvieran demasiado cerca. Tenía que pensar rápido, no había leído tantos libros de aventuras para nada. ¿Qué haría Indiana Juan en mi lugar?… Como si el ingenio poseyera mi intelecto cogía la lanza con la araña en su punta y la psue sobre el cenagal.
—Kiwi, ayúdame a sacar la lanza.
—Tengo las manos a mi espalda, no la puedo mover, la tela esta me lo impide.
—¿Eres una monja guerrero o no?
—Soy monje —dijo mientras se enfurecía, todo lo que se puede enfurecer Kiwi, y con sus pies sacaba la lanza del animal—. Toma —dijo desde el suelo extendiéndome la lanza con los pies—, y ahora ayúdame a levantarme, por favor.

Encanté la lanza con un conjuro de rayo de energía y resplandeció por encima de la penumbra de la noche. Esa breve luz me hizo ver que cerca de ocho kikimoras estaban a escasos metros de nosotros.

—Kiwi, dame tus pies —encanté los pies de mi hermana con el mismo hechizo, la verdad es que nunca había probado con un humano, espero no le traiga consecuencias desastrosas.

Kiwi se abalanzó contra las kikimoras dando patadas y enseñándoles sus artes de kung fu y muai-thai sólo con el uso de sus piernas. Ayudada por la magia que poseía ahora en ellas algunas kikimoras volaban por los aires, pero otras se acercaban a ella por la espalda.

—Kiwi, sube a la kikimora, vamos a cruzar la ciénaga montada en ella, corre —yo mientras empujaba a la kikimora que ya flotaba sobre el fango hacia el centro del cenagal.

Vi como Kiwi desaparecía entre kikimoras para posteriormente impulsada por sus pies mágicos salir disparada en un salto de varios metros y caer en nuestro improvisado bote.

—Estúpida, lo vas a hundir del todo. Vamos, chapotea rápido.

Yo haciendo de remo con la lanza y Kiwi con sus piernecitas comenzamos a cruzar el lago rápidamente. Los impulsos mágicos nos ayudaban bastante.

—Hermanito, me estoy mareando un poco.
—Calla y rema, que nos estamos hundiendo.

Del lago comenzaron a salir engendros de barro, de forma antropomorfa pero no demasiado, se les distinguía la cabeza y algo que parecían brazos.

—Kiwi, pedalea rápido, acuérdate de cuando íbamos a la playa con mami y alquilábamos los hidropatines —realmente no sé si Kiwi se acordaría, pero era una opción que necesitaba gastar.
—Bien, la playa con mami —gritó Kiwi risueña y aún atada de manos.

Kiwi comenzó a pedalear como si la poseyera una rapidez inaudita mientras yo remaba como un gondolero de aquella ciudad tan romántica, cómo se llama… Bienecia. Llegamos así por fin a la otra orilla del cenagal casi sin kikimoras, los dos abrazados, bueno, yo abrazado a kiwi para ocupar menos espacio, y saltamos a la orilla. Los engendros comenzaron a salir del agua y no tuve otra opción que tirar del narcotizaje, mi mejor hechizo, mi salvación en los días de insomnio y en mis ligues con las chicas.
—DÓRMI, DÓRMI —los engendros comenzaron a caer y yo con ellos extasiado de usar la magia. Poco antes de cerrar los ojos pude ver a un hombre que se acercaba a nosotros.

—Tranquilo, muchacho, estaréis a salvo, pero me debes un favor —dijo aquel rostro difuminado.

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