El tren de las 2:50 (segunda parte) (Las desventuras de los Héroes Olvidados)

Aquí os dejo la segunda parte del prólogo de este pequeño relato de fantasía épica y algo de humor.

PRÓLOGO

2

Soñando estaba una vez más que asistía a la sala de variedades de Madame Perséfone, el suave balanceo de las coristas sobre mi pelvis fue apartado por el traqueteo de mi improvisada cama. Al abrir los ojos sólo pude ver la oscuridad que proporcionaba mi sombrero fedora, el cual dejaba caer sobre mi cara como medio para soñar. Me lo encasqueté finamente sobre mi cabeza y miré a mi alrededor. El coche de cuatro caballos en el que estaba montando, parece ser que no sabía andar en línea recta por sí solo. Así que salí por la portezuela y subí arriba.

—¿No sabéis andar hacia delante simplemente? Si hay un árbol sólo tenéis que esquivarlo, si veis un barranco saltarlo y si veis enemigos matarlos y relinchar para pedir ayuda. Es tan fácil como eso, animales inútiles, si vierais lo que hace Rosita aparte de quedaros todos empalmados de lo guapa que es aprenderíais un poco lo que es una buena montura —me quedé mirándolos mientras seguían por el camino más pedregoso que había visto nunca—. Nada, ¿ni un relincho de perdón? Bueno, voy a tener que tomar los mandos.

Dicho esto me puse a las riendas subido sobre el pescante del carruaje, con lo bien que se estaba dormido dentro del carruaje en ese mullido sillón. Nada, no pasa nada, volví a tirar de las riendas para mover a los caballos.

—¿Nada, cabrones? ¿Qué pasa, tenéis miedo de algo? —me levanté y fui hacia las bridas que había entre los cuatro caballos que tiraban del carruaje. Subido como podía en aquel pequeño palo que los sujetaba a la carroza me enfurecí—. ¡Pues temedme más a mí, hideputas! —dicho esto comencé a darle puñetazos a los caballos uno a uno, eran duros los cabrones, pero habiéndome peleado con ogrotauros en las tabernas de Landau esto no era nada para mis curtidos puños. Cuando comenzaron a sangrar aminoraron la marcha.

—Ya era hora, parece que no entendéis.

Estaba reventado, así que me bajé del carruaje y me puse a resoplar en el suelo con las piernas abiertas e intentado coger todo el aire posible.

—Buenos días, ¿tiene usted por ahí la licencia del carruaje?

Miré hacia arriba y me encontré a una pareja de soldados del reino.

—Sí, un momento agentes, veréis, he tenido un problema con los caballos, uno de ellos perdió inyección y la dirección del carro me ha dejado tirado.

—Bueno, supongo que le quedará poco para hacer la inspección técnica de carruajes, ¿no?

—Sí, agente, le quedan pocas semanas.

—Muy bien, circule y vaya por otro camino, esta parte está en obras.

—Por supuesto, agentes, señores —dije levantando el sombrero.

Subí al carruaje y le di la vuelta, parecía que los caballos ya no eran presas del pánico que les había entrado.

—Espere un momento, señor, ¿no le importaría llevarnos a la ciudad más próxima?, por esta carretera no pasa nadie y es inútil que estemos aquí haciendo un control.

Mala suerte la mía, no podían haberlos pisado los caballos a los dos y haberse cagado en sus entrañas. Espero que no se den cuenta de que el carruaje es robado.

—Sí, por supuesto, montaos en la cochera que partimos.

Di la vuelta y seguí por el camino que deberían haber cogido los putos caballos, pensando en que a los jinetes a los que les había robado el carruaje les llevaba un día de ventaja. Bueno, confiemos en mi suerte.

Al poco rato los caballos comenzaron a ir aún más rápido y un olor a podredumbre me embriagó los sentidos, miré hacia atrás y pude ver de lo que huían los caballos anteriormente. Un golem de mierda perseguía al carro, medía más de cuatro metros y estaba formado por… bueno, por productos defecados por la mayoría de las razas y animado bien por un hechizo que salió mal, por la madre naturaleza o quizás por algún loco. Esa masa informe donde se podía distinguir una cabeza, dos manos y dos piernas que goteaba mugre se acercaba cada vez más al carro.

—Agentes, tenemos un problema, yo que ustedes me preocuparía por eso que nos persigue —grité.

Los soldados asomaron las cabezas por las portezuelas y comenzaron a gritar. Cada día los soldados son más caguetas. Miré a todos lados en busca de solución, el hideputa no iba a parar hasta que no le diéramos de comer lo que ansiaba: los caballos. Los golems de mierda se pirran por los caballos, quizás por su olor corporal tan asqueroso o por la espuma que echan por la boca. Le daría los caballos gustoso si no supiera que iba a morir una vez se los comiera o quizás antes de engullirlos. Entonces vi la palanca. Me monté en uno de los cuatro caballos.

—Agentes, agarraos fuertes al carro.

Dicho esto saqué mi látigo y agarré con él la palanca, tiré fuerte y toda la estructura de la carroza se desató del soporte cuadrangular del carro y salió disparada hacia la mole de mierda con los agentes dentro.
El impacto casi me llena de excremento, pero lo había logrado, acababa de incrustar el cajón de pasajeros del carro en la barriga del golem. Eso lo detendría bastante tiempo.

Con los restos que me quedaban del carro, es decir, los cuatro caballos y un soporte de barras de metal sin nada que aguantar, me dirigí al pueblo más cercano. La gente me miraba extrañada cuando veían entrar aquella estructura tan singular tirada por cuatro caballos que sangraban bastante.

Debería contar que mi vida se rige por la regla “¿y por qué no?”; por poneros un ejemplo, mi yegua rosita fue capturada por los soldados del reino vecino cuando la dejé posada en el abrevadero del rey. Necesitaba algún medio para escapar, ya que estaban buscando a su dueño, es decir, yo. Intentando buscar un plan de fuga en el que me planteé fingir mi muerte y escapar del pueblo entre los cadáveres, me encontré un carruaje del que se bajó un rico comerciante entonces me dije “¿y por qué no?”: esa misma noche lo robé y aquí me tenéis ahora, a un reino de distancia, con mis perseguidores a un día de mí. Feliz de la vida es el pensamiento que me recorre. Dicho esto, no hace falta decir que cuando vi una tienda de cañones al final de la calle me dije “¿y por qué no?”.

—Buenas, me gustaría comprar un cañón —le dije al tendero.

La tienda era bastante pequeña y cerca de la puerta había un hombre de metal mirando los cañones. Ese hombre de metal es una especie de armadura con conciencia, muchos dicen que tienen hasta sentimientos. El hecho es que su fin era usarlos para la guerra, pero una vez se van terminando, los forjados, que así es como se llaman, vagan por los caminos, pueblos y ciudades como seres normales que viven y piensan.

—Sí, señor, lo que tenemos son esos dos cañones del expositor, no tenemos montadas las ruedas para evitar robos, pero si compra alguno mi ayudante —señaló entonces al forjado— se las pondrá en un momento.

—Veo que no son muy grandes, el largo me parece que es un metro y poco.
—Metro y medio, señor. Lo justo para llevar en una embarcación o sobre un carro de combate de madera. Pesa media tonelada y usa balas del calibre estándar. Ciertamente es un arma perfecta para los viajes. Un par de mulas podrían tirar de él.

Mientras el dependiente hablaba pude escuchar gritos en la calle acercándose. Al girarme pude ver a los caballeros del reino vecino cabalgando por los adoquines en dirección a la tienda y haciendo señas para indicar que yo era un ladrón.

—Vaya, parece ser que no les llevaban un día de ventaja —miré al dependiente que estaba gritándole cosas al forjado—. Señor, escúcheme, le voy a comprar el cañón, no quiero robarlo, ellos me persiguen porque robé un carruaje de un mercader. Vale, ya sé que eso no dice mucho de mí, pero ayúdeme a salir.

Viendo que aquel hombre ignoraba mis palabras, y al retumbar de los pasos del forjado para agarrarme, tuve que recurrir al “¿y por qué no?”.

Corrí hacia aquella armadura andante y justo cuando estaba a un palmo suya me deslicé por entre sus piernas. Los sonidos de los caballos estaban cada vez más cerca, las calles deberían de ser mucho más extensas, coñi. Desde mi posición lancé el látigo que se agarró firmemente al cañón de la tienda pasando hábilmente por debajo del forjado. Son muchos años con aquel látigo como para fallar eso. Una vez lo tuve bien trincado corrí hacia el carruaje y até el otro extremo de mi arma lo más fuerte que pude con un nudo que me enseñó un marinero de agua dulce. Subí a uno de los caballos y lo espoleé lo mejor que pude, no sin antes quitarme el sombrero y gritar “Yiiihaaa”, mientras lo movía en el aire. El carruaje comenzó a subir la calle en dirección a los caballeros que me buscaban, cada vez estaba más cerca de ellos y por consiguiente ellos de mí.

—Ladrón de carros, prepárate a morir —gritaban mientras otros elevaban sus gritos sobre el caos de la escena.
Tragué saliva y seguí hacia delante sin miedo, el látigo se tensó por fin y tiró del cañón. El cañón salió despedido de la tienda a través de las piernas del forjado que cayó de espaldas contra el suelo. Ahora era un arma ingobernable, zarandeaba hacia todos lados rompiendo paredes de casas y vitrinas de las tiendas. Distraído como estaba en ver eso me había olvidado de los soldados que tenía delante, así que cuando cambié la dirección de mis ojos una lanza me rozó la cara justo a tiempo para deslizarme por el caballo y agarrarme a su vientre. Debajo de los caballos tendría protección. El carro se estrelló contra los caballeros y derribó a varios, el resto lo hizo el cañón cuando llegó al lugar a tirones gracias a la cuerda. Volví a subirme en los caballos y grité de contento. Pero la cosa no acaba ahí, de una calle pequeña salió el golem de mierda con la carroza atravesada en su barriga. Los hombres de la carroza me apuntaban con sus arcos y el golem corría hacia mí. Esquivando flechas y esperando el empellón del golem salté de los caballos al suelo y pude ver como aquella masa se interpolaba enfrente de los caballos y abría su boca a la espera de tragárselos enteros. Los hombres del carruaje bajaban de él llenos de mierda y corrían hacia mí. Todo sucedió muy rápido, el golem se tragó el carro entero, los dos soldados se echaron encima mía, pero nadie contó con el cañón que atado al carro seguía su curso a gran velocidad, tanto es así que impactó con la cabeza del golem y esta estalló en mil pedazos de mierda bañando a todas las personas que miraban la escena.

—Te tenemos, anormal, vas a estar en la cárcel hasta que me dejes limpia la ropa con la lengua.

A través de los soldados que me tenían contra el suelo puede ver como el cuerpo del golem sin cabeza comenzaba a caer contra el suelo. Empujé a los dos soldados como pude hacia la trayectoria y les cayó justo encima. Viendo el caos, escalé un pequeño edificio de dos plantas y me subí en la azotea para así estar lejos del lugar. Me agaché y miré el destrozo que había hecho y encima me había quedado sin cañón.

—Oye, muchacho —miré hacia atrás sacando mi revólver y me vi a un campesino como otro cualquiera mirándome tranquilamente—. ¿Qué te parece si te saco de aquí sin problemas y aceptas una misión?

Bueno, ya me conocéis, sólo podía decir una cosa.

—¿Y por qué no?

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