El tren de las 2:50 (Las desventuras de los Héroes Olvidados)

Debido a una partida de rol iniciada por los integrantes del Salón de mi Casa, se me ocurrio escribir en tono de humor a la vez que serio lo que yo llamo una novela de humor con tintes épicos.  Aqui tenéis el resultado de este coktail de fantasía épica y alocada.

PRÓLOGO

Primera Parte

Toda historia épica comienza en un lugar sagrado, en un santuario que por todos es conocido, ya sea una aldea de hobbits, la casa de unos tíos bastante desagradables, un carrusel de feria que te transporta a un mundo inimaginable o tal vez, y solo tal vez, comience con unos protagonistas atados a una piedra. Mi historia no puede ser llamada épica en el sentido estricto de la palabra, por eso comienza una noche en una taberna.

Allí estaba yo como una noche más, entre bastidores dispuesto a ganarme el pan de cada día. Me puse con cuidado la grasa de cerdo en el pelo para tenerlo a punto, a ellas les encanta. Me quité mi blanca camisa dejándola sobre el perchero de aquel pequeño cuarto y me puse los pantalones cortos y ajustados que tanto éxito me traen, blancos inmaculados. Cambié con tiempo de sobra el piercing de mi pezón de metal por uno de color rosa y me puse un vendaje en los ojos del mismo color, acorde además con el color de mi laúd. No me pude mirar al espejo ya que el vendaje de los ojos me impedía verme, desde aquel día que me quedé ciego hasta que vi la luz de nuevo no había pasado mucho tiempo, así que me desenvolvía bien en la oscuridad. Pinté mis carnosos labios con extracto de rosas rojas y no pude evitar probar un poco de su dulce sabor. Hice la señal sagrada y me produjo náuseas. Aún no me había acostumbrado a mi nueva vida y por tanto hacía esa señal mecánicamente para tener una buena faena. Ya estaba listo. Me levanté del taburete y busqué en la oscuridad la puerta que daba al escenario.

Sentí el calor de las antorchas y pude oler el aroma de cerveza, sudor y mujeres. Todo el mundo calló de repente. Me estaban examinando, saqué mi laúd rosa que llevaba colgado a la espalda y me puse a tocar como solo él me había enseñado, mi maestro Joaquín Sardina.

Mientras la gente palmeaba la canción “Rubia de la Quinta Taberna” las mozas me miraban hipnotizadas, lo presentía, sentía cómo sus húmedos ojos recorrían todo mi cuerpo parándose en el culo que me hacían los pantalones y en el piercing rosa del pezón. Otra cantidad de hombres ya casados y sin afán de dejar a sus parejas femeninas hacían otro tanto, sabiendo que esta noche soñarían conmigo y descubrirían su verdadera sexualidad, pero algo que no estaba previsto pasó.

—Eh, tú, bardo maricona, no nos dejas a mí ni a mis compañeros poder tomar una cerveza tranquilo. ¿Por qué no te largas a poner el culo en otra taberna a ver si un buen potro nórdico te da lo que ningún hombre en este pueblo estamos dispuestos a darte?

Paré la música en ese momento y el ruido del molesto silencio apuñaló el salon de aquella taberna.

—Perdone, buen cateto, sólo me gano el pan. Además, dudo mucho que estas dulces señoritas de las que puedo oler aún la flor de su juventud quieran que el concierto se termine. ¿No es así, señoritas? —la sala estaba muda—. Vaya, parece que otra vez se impone la ley del macho sobre la hembra. Cuando estéis en el país de las amazonas aprenderéis lo que es ser sodomizados y no al revés, machotes.

—Fuera de la taberna, bardo, las señoritas, como puedes ver, no quieren escucharte.

—Dada su agudeza, buen cabrón, debo decirle que soy ciego y esta venda que llevo a los ojos debería ser un indicativo de mi minusvalía, si no pregúntele a su mujer, anoche casi la dejo ciega también mientras botaba alrededor de mi miembro de maricona.

—Ésas son tus últimas palabras, bardo.

Escuché como aquel aldeano corría destrozando las mesas hacia mí, lerdo de mí no lo pude esquivar por estar embelesado con el acompasado sonido de sus rítmicas piernas y me asestó un puñetazo que me dolió bastante, pero que no consiguió moverme ni un ápice. Supongo que el aldeano pondría cara de extrañeza y aproveché ese momento para darle con mi laúd en la boca, pero erré mi tiro por culpa de la ceguera y quedó estrellado contra el suelo. Herido mi honor como estaba cogí mis cosas y me fui de la taberna bajo la mirada de todos los parroquianos.

—¿Dónde vas, marica? Quieres tener más espacio para maniobrar aquí fuera, ¿no? Está bien, hagámoslo en tu terreno, ciego.

Como si el mundo girara en torno a mí como es habitual desde el incidente, comenzó a llover, una lluvia fuerte que impedía a mi acechante verme bien.

—Ahora creo que sientes lo que yo siento, no ves ni a tres palmos de tu cabeza, así que pon el culito que te voy a dar un poco.

Mi única arma, un palo de bambú que llevo desde que perdí la vista; la suya, los puños y tal vez alguna daga escondida. Comienza la marcha, las gotas de lluvia unidas al viento elevan una melodía peculiar que me hace bailar. Me muevo rápido allí con un solo pantalón corto ajustado como prenda de vestir, pero no tengo frío, no desde hace tiempo.

El cateto corrió hacia mí, fue fácil saltarlo y subirme sobre mi palo, el cual estaba equilibrado en el suelo. Desde allí arriba di un salto e intenté derribar a mi oponente, pero lo esquivó y caí de bruces contra el suelo. Él se subió encima de mí y comencé a ser presa de aquella furia que tantos problemas me trae, quería matarlo de una dentellada en su cuello, pero no debía, debía controlar la furia. Entonces le asesté un puñetazo que lo dejó pasmado.

Sentí entonces como la fuerza con la que el hombre me agarraba desaparecía, tal vez por la sorpresa y el puñetazo que le había asestado. No siendo mi mejor golpe marcaba la diferencia entre un ser humano y otra cosa…

—Toma mi mano, bardo, me has demostrado todo lo que necesitaba. Vamos dentro junto al fuego, aquí está calando bastante.

Sentí como una mano se acercaba a escasos pies de mi cara. Le daba la mano y aceptaba tomar una copa con él o continuaba la pelea y sería otra taberna y quizás otro pueblo al que no podría volver. Acepté pues la mano de aquel hombre.

—Ya veo que tienes frío, amigo, estás helado. Vayamos dentro y conversemos.

Escuché el ruido de toda la gente que estaba apostada en las ventanas mirándonos como volvían a sus mesas rápidamente pensando “aquí no ha pasado nada”.

Una vez dentro me senté con aquel hombre en un reservado y comenzamos a conocernos.

—¿Cómo te llamas, bardo?

—Es de mala educación preguntar sin presentarse primero, buen cateto. Por cierto, hueles demasiado a sudor y eso me excita —me pasé la lengua suavemente por entre los dientes en un gesto que pocas personas han rechazado a lo largo de los tiempos.

Pude escuchar como aquel hombre tragaba saliva y sentir como me miraba el piercing rojo del pezón.

—Me llamarás señor John, y ponte una camisa, por favor, quiero hablar contigo de un tema.

—Está bien, John, qué te preocupa, cuéntaselo al tito bardo —dije acercándome hacia su persona.

—Está… está… está bien, escucha, como bien sabes estás en Nakun, el país de los muertos, el lago que puedes ver desde cualquier punto de Nakun tiene el poder de la resurrección y desde este pueblo está el único acceso a dicho lago. Yo junto con algunos compañeros más estamos en contra de que resuciten a los muertos para fines belicosos, queremos que nos ayudes y la recompensa será grande.

—Um… No me decís qué me vais a dar y sin embargo me pedís ayuda… Está bien, pero quiero varias cosas para esta noche.

—Pide, bardo.

—Quiero alojamiento esta noche aquí sin preguntas, quiero que suban mis cosas a la habitación más grande y más alejada del resto, quiero que una doncella se pase a medianoche por mi alcoba y por último quiero tu culo aquí y ahora.

Un silencio oscuro se hizo en el reservado a la espera de la contestación de John.

—Está bien, bardo, espero que disfrutes —dicho esto escuché el ruido de los pantalones bajarse y sonreí.

Eso es todo, si os gusta habrá más asi que no dudeis en comentar.

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