Starcime

Bueno aquí os dejo un relato que ideé expresamente para mis profesores del Postgrado de Cirugía Menor y a la primera asociación de cirugia menor de españa “Gadicime” de la que en breve pasaré a formar parte. Espero que los disfruten los que entienden un poco de esto y los que no entienden tanto. Disculpen la tardanza en subir entradas pero estamos todos muy ocupados. Pero poco a poco el dinamismo volverá.

Dedicado a mis profesores de cirugía menor que tanto me han ayudado y a Gadicime.

Otra noche más de guardia en el quirófano, otra noche más de cirugía programada. Otra noche más me encuentro viajando en el taxi mientras reviso el historial del paciente en mi holopantalla. Otra noche más miro a las estrellas que me rodean desde el cristal.

La operación parece bastante sencilla. La espero sin complicaciones. Voy examinando los datos en mi holopantalla, un aparato del tamaño de un folio, totalmente táctil, por el que puedo revisar los historiales de la base de datos del hospital. El material del que está hecho no es de mi incumbencia, como nunca lo ha sido nada que no tenga que ver con las ciencias de la salud. Para saber eso preguntadle a un ingeniero.

Odio el vaivén del taxi, nunca me llegué a acostumbrar a viajar por zonas abiertas. Nunca aprendí a conducir esta clase de coches. Miro hacia mis zapatos y debajo de ellos mediante un cristal puedo ver el espacio. Estoy rodeado de vacío y estrellas por todos lados. Ya puedo verlo allí a lo lejos, ese gran amasijo de planchas blancas formando una estructura inmensa. El trabajo, el hogar, el hospital espacial.

Acabo de repasar la intervención y guardo la holopantalla en mi maletín de cirugía tejido en piel de castor marciano. El robot que me lleva en la nave taxi gira su cabeza metálica hacia mí y yo como cada noche de guardia pongo el pulgar en la pantalla que hay en el asiento. Listo, ya soy seis créditos más pobre que antes. Cojo mi sombrero y bajo del transporte.

Respiro hondo a las puertas del hospital, huele a aire artificial, huele a trabajo. Paso por las puertas y me preparo para los controles de gérmenes y las cámaras de presiones. Dispuestas todas para que los profesionales que aquí trabajamos no contagiemos ni traigamos ningún parásito a los compartimentos estancos de la gran infraestructura, por el bien de los pacientes.

Llego por fin a las cámaras habitables tras media hora de desinfección. Como siempre el hospital esta hasta los topes, pero hoy con motivo. Es la fiesta de la estrella Nemusina, motivo por el cual la mitad de los sistemas planetarios del sector no trabajan y el hospital no va a ser menos. Todo está lleno de jóvenes estudiantes de todas las especies pululando de un lado a otro. Los que hoy vienen a pasar la noche están de mal humor y encima falta personal. La galaxia ha cambiado mucho, seguro que cuando la Tierra era habitable los sistemas nacionales de salud eran mucho más efectivos que la pobre jerarquía que hoy existe.

Llego pues así a mi consulta, bastante pequeña, con un sillón y una pantalla que ocupa toda la pared. Como todavía tengo tiempo antes de la intervención contacto con el diagnosticador médico de guardia y le pido que me pase las fichas de los pacientes para la próxima semana. De inmediato la pantalla se llena de fotos y con mi dedo voy eligiendo. Las imágenes se vuelven en tres dimensiones y en un minuto tengo el modelo anatómico del primer paciente frente a mí. Lo voy rotando con la mano hasta dar con la lesión. Un eritema pigmentando en forma de mancha azul, teniendo en cuenta que es de raza venusiana lo más posible es que sea mal de Venus pero debo contrastarlo. Amplío la zona con un gesto de mi mano y comienzo a palpar la imagen. La verdad es que nunca me acostumbraré a palpar algo así. Los textos antiguos de la Tierra dicen que lo hacían a mano, desde la palpación hasta la técnica quirúrgica. En la escuela nos enseñan a hacerlo también a mano por si hay algún apuro, pero los casos en los que esto ha sucedido son más bien en planetas pobres en las minas de corintio, tales como Marte y Mercurio. Nunca ha pasado en un gran hospital. Así que palpando la imagen hice el signo de la fóvea típica de esta patología y  la mancha se tornó verde. Seleccioné el diario y lo añadí para el lunes: era mal de Venus. Le mandé un comunicado con el diagnóstico así como por qué se ha producido, el método de intervención, un vídeo explicativo y el consentimiento informado. Listo de papeles hasta el lunes.

Megafonía me transmite que mi paciente está en el quirófano. Es un saturniano y por tanto mide 2 metros y pesa cerca de los 300 kilos. Tiene forma humanoide y de elefante. Es más bien una mezcla de ambos y es rojo. Paso a ponerme el casco y los guantes, gracias a esto puedo manejar desde aquí todo el quirófano. La mejor asepsia es la dicha. Estar lejos del foco de infección. Nuestro paciente viene por un quiste en la zona de la espalda. Al parecer es muy común en su especie y se debe a una obstrucción de las glándulas que segregan un gas de defensa cuando el individuo se asusta. Debido al poco uso se acaban obstruyendo y forman un quiste.

—Hola, le habla el cirujano-enfermero. ¿Cómo se encuentra usted? —mi voz sale directamente a la sala de quirófano por unos altavoces. Activo el traductor de idiomas y la voz de aquel ser se vuelve comprensible.

—Buenas noches, vengo un poco nervioso, la verdad.

—No se preocupe usted por nada. Tiene a su acompañante esperando fuera, ¿me equivoco?

—No, cierto, fuera me espera mi mujer.

—Saldrá como nuevo de aquí para poder verla con la sonrisa en los labios. El procedimiento es muy sencillo. Ahora le daremos analgesia y ansiolisis previa para rebajar sus niveles de ansiedad y del umbral de dolor. Así estará usted más relejado.

—Bien, como usted quiera.

Dicho esto con mi mano comencé a manejar un brazo robótico en la sala de quirófano.

—Tómese estas dos pastillas, una sirve para que el estímulo doloroso se apacigüe y la otra para que disminuya su ansiedad —el paciente fue bastante complaciente.

Antiguamente la analgesia y la ansiolisis según los textos se debía dar días antes de la intervención. Pobres terrícolas, qué medios más rudimentarios usaban.

—Estupendo, señor, ahora se va a tumbar en esa camilla y vamos a empezar con la intervención. ¿Vio el vídeo explicativo que le mandé?

—Sí, varias veces, la verdad es que todo lo tengo muy claro.

—Estupendo pues, ya sabe que esto no tiene complicación alguna. Así que relájese. Póngase boca abajo y comenzaremos.

Una vez tuve al paciente tumbado analicé sus componentes y pude ver mediante el ordenador que era compatible con el agente anestésico.

—Ahora le voy a monitorizar las constantes —la sala por sí sola emitía ondas que calculaban el pulso, la saturación de oxígeno y todos los parámetros corporales habidos y por haber de aquella especie—. Bien, listo, procederé a dormir la zona de su espalda sobre la que voy a intervenir —dicho esto señalé en la pantalla la zona a anestesiar y un fogonazo de luz ionizada al 2 por ciento de un gas fotosensible durmió la zona.

—Es como el flash de una cámara.

—Pues sí, es así de fácil. Con un simple fogonazo dormimos la parte del cuerpo que deseamos. Ahora tenemos 45 minutos antes de que se pase el efecto. Pero usted tranquilo, que en cinco estará fuera.

La anestesia era instantánea, así que me dispuse a cortar: puse el brazo mecánico en modo corto y me acerqué a la piel del paciente. Una señal de alarma me alertó. Al parecer la anestesia no había funcionado. La máquina estaba chocheando. Señalé de nuevo la zona y di el fogonazo.

Nada, ni por asomo funcionaba. Comencé a sudar. ¿Cómo iba a dormir al paciente sin anestesia? Entonces ocurrió. Durante un segundo los sistemas parpadearon y luego todo se apagó. Las luces de emergencia me iluminaron y allí me encontraba yo en una sala mientras el paciente estaba en otra esperando y supongo que nervioso. ¿Qué haría ahora? ¿Cómo realizar la intervención? Cogí el rudimentario teléfono de emergencias y llamé a dirección. Me dijeron que iba para largo, al parece un asteroide había chocado contra los sistemas de mantenimiento. Pasarían un par de días hasta que todo estuviera en orden.

No podía dejar a mi paciente así, dentro de un par de días debería costearse de nuevo el vuelo al hospital. No, no lo permitiría. Sólo de pensar en lo que iba a hacer ahora me temblaban las piernas. En la escuela me enseñaron a hacerlo, tranquilo, tranquilo. En las minas de Marte lo hacen así, relájate.

Pulsé el botón del interfono y le dije a mi paciente que se tranquilizara, que iba hacia allí, haría la intervención yo mismo.

Me puse un pijama de cirujano que tenían para casos de fuga de gérmenes en los pasillos y entré en el quirófano. Allí estaba mi paciente boca abajo, con los instrumentos pitando y haciendo ruido. Gracias a Dios la mayoría del instrumental de un quirófano está conectado a las baterías de emergencia del hospital.

—Señor, todo va bien, tenemos un problema con la energía en el hospital, pero el personal está totalmente cualificado para todo. No se preocupe y relájese que sus pulsaciones van a hacer que el aparato estalle —dicho esto aquel ser comenzó a relajarse—. Estupendo, ahora le voy a señalar con este rotulador su lesión, ¿le parece? Así podré saber siempre dónde estoy trabajando —gracias a Dios llevaba conmigo un rotulador, imagino qué hubiera pasado si me lo dejo en casa como habitualmente.

Posteriormente a esto pinté la zona con un antiséptico que pude extraer de la máquina, que por cierto ahora estaba desconectada de todo. Sólo tuve que desmontar un rodillo y sacar el bote. Mientras hacía todo esto charlaba con el paciente, lo malo es que éste no me entendía. Ya no disponía del traductor, pues estaba incorporado en la máquina, pero con mis más sinceras sonrisas y palabras de ánimos me fue comprendiendo. Hay que ver la importancia de la ansiolisis verbal. Esto ya no se aprende con las máquinas de hoy en día.

Me tuve que abastecer de un anestésico que guardo en una vitrina de mi despacho. Gracias a Dios que colecciono cosas antiguas. Gracias a Dios doblemente por ser un anestésico con viabilidad para 40 años. Gracias a Dios sólo habían pasado 30 desde que lo compré en aquella vieja farmacia. Tiene un nombre extraño, bastante impronunciable, algo parecido a mepivacaína o metivacaína. Ya que mi paciente es de una raza alienígena acostumbrada a vivir en situaciones extremas y que pesa mucho me arriesgo, cojo una jeringuilla, sí, creo que se llamaba así, y la lleno entera. Espero que sea suficiente.

Recurro así a mi lenta memoria y busco en mi mente las técnicas que se usaban en la antigüedad y en las cuales me instruyeron en la academia. Bien, no sé cómo se llama pero tengo claro que debo inyectar el anestésico alrededor de la lesión haciendo una especie de figura geométrica. La bautizaré como técnica geométrica. Hecho esto espero unos minutos y me pongo a sudar como si estuviera cerca de la órbita solar. Tengo demasiados nervios, nunca había tenido tanto contacto con un paciente. Él sin embargo está tranquilo, lo noto en su rostro ya que no entiendo nada de lo que pueda decirme.

Viene lo difícil, la prueba de valor, demostrar que tengo pulso. Tranquilízate, desde la máquina lo haces muy bien. Pero esto no es una máquina, aquí interviene tu mano y tu muñeca. Gracias a Dios tengo siempre guardado en el segundo cajón de la mesa del quirófano mi pequeño neceser. A decir verdad era más bien simbólico, te lo daban cuando te graduabas, consistía en un kit de suturas con sus mangos de bisturíes, etc… como los tenían en la Tierra. Pero soy tan amante de lo antiguo que cada día lo limpiaba y esterilizaba para que quedara bien bonito y bien cuidado. Hoy podría utilizarlo.

Monté la hoja de bisturí en el mango del número 14 como buenamente pude; casi me corto, ya que al ser zurdo debo hacer las cosas al revés. Me acerqué así pues a la masa de piel donde estaba la lesión, el quiste en cuestión me esperaba debajo de ese manto rojo que era la piel de mi paciente.

—Tranquilícese, no sentirá dolor alguno —le toqué la mano para que me entendiera, dando así tranquilidad aunque mi mano temblaba un poco.

Apoyé el tercer dedo como buenamente pude y comencé a dejar caer el bisturí por la piel de aquel ser. A la cuarta pasada vi que era imposible, esa piel era muy dura. Cogí el bisturí con todo el puño y como si de un cuchillo se tratara corté y corté haciendo una incisión parecida a un ojal. Me quedó bastante bonita, aunque me di cuenta de que el anestésico era vasoconstrictor, porque a pesar de la carnicería aquello estaba muy limpio.

Cogí unos alicates en forma de insecto, tal vez un mosquito o una mosca y comencé junto con el bisturí a disecar aquel quiste. El paciente se asustó un poco y por las glándulas que no tenía obstruidas comenzó a soltar un gas que olía tremendamente mal. Aun así seguí disecando como buenamente podía.

Siete minutos después pude por fin sacar aquel quiste. Era de color y del tamaño de una manzana. Lo sostuve a la altura de mis ojos para examinarlo. Cuál fue mi sorpresa cuando aquel quiste abrió los ojos y me miró mientras comenzaba a hablar en un dialecto extraño. Lo cogí de inmediato y lo metí en el recipiente que llevaría a anatomía patológica. Ni me acordaba de que los quistes de esta especie en concreto se manifiestan como pequeños seres con capacidad de hablar. La galaxia es extraña, nunca acabas de conocerla entera.

Siguiendo pues el protocolo y controlando las constantes de paciente así como su rostro, lavé la zona como buenamente pude con el mejor agente del que disponía allí mismo.

Cogí hilo del -10/0, necesitaba que fuera especialmente grueso para aquella piel de elefante. Monté la aguja de punta de diamante en el portaagujas y comencé a suturar.

El pulso ya se me había calmado, pero ser zurdo dificulta mucho las labores ya que no existe aún en toda la galaxia un portaagujas que esté adaptado y es bastante incómodo de abrir. Realicé una sutura con puntos interiores y veinte puntos colchoneros. Ni la máquina lo hubiera hecho mejor. Realmente me empezaba a gustar mucho el contacto con el paciente y realizar las operaciones cara a cara.

Hecho esto lavé la zona, la desinfecté y tapé la herida con un apósito. Le expliqué al paciente como buenamente pude que había acabado y que dentro de dos semanas pasara por su médico allí en su planeta para que le mirara la herida. Menos mal que los apósitos son autolimpiables y duran un mes. Le escribí en un papel lo que debía hacer pasa curarse él mismo la herida si prefería.

Estoy de camino a casa por fin, aún estoy pensando en aquella operación, cómo aquel paciente me abrazó después y me miró con cara de felicidad. Realmente es necesario el contacto, creo que fundaré una asociación que promueva la cirugía menor cara a cara por encima de las máquinas que, más que ayudarnos, nos convierten en seres improductivos. Iré de planeta en planeta reclutando gente para que me ayude con la causa. Sí, ya tengo nombre, la llamaré Starcime.

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3 pensamientos en “Starcime

  1. Deh

    Ya te lo dije cuando me lo pasaste, pero te lo vuelvo a escribir por aquí: me encanta el toque de crítica que encierras en esta historia de ciencia-ficción. Está genial ^^

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  2. Señor Goodkat Autor de la entrada

    Gracias Deh^^ que todo el mundo sepa que este hombre hizo las linas de aqui arriba legibles. xD

    Responder

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