Una noche gris

Bueno, aquí os dejo un proyecto que inicialmente fue un relato corto de invención mía, el cual fue inspirado en la peli de Sin City (vamos, que lo escribí al día siguiente de verla en el cine), posteriormente al Enano le gustó para adaptarla a comic y se hicieron un par de bocetos que tengo enmarcados en mi casa y de los que si alguien guarda una imagen me gustaría que lo subiera al blog. Aun así esa idea fue olvidada y puede que yo en un futuro la retome y haga un pequeño cortometraje de esto. Sin mas dilación os dejo aquí el catón, la esencia, el primer escalón, el relato que escribí aquella noche hace muchos años.

Una noche gris

Allí estaba yo, otra jornada dura se había acabado en el hospital psiquiátrico de Edward Bones.

Dejaba la carretera principal en esta noche gris para llegar a un jodido bloque desconchado donde se arrimaban drogadictos y prostitutas baratas. Allí estaba mi asqueroso hogar como cada noche, esperándome con la sonrisa de una puta en sus desconchadas paredes. Mi casa me saluda desde la tercera planta del enladrillado edificio.

Pagaba al taxi la elevada suma que pedía cuando empezó a llover, lluvia ácida debido a la polución y al desgaste de la urbe. La ciudad era un infierno, primero el vapor del alcantarillado donde se asentaban los puestos de perritos calientes y los restaurantes chinos, luego las ratas y los ladrones, después los pordioseros y las putas y por último esto, la lluvia ácida.

Subí las destartaladas escaleras con olores familiares de orín y vómitos, y pude ver a gente sin techo cobijándose en los descansillos de la segunda planta. Un escalón más y por fin mi nidito de amor, llegué a mi hogar.

Todo estaba muy sucio desde que mi querida Lucía me dejó un día sin más, me dejó un periódico con una nota en la que ponía la palabra leche con sus florituras habituales.

Aquel día supuse que habría salido a comprar aquel líquido elemento a alguna tienda del lugar pero no volvió. Sólo me queda esa nota y el recuerdo de una noche toledana en mi somier.

Sí, mi casa era una pocilga y nido de ratas, ¿por qué no iba a decirlo? Perdí mis ganas de vivir cuando mi amor se fue.

Juré encontrarla, pero nunca fui muy lúcido que digamos, nunca hasta hoy.

Hoy sería nuestro aniversario, y yo lo celebraba con la mayor borrachera que se pudiera coger, después me di una ducha y cuando salí llamaron a la puerta y, bueno, no pude ver quién era porque su puño me dejo K.O. en un solo asalto. Cuando me desperté, aparte de sentir que me había orinado encima, vi que mi casa había sido registrada. Ahora sí que era como para dársela a los cerdos.

Bebí otra copa de lo que me quedaba de bourbon, nada de esa mierda de licores. Cogí el sombrero que hasta el día de hoy no me había dejado de poner, pues fue un regalo de Lucía. Cómo quise a esa mujer, todavía me acuerdo el día en que la conocí. Yo estaba invitado a una fiesta de esas de lujo que se celebran en esta puñetera ciudad y de repente ella entro desde la terraza y me deslumbró con su traje rojo y sus labios con carmín… Oh, todavía añoro el tacto de su pelo rubio y de su sedosa piel deslizarse por mis manos ásperas y calientes, era un ángel que bajaba del cielo para tocarme con sus lindos labios y hacerme sentir dios. Esa noche no hubo lluvia ácida para nadie, en su lugar, mi lecho acogió a una señora como nunca antes se había presentando ante mí. Estaba extasiado y esa noche volqué en ella toda mi pasión. Mientras tanto los gatos maullaban observándonos desde mi ventana. Añoro a esos gatos.

Pues bien, cogí mi sombrero y salí a dar una vuelta por las lluviosas calles de esta maldita ciudad, me pasé por el barrio de las prostitutas las cuales tenían su propio sector de la ciudad, lo llamaban «el barrio rosa». Antes esta parte de la ciudad era mercado de drogadictos, pero el ayuntamiento luchó y luchó, incapaz de poder acabar con su narcotráfico. Sin embargo las prostitutas tuvieron dos cojones y echaron de allí a esos colombianos y enganchados para hacerse las dueñas de aquel pequeño paraíso, el pequeño barrio rosa.  Di un paseo por allí mientras las prostitutas campaban a su aire, si no las llamabas ellas no acudían. No intentaban vender el género, tú las buscabas a ellas, no ellas a ti. Aun así no encontré nada, pues nada puede superar a Lucía en belleza. Después entré en un antro de mala muerte donde me senté en una mesa oscura y redonda a tomarme un martini, mezclado y no agitado, como los que a mí me gustaban. Aquel local estaba lleno de los parroquianos habituales, algunos en sus billares y otros apalancados en la barra. Todo sumido en un humo de cigarros y polución. Había aprendido a no tenerle miedo a la ciudad a pesar de que aquel antro tenía objetos punzantes y armas de todos los colores tanto blancas como negras. Yo bebía tranquilamente en mi sucia mesa mientras la luna me acompañaba tras el cristal.

Cuando volví a casa los sin-techo habían aumentado en los descansillos y un niño pequeño fumaba con sus amigos en el hall del edificio a ritmo de la música de Bob Marley. Encontré una nota en la puerta junto con una botella de cristal rellena de leche.

Al leer la nota el corazón me dio un vuelco pues decía lo siguiente:

Tenemos a Lucía. Si la quieres viva ven a la central expendedora de leche a las afueras de la ciudad, y ven solo.

Cogí mi sombrero y el primer taxi que pude, me dirigí por la oscura noche hasta las afueras de esta maldita ciudad y pagué un importe adicional al taxi para que me viniera a recoger dentro de una hora.  Esos hijos de puta la tenían, esta ciudad es un nido de ladrones y de traficantes. Ahora la tenían a ella y por alguna razón me querían a mí.

Allí estaba la central de leche abandonada. Lucía estaría allí, tenía que salvarla. Tenía que hacer algo, aunque nunca fui muy lúcido para los planes. Mi cuenta corriente estaba en números rojos, el trabajo de celador en el psiquiátrico no me daba para mucho más. Me ajusté mi sombrero, respiré hondo y subí por la colina.

La central de leche estaba a orillas del río, hacía años que estaba abandonada. Se situaba sobre unos pastizales donde en un pasado próximo hubo vacas. Además, supongo que las granjas vecinas de esta zona fabricarían sus productos. Fue abandonada cuando la ciudad entró en decadencia. Los trabajadores marcharon a otras ciudades y los que fueron despedidos ahora pueden verse por las calles junto con el resto de la roña.

Me dirigí a la puerta de hierro y la abrí con sumo cuidado. Dentro estaba todo a oscuras, eran tantas las tinieblas que había que cuando me dieron un golpe y me dejaron inconsciente no me di ni cuenta.

Me despertó el resplandor caliente de un foco. Pude ver al hombre que me dejó inconsciente en mi casa aquella misma noche y escuché a lo lejos unos tacones altos que se acercaban hacia mí.

A esos tacones le siguieron unas delicadas curvas suaves y serpenteantes y, claro… ese pelo lo había visto yo en alguna parte… Oh, dios mío, ¡si es Lucía!

Allí estaba ella, caminando hacia mí con sus voluptuosas curvas y ese olor dulzón que desprendía su carmín. Cuando la tuve cerca sólo pude ver su mano dándome un gran guantazo. Sentí como su anillo se clavaba y atravesaba mi piel haciendo un gran corte que escocía como un demonio. Lo que vino a continuación fue lo peor de todo.

Lucía me miró con aquellos ojos marrones que invitaban al deseo.

–Eres el necio más tonto del mundo.

–Pero Lucía, he venido hasta aquí, yo…

–Calla, imbécil, cuando te conocí huía de la policía –la miré asombrado–. No pongas esa cara de imbécil, me pareciste el más guapo de la fiesta, pero fui a dar también con el más tonto. Huía porque tenía en mi posesión cinco láminas de oro que posteriormente escondí en tu casa. Luego te dejé una nota con la palabra leche, confiando en que cayeras en la única fábrica de leche de toda la ciudad y que vinieras aquí a encontrarme.

–Lucía, cómo puedes hacer esto.

–Calla, necio. Pero no fue así, el hombrecito es demasiado tonto para unir cabos. ¿Sabes?, te habría dado otra noche más de pasión si hubieras llegado. Hubiera fingido amor por ti y hubiéramos vuelto a tu casa. Recogería mis láminas y desaparecería de tu vida. Tal vez hasta me hubiera despedido.

–Lucía, he esperado mucho este momento.

–¿Mucho? Ja, si te conocí anoche, estúpido. Hoy mandé a mi amigo a registrar tu casa pero no encontró las láminas, así que dime dónde están.

–Lucía –dije con lágrimas en los ojos–, Lucía, te perdono, yo te quiero. Olvidemos esto y volvamos a casa.

–Estás loco. Soy demasiada mujer para ti.

Lo que Lucía no sabrá es que yo me sentí tan vacío y triste de que no me quisiera, de que me hubiera utilizado de esa forma, porque yo la amaba, que no hablé ni cuando me llenó los pies de cemento, ni cuando rieron a mi costa y me tiraron al río. Ya sé que me enamoré de una mujer que sólo estuvo una noche conmigo y que me estaba ahogando por ella, pero lo que ella nunca supo es que yo encontré las láminas y las escondí en el sombrero que ella me regaló ayer noche para dárselas en cuanto la viera… Lucía, te quiero.

FIN

24/06/2005

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5 pensamientos en “Una noche gris

  1. Deh

    Jajaja, genial, me encanta cómo durante todo el relato te piensas una cosa, y luego resulta que no xDD Y el final está de lujo, increíble ^^

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  2. Xente

    El comentario bueno es éste, que en el otro se volvió loco el ordenador y ha hecho lo que le ha dado la gana jajajajaja Muy buena la historia!! Queda comprobado que hay que ir por leche al mercadona… jajajaja

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