El corsario rojo

Aquí la segunda y última poesía que, junto con Religio Amoris, mandé al concurso de Cádiz. Quería escribir una canción pirata y esto fue lo que salió de mis adentros.

El Corsario Rojo

Cuenta la leyenda,
En las frías noches de tormenta,
En el mar Caribe,
Bajo una niebla infecta,
Se acerca boyardo,
El bajel de esta gesta.

Preso de una maldición,
Impuesta por una bruja,
Con una voz de ultratumba.

El barco fue condenado,
A vagar por siempre,
Cuando el mar se enfurece.

Bajo las tormentas,
Bajo el agua dulce,
La tripulación ruge.

Ni Perla Negra, ni Holandés Errante,
Ni kraken, ni gigante.

En las noches de tormenta,
Cuando la luna te observa cual ojo,
Se puede ver en la niebla infecta,
Volar al Corsario Rojo.

El juez de la ley del mar,
El honor en sí mismo,
Allí donde haya afrentas, guerras y trifulcas,
Navegando entre los truenos y el abismo,
El Corsario Rojo pone paz.

Pues al desaparecer,
Solo quedan mascarones,
Y esqueletos de bajeles,
A los que lloran las mujeres,
Que enviudan de fanfarrones,
Sus maridos y ladrones.

Su rojo velamen cual sangre de un cordero,
Pende de tres palos a diez metros del suelo,
Su lijado casco de madera maciza,
Con su parafina al sol color rojiza.

El mascarón de proa con sus alas abiertas,
Es un halcón peregrino,
Tallado en el mismo infierno,
De un océano submarino,
Por el custodio del averno.

La letal tripulación,
Siempre con capa y espada,
Sombrero de tres puntas,
Tiznado de agua salada.

Y sobre la cubierta,
Dos filas de cañones,
De acero de Siracusa,
Siempre ojos avizores.

Las mechas cortas puestas,
Para al ataque pronto entrar,
Y convertir el duro infierno de la guerra,
En un océano de paz.

Y riendo siempre arriba,
Siendo timón y timonel,
Gobernante y gobernado,
Capitán, conde, duque, rey y marqués,
El jefe del bajel,
El capitán Zirano.

La capa roja bordada de oro,
Su espada mágica robada a los moros,
Su risa centelleante,
Sobre los truenos retumbante,
Y asido al timón con fiereza,
Destronando a sus altezas,
Cruzando el océano y los mares,
Sobre su  barco las aguas atraviesa.

Y cuenta la leyenda,
Que los viejos piratas errantes,
Promulgan en las tabernas,
Ejerciendo de cantantes,
La historia del Corsario rojo,
Gritando con arrojo:

Ni Perla Negra, ni Holandés Errante,
Ni kraken, ni gigante.

En las noches de tormenta,
Cuando la luna te observa cual ojo,
Se puede ver en la niebla infecta,
Volar al Corsario Rojo.

El juez de la ley del mar,
El honor en sí mismo,
Allí donde haya afrentas, guerras y trifulcas,
Navegando entre los truenos y el abismo,
El Corsario Rojo pone paz.

Pues al desaparecer,
Solo quedan mascarones,
Y esqueletos de bajeles,
A los que lloran las mujeres,
Que enviudan de fanfarrones,
Sus maridos y ladrones.

31-08-2009

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