Aires De Cádiz

Bueno ahora que estoy un poco más desahogado de trabajo, os dejo aquí la historia que escribí para un concurso de Cádiz, el cual no gané. Os puedo asegurar que la historia esta repleta de Honor, Espadachines, Moribundos y tintes gaditanos en una lucha entre Inglaterra y Francia en la mismísima Caleta.

Espero os guste.

Aires de Cádiz

Prólogo

Por fin ponía pie en mi querida playa, por fin me arrodillaba ante la Caleta. Tragando agua de la orilla debido al agotamiento después de la batalla. Allí estaba. Por fin llegaba a casa. Despuntaba el alba tras el castillo de San Sebastián, el gran bastión contra lo que se nos avecinaba encima. Escupí agua y puse pie en tierra seca. Volví a la orilla por mi sombrero, que puse sobre mi cabeza quitándome aquel pañuelo mojado que ahora llevaba. Mirando hacia el horizonte se podía ver el aterrador futuro. Entre los dos bastiones, el castillo de San Sebastián a mi izquierda y Santa Catalina a mi derecha se podía ver el mar y allí estaba la desgracia. Un cordón de barcos que miraban hacia la costa. Quizás 10 barcos ingleses, imperturbables e impasibles, el resto estaba fuera de mi vista. Pronto comenzarían a rugir. Cuestión de que supieran lo que había ocurrido en aguas gaditanas esta noche.

Me ajusté el cinto con mi florete, mi vizcaína y mi pistola. Me ajusté mi sombrero y calcé bien mis botas. Me remetí la camisa ahora manchada de sangre y empapada en agua salada entre mis pantalones mojados y abotoné mi chaleco negro. Escupí al suelo y me dispuse a ir a Santa Catalina.

Tenía frío y el rastro de agua que iba dejando por la carretera era considerable, más considerable aún si le uníamos que mi pechara chorreaba sangre por los costados.

Cádiz se había levantado hacía por lo menos una hora y los comerciantes de pescados acudían a la playa a por provisiones.

El pescado escaseaba ahora más que nunca ya que, aunque Nelson había llegado a un acuerdo permitiendo a los pequeños botes conseguir mercancía marina tales como pescado y algún que otro crustáceo, los ingleses andaban por las costas incordiando con sus embarcaciones pidiendo impuestos a los pobres mariscadores y pescadores.

Escupí en honor a ellos y de mi boca salió sangre babeada. No me encontraba bien. El corto camino hasta el castillo de Santa Catalina se me hacía eterno.

Las calles de la costa estaban solitarias: debido a los bombardeos todo el mundo corría a esconderse en el centro mientras los militares y los mercenarios hacíamos lo que podíamos.

Crucé el foso del castillo y ante la puerta doble caí derrumbado.

1

Corría el año 1797 y desde abril Cádiz estaba bloqueado por los barcos del almirante Jarvis y su segundo, el contraalmirante Nelson, debido a su alto ego tras la derrota española en el cabo de San Vicente trascurrida meses antes. La ciudad avisada de antemano fue reunida y preparada por el general José de Mazarredo, quien se había quedado en Cádiz y dirigía todos los movimientos. Todo había estado tranquilo, ni los barcos ingleses ni la ciudad habían comenzado la refriega y así transcurrieron los meses. Los ingleses nos hacían la vida imposible en las costas de la ciudad, llegando la gente a comenzar a enfermar y a mendigar por las calles. El asesinato era el pan de cada día, así como el hurto. La ciudad sucumbía hasta el desastre mientras los ingleses veían como nos pudríamos desde los castillos de popa de sus barcos. La mayoría de la gente que tenía dinero alquilaba carruajes y se marchaba, quedando así solo los pobres y los valientes en esta ciudad. Pero el periodo de calma acabó cuando ayer 3 de julio, los barcos comenzaron a tronar, cayendo así varios edificios.

El mecanismo de la guerra comenzó a ponerse en marcha y la torre Tavira emprendió la labor de dar órdenes a todas las torretas y baluartes de Cádiz. Los ingleses atacaban.

Yo era miliciano, me había alistado por el salario diario que necesitaba para darle de comer a mi familia. Además te proveían de comida que yo minuciosamente guardaba para mis hijos y mi esposa.

Fui llamado así en presencia de los altos cargos, situados estos en la bella escondida, torre que solo se veía desde algunos puntos de Cádiz y la cual estaba protegida por su invisibilidad a los catalejos ingleses.

Yendo pues a ésta me encontré con grandes hombres, un total de 6 que había allí. Hombres que serían decisivos en la batalla. Vestían lujosamente frente a mi ropa sin lavar y bastante raída.

–Siente, Juan –dijo Antonio Rodríguez de Valcárcel, quien había devuelto ayer mismo el fuego a los ingleses desde la plaza, haciendo así eco de su habilidad como estratega y la cual había surtido efecto en los culos de aquellos ingleses y sus navíos.

–A sus órdenes, don Antonio –respondí y me senté en una banqueta que tenían allí. La sala estaba desprovista de mobiliario, solo una mesa grande con muchos mapas y libros que jamás alcanzaría a leer dado que nunca aprendí. Los cinco hombres daban vueltas por la sala.

–¿Sabes para qué has sido llamado, Juan? –vocalizó tranquilamente el teniente general Federico Gravina, que junto con el jefe de escuadra don Juan María Villavicencio habían aguantado el ataque inglés ayer por la parte en la costa oeste de Cádiz, donde se situaba el puerto.

–No lo sé, señor, pero supongo que para patear el culo a los ingleses –dije con odio. Yo no era tan refinado como ellos y mi lenguaje era un tanto más soez.

–Pues básicamente es para eso –rió el Capitán de Navío Cayetano Valdés–. Verás, Juan, como bien sabes, ya que eres jefe de escuadra de la milicia, tanto yo como el brigadier aquí presente –diciendo esto señaló a Antonio Escaño– tenemos patrullas informándonos de todo lo que hacen los hijos de puta de Inglaterra.

–Sí, señor, de eso estoy informado.

–Pues bien, todos los días desde hace una semana el almirante Jarvis y el contraalmirante Nelson bajan a las aguas de la caleta en un bote. No sabemos aún muy bien por qué.

–El hecho es –comenzó a hablar Antonio Escaño– que son fáciles de abordar debido a la poca escolta que tienen, siendo ésta de 4 botes sin contar en el que ellos van. Sus botes ingleses son bastante grandes, tal vez para 40 personas cada uno. Salen siempre por la noche, razón de más para que no los descubriéramos antes. Pero ya tenemos el punto exacto y queremos que reúnas a tu patrulla e intentes liquidarlos. Te acompañarán dos hombres de confianza, Cavalieri y Ferriz, siendo ustedes un total de 3 botes pequeños. Contamos pues así con el factor sorpresa y en la oscuridad seréis invisibles. Nadie se conoce esta agua como ustedes gaditanos y deberéis demostrarlo esta noche. Liquidad a esos ingleses.

Entonces la figura que miraba por la ventana allí en los más alto de la bella escondida se dio la vuelta. José de Mazarredo me miraba a los ojos, con su peluca blanca y sus galones.

–La gloria de Cádiz está en tus manos –me dijo aquel hombre.

2

Desperté en la enfermería del castillo. El bombardeo había comenzado. Los cañones de aquel bastión  y de su gemelo San Sebastián tronaban en la mañana calurosa de verano.

–Ha sido una bala de pistola en la parte del vientre –me dijo el enfermero–. Tranquilo, se la hemos extraído y se recuperará.

Me miré y tenía un grueso vendaje donde debería estar mi fajín.

–¿Dónde están mis armas? –pregunté levantándome y sintiendo una tremenda punzada de dolor.

–Cálmese, están junto a la puerta –señaló el lugar done estaba mi cinto con mis amigas de acero–. Está cansado, ha perdido sangre y le hemos tenido que poner sanguijuelas para poder realizar una sangría de sangre maligna en condiciones.

–¿Cómo estás, Juan? –José de Mazarredo estaba en el dintel de la puerta. Los cañones rugían tras de sí.

–Estoy bien, me recuperaré –mientras decía esto un impacto de bala de cañón destrozó una de las torres de vigía del castillo.

–Tranquilo, descansa, ya me han informado de lo que ha ocurrido esta noche. Lo has hecho muy bien. Saben que estamos dispuestos a todo y están atacando Cádiz desde todos sitios. Pero esto ya lo sabíamos, en el puerto están preparados y aquí en la Caleta también. Los baluartes están en activo y las torres funcionando. La torre Tavira no da abasto. Pero están causando menos estragos de los que intuíamos. Vamos ganando. Y les tengo preparada una sorpresa, nuestros barcos ya están construidos. Mañana saldrán a flote y son más de 130, compañero, ¿y sabes por qué van a perder?

–No sé, señor, creí que los habíamos cabreado con el destrozo de esta noche.

–Qué va, Juan, qué va, perderán porque ahora tienen miedo –diciendo esto otra bala de cañón destrozó un muro del castillo.

3

La charla de esta mañana en la bella escondida me había puesto de los nervios. Era madrugada, tal vez la una o una y media. Allí me encontraba en una pequeña barca de pescadores rumbo a la muerte. Conmigo 5 hombres de mi milicia; a ambos lados de mí, dos barcas con Cavalieri y Ferriz, ambos con sus hombres. Remábamos lentamente ya que la vela se habría visto venir. Las calurosas noches de verano mezcladas con el miedo nos hacían sudar a todos. Pero éramos perros de presa. De pronto vimos el destello de un catalejo.

Todos callamos y quitamos la mayoría de los remos para dejar solo dos. La marea estaba bajando y los imbéciles no sabían que abajo había grandes rocas. Su ruta de escape estaba bastante jodida. Al acercarnos a las barcas todos callamos y soltamos los remos. Preparamos nuestras armas. Primero las afiladas para no hacer ruido, luego las balas. Sus botes eran grandísimos. Nos apostamos listos a entrar en batalla con las piernas flexionadas para saltar. Distinguí un bote con dos figuras levantadas y de aspecto pulcro. Debían de ser ellos, pero ya iba Ferriz hacia allí.

La primera estocada fue rápida, cinco hombres cayeron y entonces comenzaron a gritar. Saltando subimos al barco y entre fuego y espada comenzamos a luchar. La sangre corría por la madera y los gritos de todos los barcos se escuchaban en la noche. Cuando comenzamos a ganar terreno saltando de barca a barca o bien a nado muchos sintieron miedo y comenzaron a huir. Destrozaron sus barcos contra las rocas, pero yo quería a los jefazos. Busqué su barco y lo vi cerca de mí. Me metí en el agua y nadé hacia él con mi vizcaína en la boca. Entonces vi como Cavalieri moría a manos de aquellas eminencias inglesas. Ferriz saltó al barco y Nelson lo hirió, yo corrí y grité. Nelson miró a Jarvis, sonriendo, y cargó su arma. Yo mientras subí al barco. Fue lo único que me dio tiempo de hacer cuando sentí el disparo. Después desperté en una barca de vuelta a la caleta. Los ingleses habían huido a sus navíos y de nosotros solo 4 habíamos sobrevivido, incluyéndome a mí y a Ferriz.

4

Salí del castillo cojeando. Me puse mi pañuelo en la herida a modo de fajín y mis armas sobre el hombro unidas con el cinto. Guardé la bala extraída en un bolsillo.  Los pies estaban mojados ya que mis botas eran una pecera y el sombrero caía sobre mis ojos debido al agua que había absorbido. La ciudad tronaba a mi alrededor y hasta que no llegué a las calles centrales de la plaza del palillero no comencé a ver gente. Los mendigos se arrastraban por las sucias calles y la gente parecía tranquila en esta parte de la ciudad.

Atajé por el mercado central donde el olor a pescado se me insertó en las venas. Allí se podía ver la pobreza de los puestos casi vacíos de género y la gente caminando sin comprar nada. Aun así se podía ver a la gente feliz y a los niños jugando bajo el tronar de los cañones.

Por fin llegué a mi casa. Subí las escaleras hacia mi humilde morada y entré en ella, una casa de dos habitaciones donde vivíamos cinco personas: mi mujer, mis tres hijos y yo.

–Hola, amor –saludó ella–. Por Dios, ¿qué te ha pasado?

–Tranquila, herida de los ingleses, me voy a poner bien –sonreí y me senté en uno de los bancos que teníamos.

–He preparado un caldo, lo que pasa es que solo tenía patas de gallina, Juan, espero que te guste. Te he reservado un plato –sonrió ella.

–Oh, no te preocupes por mí, yo he comido en el cuartel –mentí–. Dáselo a los niños y toma tú también de él. Además mira, te he traído esto que he podido mangar allí –le dije mostrando un pedazo de queso y pan, y la verdad es que era mi ración de hoy.

–Gracias, amor, al fin y al cabo no vivimos tan mal como parece, gracias a tu esfuerzos. Te quiero, cariño –diciendo esto nos fuimos a la cama y dejamos a los niños comiendo.

5

Al despertar dejé a mi mujer durmiendo como un ángel y me fui al pequeño balcón a fumar un poco y vi una figura que jamás olvidaría. No iba vestido como la primera vez que lo vi pero estaba seguro de que era él. Llevaba un manto de pordiosero por encima.

Corrí escaleras abajo doliéndome el costado una barbaridad. Me dispuse a seguir a aquel hombre. Estaba oscureciendo y aquella figura entró en la taberna. Se puso a comer allí y yo me fui a la barra y pedí un vino especiado con lo que me quedaba de sueldo. Esperé a que acabara su cena. Tardó tal vez dos horas, saboreaba cada plato antes de pedir otro y bebía como un cosaco. Dicho esto pagó y se marchó. Me vi obligado a seguirlo ya en la madrugada por el oscuro Cádiz. La fauna nocturna era aún más aterradora, pues por la noche nada bueno había. El bombardeo había cesado por el momento. Entonces el individuo entró en una calle oscura. Cargué mi pistola con la bala que me sacaron y me dispuse a disparar cuando desapareció de mi vista. Busqué y busqué y no encontré nada. Estuve varias horas buscando, entonces caí en que en aquella calle hay un burdel clandestino. Entré en él y subí las escaleras, fui puerta con puerta hasta que di con la suya. No me equivocaba para nada. Sobre una silla estaba su ropa de contraalmirante.

–Nelson, te cogí, hijo de la gran puta –él dejó de fornicar con aquella fulana y me miró aterrado–. En el fondo te gusta Cádiz, ¿eh, mamón? Nuestra comida y nuestras mujeres. Pues toma, un regalo de parte de los gaditanos –diciendo esto le disparé su propia bala en el costado y me fui a mi casa a dormir.

Epílogo

A la mañana siguiente, 5 de julio de 1797, la batalla era cruenta, pero me tomé el día libre y me fui con mis amigos a un antro a cantar. Ensayábamos para presentar nuestro repertorio el año que viene. Éramos una gran comparsa y nuestras letras contra los ingleses eran arrebatadoras.

Ese día al anochecer los navíos ingleses levaron anclas y se fueron. Los cinco hombres de la bella escondida habían hecho bien su trabajo durante toda la batalla pero se rumorea que fue gracias a que Nelson llegó a su navío aterrado y herido implorando al almirante Jarvis que se fueran de allí. Esto unido a que iban perdiendo la batalla fue crucial en la decisión de Jarvis. Pero claro, eso sólo son rumores…

Fin

Señor Goodkat

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7 pensamientos en “Aires De Cádiz

  1. Señor Goodkat Autor de la entrada

    Jajaja me alegro que te guste^^ Si todo lo hago bien ya cuando tenga pretendienta lo sabrá.

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  2. Señor Goodkat Autor de la entrada

    La parte de realidad es que los ingleses llegaron a Cádiz y fueron expulsados pero no se sabe cmo fue. Simplemente se fueron. Los nombres son reales menos los del protagonista. Y si toda esa gente estuvo alli, tanto nelson t los demas. Tambien murieron personajes que ahi se citan que iban con el protagonista en las embarcaciones. Pero la historia de que encontró a Nelson y como lo mandaron a la mision y todo eso es mia.

    Vamos casi todo es ficción menos el hehco de que los ingleses estuvieron alli y se fueron.

    Responder
  3. Xente

    Pues la veo bastante buena como hipótesis en serio… imaginación tiene la historia desde luego, el relato ganador dónde se puede ver??

    Responder

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