Historia de cangrejos de terror IV

Bueno aquí les dejo la cuarta entrega de los cangrejos asesinos. Ya todo empieza a tener un poco de más sentido. Espero os guste y pronto verá la luz la quinta entrega.

Pinzas, El ataque de los cangrejos asesinos.

4

Acabo de despertar. Dios, he tenido una pesadilla de lo más perturbadora. Pero, ¿dónde coño estoy? Veo borroso.

–¿Mamá? ¿Mamá?

–¿Sí? ¿Qué te ocurre?

–Te oigo raro mamá, pues no sé, he debido beber demasiado ayer. Recuerdo que estaba con Mona y luego tuve una pesadilla donde unos cangrejos de un tamaño considerable me atacaban.

–Tranquilo hijo, debe de ser efecto del sedante. Ahora estás a salvo, en el hospital central de Itica.

Me vuelvo a desvanecer pero aún puedo escuchar algo.

–Rápido, se nos vuelve a parar, debemos amputar la otra también. Está perdiendo mucha sangre por las heridas y puede progresar a gangrena y perder más que eso.

–Pero, doctora, ya hemos amputado.

–Me da igual, perderá también esta. No quiero arriesgar su vida.

El ruido de una sierra eléctrica me desgarra el corazón y vuelvo con Morfeo.

Me despierta el ruido de un monitor: pi-pi-pi. Abro los ojos. Ya veo bien. Estoy rodeado de cables por todos lados. Grito muy alto y muy fuerte. Acuden corriendo mil personas con batas blancas.

–¿Qué me ha pasado? ¿Dónde está mi madre?

–Tranquilo –mira una carpeta para buscar mi nombre– Nacho. Tranquilo. Soy la doctora Zulu. –Es una mujer de color, bastante guapa. Quizás pueda ligármela, pero antes debo saber por qué parezco robocop.

–Por favor, dígame que me ha pasado.

–Te encontraron en la playa. Estabas muy grave, te hemos salvado.

–¿Era cierto? ¿Lo de los cangrejos era cierto?

–¿Qué dices? No sabemos aún qué te ha atacado, pero has llegado muy grave. Tenías las piernas destrozadas. Intentamos salvar una pero al final te hemos tenido que amputar las dos. Lo siento.

Las palabras no salían de mi boca. Me acaban de decir en menos de un minuto que me habían cortado las piernas y la médico tan tranquila. ¿Por qué a mí? ¿Cómo se puede tener tan poco tacto?

El monitor comenzó a pitar aun más rápido y volví a caer desvanecido.

–Hijo, despierta, muchacho.

Abrí los ojos y me encontré a un policía sentado al lado de mi cama. Llevaba el típico uniforme de pantalones grises y chaqueta a juego marrón. ¡Dios mío, solo le faltaba el sombrero!

–¿Por qué me dices hijo? Si eres casi igual de joven que yo.

–Tenía entendido que tenías 18. Yo tengo 25 años, muchacho. Además, sólo trataba de ser cortés.

–Ahórreselo, por si no se ha dado cuenta, por muy cortés que sea, acabo de quedarme sin piernas. Aunque me traiga a una señorita de compañía y me baile la danza de los siete velos encima de la cama, no me alegrará. Al menos no tanto como para que se me olvide que estoy impedido.

–Calma, muchacho. Vengo a saber lo que ha pasado contigo y a hacerte…

–Unas preguntas, lo sé. Voy al cine, ¿sabe? veo lo que hacen los policías en las pelis.

–Estupendo, muchacho. Somos casi igualitos y cobramos casi lo mismo.

–¿Eso es ironía?

–Cuéntame lo que ocurrió, Nacho.

–Estaba en la playa con una amiga, nos fuimos al agua y algo… se la llevó –las lagrimas empezaron a correr por mis mejillas– después corrí, no sé por qué no la salvé, pero tenía mucho miedo y corrí. Al llegar a la orilla los vi. Eran cangrejos. Muchos cangrejos, del tamaño de una tortuga galápago. Después desperté aquí –ya no podía hablar más, el llanto me lo impedía.

–¿Habíais bebido alcohol?

–Sí, algunas cervezas ¿Qué se sabe de Mona?

–Ya está bien de cháchara, mi paciente debe descansar –la doctora de color echó al policía y me quedé allí, con mil interrogantes y llorando como un perro.

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